Razones de otoño

Ciruelo de mi puerta 

Si no volviese yo

La primavera siempre volverá. 

Tu florece

Anónimo japonés

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La razón por la que quiero el otoño es para darle sentido a mis anhelos de otoños: patear hojas amarillentas y rojizas y carmelitas en algún parque de la ciudad; sentir en un día cálido un ramalazo de frío, así, de repente, mientas espero alguna sorpresa en una esquina; detenerme 20 minutos en un portal del Vedado donde nunca antes lo había hecho, mientras llueve monótonamente y maldigo mi costumbre de botar todos los paraguas del mundo que caen en mis manos; tomar un té en penumbras en la sala de mi casa, mientras Lady Ella y Satchmo me acarician la espalda.

La razón por la que quiero el otoño es para rozar con la punta del dedo un tatuaje cerca del corazón que hablará evidentemente del retorno de la primavera, pero en secreto también hablará de un pueblo tranquilo, de una maceta con claveles en una ventana, de unos ojos hondos, de algo parecido a la certeza, que se aparece desconcertante, casi desnuda de no ser por el inconfundible sombrero de la poesía.

Sinfonity y el bendito sacrilegio de querer tocar a Vivaldi

Concierto de Sinfonity en e Teatro Mella de La Habana Foto: Carla Valdés / OnCuba

Concierto de Sinfonity en e Teatro Mella de La Habana
Foto: Carla Valdés / OnCuba

Pudiera creerse que solo interesaban a nuestras legiones de metaleros y algún que otro curioso. Pero vi a más de una señora que jamás se ha acercará a la obra de Joe Satriani levantarse del asiento y arrancar a aplaudirlos.

Leo Brouwer e Isabelle Hernández, más sabios que este autor prejuiciado, tuvieron el olfato de invitar a una orquesta de guitarras eléctricas al VI Festival Leo Brouwer de Música de Cámara, y ha sido ese llamado lo que ha mantenido viva la experiencia de Sinfonity los últimos dos años, confesó Pablo Salinas, director de la agrupación.

La retribución a su esfuerzo comenzó con la noticia, en la mañana del sábado 4 de octubre, de que las entradas de su concierto se habían agotado. En el equipo del Festival brincó una alarma alegre; sabíamos que su originalidad sería de gran atractivo para los espectadores, pero no imaginamos que la sensación llegara a tanto teniendo en cuenta que, con la honrosa excepción del programa que en el Canal Habana les dedicara Guille Vilar, en Cuba su trabajo era absolutamente desconocido.

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La sutil explosión de Palabras

leo brouwer y marta valdes, concierto palabras

Hay una foto que nadie tomó pero que rodará en mi cabeza por el resto de mis días. Está a punto de comenzar un concierto y, en la penumbra, detrás de bastidores, esperan sentados Leo Brouwer y Marta Valdés. La verdad es que intenté capturar el momento con mi celular, pero al no usar flash, unido a mi torpeza habitual, el resultado fue francamente desastroso. Lástima de foto que no existe, porque en ella se podría resumir la música cubana de los últimos 60 años. Por suerte, a su manera, lo ratificó Haydée Milanés la noche del 2 de octubre, cuando salió al escenario del teatro Mella a defender un puñado de canciones de Marta, reunidas bajo el sencillo pero poderosamente evocador título de Palabras.

La Milanés es una cantante inteligente, aunque nos hiciera dudarlo con esa temporada mediocre cuyo resultado fue el disco titulado A la felicidad. Afortunadamente, tras un silencio fecundo –física y espiritualmente fecundo– vuelve a nosotros con dos criaturas; una pequeña hija y la presentación de uno de los discos más hermosos del actual panorama musical cubano.

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Lo esencial, y lo no tanto

 

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Que Fito Páez no parece tener nada nuevo que mostrar, musicalmente hablando, no es esencial. Que un adolescente de diecipocos repita delirante la letra de sus canciones y grite desde el fondo de sí, en este país de tanto macho suelto, “¡Fito te amo!”, es esencial.

Que Fito Páez se equivoque, obligue a Aldo López-Gavilán repetir los intros y que las orquestaciones parezcan a ratos sofocadas por su locura no es esencial. Que en su nervioso cantar arranque lágrimas y conecte las miles de personales historias que respiran en cada butaca del teatro, es esencial.

Que Fito Páez raspe las notas altas de La vida, Para vivir y Muchacha ojos de papel no es esencial. Que a cada rato nos recuerde sus deudas musicales y vitales con Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Luis Alberto Spinetta, es esencial.

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Se abrió la muralla, Pancho Céspedes

Concierto de Pancho Céspedes en el teatro Karl Marx, 27 de septiembre de 2014. Foto: Iván Soca Pascual.

Concierto de Pancho Céspedes en el teatro Karl Marx, 27 de septiembre de 2014. Foto: Iván Soca Pascual.

Un poco pasadas las nueve de la noche del 27 de septiembre de 2014, Francisco Fabián Céspedes Rodríguez, alias Pancho Céspedes, era un manojo de nervios que no se atrevía a caminar los escasos metros que separaban su camerino del escenario del Teatro Karl Marx. Ya se había apurado un té, y decía que sin otro no podría salir. Y es que el deseo de volver a dar un concierto en Cuba es una cosa, pero estar a punto de romper una racha de 24 años es cosa bien distinta.

Para que esto fuera posible tuvieron que alinearse varias luces. La voluntad de Leo Brouwer -ese genio que nos tocó en suerte por sabiduría divina, según Pancho- de aunar en Cuba las mejores músicas posibles unida a la persistencia infatigable de Juan “Pin” Vilar convirtieron en hecho lo que en las últimas dos décadas había sido un sueño. El contexto, inmejorable, fue la apertura de los conciertos del Festival Leo Brouwer de Música de Cámara que por última vez -¿en serio Isabelle y Leo, nos van a hacer eso?- animará La Habana. Finalmente, cuando Pancho Céspedes venció el temor a lanzarse y dijo “aquí está la vida” encima de un escenario cubano, se abrió la muralla.

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