No tengo la menor duda de que las transformaciones –al menos las hechas con buena fe- que sufren los planes de estudios son con la intención de ajustar la formación profesional a la realidad circundante, para garantizar que el futuro graduado logre insertarse con los conocimientos necesarios en un posible entorno laboral. Por eso pienso que el llamado “Plan D” es superior al “C”, como mismo lo será el “E” en unos años. Lo que sucede es que de repente la espada de la pregonada semipresencialidad ha comenzado a soltarse y está a punto de cortar más de una cabeza. Sigue leyendo