Para bajar del verde limón

Perdí la cuenta de la cantidad de madrugadas, tardes infinitas y turnos aburridos en los que mis compañeros de estudios y yo hemos desmenuzado el periodismo cubano, sus causas, sus destinos, sus atajos, sus recovecos. En todas ellas, después de triturar eficientemente a la mayoría del gremio, subimos los escalones y tocamos -a veces con timidez, otras (por lo general, cuando nadie más nos escucha),- la inmensa puerta (hay momentos en que creo es un muro) que se extiende ante nosotros. Tras esa puerta se alberga, según nuestra consideración, la Equidna del periodismo en Cuba, que ha lanzado al mundo demasiados vástagos y no podría controlarlos ni aunque quisiera (tampoco es que lo intente mucho).

Y si bien cambiar la mentalidad es una frase que suena genial, tiene el defecto de librar de culpas a todo el mundo porque “la mentalidad” está en todas partes. Y en ninguna. Para colmo, las exhortaciones a mejorar el periodismo y la relación de las fuentes con los periodistas ha tenido una traducción literal que en la mayoría de los casos provoca burlas, pero a otros nos asusta.

Por eso me molestan los malabares con la cadena, el molestar a los sobrevivientes, a los que luchan el mendrugo -y la joya, por qué negarlo-, pero que no condicionan las reglas de un juego que no queda más remedio que jugar. Y encima estos periodistas inquisitivos (¿inquisidores?) son presentados como adalides del buen quehacer, y hasta ganan la admiración de buena parte de la población, esa que aplaude un reportaje sobre las violaciones a los precios en un mercado y que un par de horas más tarde le compra por 80 pesos o una cantidad parecida una bolsa de leche a su bodeguero sin el más mínimo remordimiento. Porque, infranqueable verdad, hay que vivir.

Los casos más notorios son el par de cruzadas que ha hecho el periódico Granma, arremetiendo contra productores agrícolas o grises funcionarios sin atreverse a mirar más allá, o la reciente serie de reportajes de Talía González en los que nunca se ha escuchado una crítica a la política ministerial de precios o a la lentitud del gobierno para implementar un sistema de comercio mayorista que viabilice la actividad por cuenta propia. Se cuestiona, en fin, a los sujetos. Jamás a las estructuras.

No puedo culpar a Fidel y Raúl Castro más allá de la responsabilidad que les toca como máximos dirigentes de un país y un proceso social, pero sí a un reducido grupo de funcionarios (y hablo a nivel del Comité Central, no a nivel de medios) que han decidido los destinos del sistema de prensa cubano, y que lamentablemente no han comprendido que publicar es fácil, pero hacer periodismo es otra cosa. Lo triste es que estos funcionarios han permeado con su ideología a todos los niveles del sistema de prensa cubano. Por eso no es raro (y asusta y entristece) encontrar directivos de medios y periodistas que, sin importar la edad, asumen a pie juntillas esa manera de (no) pensar.

La prensa capitalista logra de tanto en tanto recrear la ilusión de un periodismo cuestionador, irreverente. Acá en cambio, el conservadurismo de los contenidos ha hecho mímesis en la forma. Gracias a eso, no solo es poco valioso leer, escuchar, ver las noticias, además es aburrido. El periodismo nuestro, que se dice revolucionario, es un cúmulo de fracasos formales, editoriales, políticos, con una concepción que fue propagandística, pero que ni propaganda logra hacer en la actualidad, porque la propaganda –si es efectiva- logra agitar conciencias, movilizar voluntades; y la verdad, el espectro de reacciones anímicas que provoca la prensa en Cuba van de la indiferencia a la risa.

Fernando Ravsberg, pésele a quien le pese, es un raro ejemplo de periodismo diferente en nuestro país. Porque responde a una línea editorial, me dicen casi siempre. Caramba, si es así la BBC hace más por la sociedad cubana que el resto de los medios de prensa nacionales. A ese uruguayo aplatanado hace rato lo hubiera puesto de asesor del Consejo de Estado, pagándole lo mismo que la BBC (si nos gastamos miles de dólares en ponerle GPS al transporte público y no sirve para nada, porque no invertirlos en una buena causa), y dándole libertad para abordar los temas de la manera que mejor se le ocurra. Digo yo, que me estoy quedando sin ideas.

Junto al corresponsal de la BBC, destaca la revista Espacio Laical como otro de esos paletazos de color en la grisura nacional. Gracias al margen de acción ganado por la Iglesia Católica en los últimos tiempos, Espacio Laical (apoyada en su buen equipo editorial y una oportuna red de colaboraciones) ha detectado puntos clave de la geografía política y social cubana, y hacia ellos ha enfocado sus cañones. La experiencia de trabajo de esta publicación demuestra que cuando hay espacio para hacer (incluso sin salirse de los esquemas) se logra (¡oh objetivo supremo del periodismo, al parecer olvidado en un baúl!) comunicar lo importante.

A veces me pregunto cuál es la suerte que corren los periodistas cubanos que emigran. No conozco muchos, y no tengo idea acerca de su actividad profesional, si continúan ejerciendo el periodismo o se han dedicado a otra tarea. Sospecho, sin embargo, que no les debe ir muy bien.

Hace unos días, en un interesante encuentro con directivos de algunos medios de prensa, después de hacer un exhaustivo recorrido por los males del periodismo de investigación en Cuba (sí, créanlo o no, se quiere y hasta se intenta hacer periodismo de investigación en Cuba) les pregunté qué estaban haciendo ellos para hacer un ejercicio mejor, para que dentro de diez años los actuales estudiantes no estemos en ante un auditorio de jóvenes que cuestionan el papel de los periodistas.

Sinceramente, sus respuestas se me confunden en la memoria (una mezcla de mea culpa, con justificaciones, y veladas inculpaciones), sobre todo porque la solución no está sus manos. Lo jodido es que no está en sus manos.

Nota aclaratoria:

A quienes les moleste este texto les recomiendo que no pierdan su tiempo haciéndomelo saber. Mejor aprovéchenlo en algo más productivo, como demostrarme que estoy equivocado o, y ojalá ese fuera el caso, cambiar las cosas.

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