Cartas de Oscar López Rivera a su nieta

Aún no sé como le haré justo homenaje a este hombre de palabra pura y corazón inmenso. Pero en lo que llega la epifanía (Elaine y su mashup son insuperables) sumaré las cartas que sábado tras sábado publicará El Nuevo Día, cartas que escribió Oscar López Rivera a su nieta, quien solo puede construirse una imagen de su abuelo a través de estas letras. Escribiéndole a ella, dice, “siento que les hablo a miles de jóvenes puertorriqueños, para quienes mi nombre apenas significa nada”. Un verdadero monumento al amor, a la valentía.

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Carta I: “Las manos en el cristal”

Querida Karina, No ha sido fácil escoger un título para estas cartas que pienso enviarte periódicamente desde la cárcel.

Escribiéndote a ti, cuya niñez y adolescencia irremediablemente me he perdido ya, siento que les hablo a miles de jóvenes puertorriqueños, para quienes mi nombre apenas significa nada.

Soy un luchador de 70 años. Hace 32 que estoy encarcelado. No voy a abundar en las razones políticas que me condujeron a este encierro, porque otros ya lo han hecho. Sólo quiero reiterar que respeto la vida por encima de todas las cosas, y que no he lastimado ni lastimaré jamás a ningún ser humano.

La primera vez que te vi, en el verano del 91, en la cárcel de Marion, Illinois, donde estaba recluido entonces, fue a través de un cristal. Tú estabas en brazos de tu madre, y movías los ojos con curiosidad. Sin embargo, poco había que ver allí. El cubículo donde se sentaban las visitas era muy estrecho, y había un teléfono a cada lado para que habláramos por él. Clarisa, tu madre, levantó el suyo y me pidió que te dijera algo. Fue la primera vez que escuchaste mi voz y pude ver tu reacción, la extrañeza que te causó comunicarte con ese hombre que empezaba a quererte, pero que no podía besarte, ni susurrarte al oído las promesas de abuelo que te quería cumplir.

A Clarisa le dejaban pasar en el bulto tres pañales y algunas botellas de leche. Había en el área de visitas, tanto del lado de los familiares como del lado de los confinados, cámaras con las que grababan todos nuestros movimientos, pero, irónicamente, nunca me pude tomar una fotografía con mi hija y mi nieta. Siempre me escoltaban tres o cuatro guardias, y estaba encadenado por los pies. Era el único preso que iba tan custodiado al área de visitas.

Se hacía difícil entretenerte mientras estabas en el cubículo de las visitas, así que para distraerte y ayudar a tu madre, que intentaba pasar el mayor tiempo posible conmigo, inventamos un juego peculiar: ponías tus pequeñas manos de bebé en el cristal, y yo también ponía las mías, de modo que coincidieran las cuatro y pudieran «tocarse». Las manos saltaban, se perseguían, se comportaban como arañas envueltas en los hilos invisibles del cariño. No nos tocábamos, el cristal lo impedía, pero surgió un lenguaje especial entre tú y yo; entre las tiernas manos tuyas, Karina, y mis viejas manos, pálidas de encierro, deseosas de poder volar, pero contentas y sumisas cuando tú las acariciabas.

Durante años utilizamos esa danza de las manos para comunicarnos. El tiempo pasaba y tú crecías. No me estaba permitido el contacto físico con mis familiares, por lo tanto en los años que estuve recluido en Marion, no pude besarte, abrazarte, o sentir el roce y el olor de tu pelo. Tampoco el de tu madre, que me despedía con lágrimas, aunque yo sabía contener las mías.

Un día, por fin, me trasladaron a la prisión de Terre Haute, en Indiana. Allí me comunicaron que podría recibir visitas y tener contacto físico con mis seres queridos. Llegó tu madre contigo y con mi sobrina Wanda. Tú, Karina, tenías sólo siete años. Mi hija y mi sobrina me abrazaron. Tú, en cambio, te paraste frente a mí, levantaste tus manos y las pegaste contra un cristal imaginario, esperando que yo hiciera lo mismo. A tu corta edad, después de tantos años de soportar esa barrera, pensaste que debíamos continuar el juego. Tu madre te dijo: «Ahora puedes tocar a tu abuelo», y tú corriste a abrazarme, nos tocamos por primera vez.

Ese cristal, a pesar de todo, sigue siendo el cómplice entre tú y yo. A través de él, en estas páginas, te seguiré contando mis recuerdos, mis historias presentes, añorada nieta.

Con muchísimo amor, en resistencia y lucha…

Carta II: “Donde respira el mar”

Querida Karina. Después de la familia, lo que más echo de menos es el mar.

Ya han pasado 35 años desde la última vez que lo vi. Pero lo he pintado muchas veces, tanto la parte del Atlántico como la del Caribe, esa espuma sonriente en Cabo Rojo, que es de la luz mezclada con la sal.

Para cualquier puertorriqueño, vivir lejos del mar es algo casi incomprensible. Es distinto cuando uno sabe que está en libertad de moverse a cualquier parte y de viajar a verlo. No importa que sea gris y frío. Aunque veas el mar en un país lejano, te das cuenta de que recomienza siempre (como dijo un poeta), y que por ese mar pueden pasar los peces que se acercaron a tu tierra, y que llegan de allá trayéndote recuerdos.

Aprendí a nadar a muy temprana edad, debía tener unos tres años. Un primo de mi padre, que vivía con nosotros y era para mí como un hermano mayor, me llevaba a la playa donde solía nadar con sus amigos, y me lanzaba al agua para que yo aprendiera. Luego, cuando estaba en la escuela, solía escaparme con otros niños hasta un río cercano. Todo eso ahora me parece lejano.

Aquí en la cárcel he sentido muchas veces la nostalgia del mar; de olerlo a todo pulmón; de tocarlo y mojarme los labios, pero enseguida me doy cuenta de que quizá tengan que pasar años antes de darme ese sencillo gusto.

El mar se extraña siempre, pero creo que nunca lo necesité tanto como cuando me trasladaron desde la prisión de Marion, en Illinois, a la de Florence, en Colorado. En Marion, yo salía al patio una vez a la semana, y desde allí veía los árboles, los pájaros… Oía el ruido del tren y el cantío de las chicharras. Corría por la tierra y la olía. Podía agarrar la yerba y dejar que las mariposas me rodearan. Pero en Florence todo eso terminó.

¿Sabes que la ADX, que es la prisión de máxima seguridad de Florence, está destinada a los peores criminales de Estados Unidos y se considera la más inexpugnable y dura del país? Allí los presos no tienen contacto entre sí, es un laberinto de acero y cemento construido para aislar e incapacitar. Yo estuve entre los hombres que estrenaron esa cárcel.

Al llegar, me despertaban varias veces por la noche y en mucho tiempo no logré dormir por un período mayor de 50 minutos. En aquella galera éramos sólo cuatro presos, pero uno de ellos tenía un largo historial de problemas mentales y se pasaba la noche y el día gritando obscenidades, peleando su guerra contra enemigos invisibles. Estábamos casi todo el tiempo en las celdas, y hasta teníamos que comer en ellas. Todo el mobiliario era de hormigón y nada se podía mover. No comprendía cómo los vecinos del pueblo de Florence habían aceptado una cárcel tan inhumana entre ellos. Pero, hoy por hoy, la industria de las prisiones es de las más fuertes en Estados Unidos. Deja dinero y eso parece ser lo único que importa.

En Florence, por las noches, los presos se comunicaban a través de una especie de respiradero que estaba cerca del techo. Había que gritar para hacerse oír, todos gritaban y aquello lo que hacía era alterar los nervios.

Yo callaba y trataba de concentrarme en el ruido de las olas, cerraba los ojos y las veía romper contra la Cueva del Indio. El griterío de la cárcel se iba desvaneciendo. El mar subía y bajaba como un torso, contagiándome su fuerza y su respiración.

Sé que algún día pasaré toda una noche en la costa, y esperaré a que despunte el día. Luego quisiera hacer lo mismo en Jayuya, ver la salida del sol sobre la cordillera.

Con esa esperanza, en resistencia y lucha, te abraza tu abuelo…

Carta III: “La razón detrás de toda lucha”

Querida Karina. Hace pocas semanas te escribí para felicitarte con motivo del día más grandioso y memorable de tu vida: a tus 22 años, te graduabas de la Universidad de Chicago.

Te dije entonces que la vida está llena de retos y, en algunos momentos, de decepciones. Que nunca permitas que nada ni nadie te desaliente, porque tienes la fortaleza para enfrentar y superar cualquier obstáculo.

Cuando entraste a la universidad, seguramente te tocó vivir en un ambiente muy diferente del que me tocó a mí. Me alegro de eso: la razón por la que las personas luchan, en lo colectivo y en lo personal, es que las cosas cambien para que sus hijos y nietos vivan un mejor futuro.

Yo tenía tres años cuando me acerqué a la escuela, pues caminaba detrás de mis hermanos mayores, que protestaban porque los seguía. Tanto los molesté, que mi hermana decidió enseñarme a leer y escribir. Como era zurdo, ella me ataba la mano izquierda y me obligaba a usar la derecha. A los cinco años, cuando empecé el primer grado en la escuela del barrio Aibonito-Guerrero, del pueblo de San Sebastián, estaba muy adelantado gracias a esas lecciones. Me aburría en la clase y me dedicaba a hacer travesuras, invitaba a los otros niños para que nos escapáramos al río, y allí nos poníamos a tumbar naranjas.

Cuando terminé el sexto grado, aunque travieso, gané el primer premio de honor de mi clase. De allí me fui a la escuela intermedia de Hoya Mala, pero al poco tiempo de empezar las clases me enfermé. Me llevaron al médico en Aguadilla, quien me diagnosticó que había cogido un parásito en el río. Era la “justa” recompensa por mis travesuras. Me dieron desparasitantes, pero no mejoré. Cuando entré al noveno grado estaba tan raquítico que mi madre, desesperada, decidió mandarme con mis tíos a Chicago. Fui aceptado en una escuela secundaria, y al llegar tuve que pasar por un examen físico: mi estatura era de 53 pulgadas y mi peso de 58 libras. Todos los demás alumnos de esa escuela, la Tuley High School, parecían gigantes comparados conmigo. Mi vocabulario en inglés era de menos de 100 palabras. Cada vez que abría la boca, los demás muchachos se reían, y entonces me convertí en una persona introvertida. En Tuley, para la década del 50, sólo había un puñado de estudiantes puertorriqueños. Había que bregar con el discrimen, y eso te lo puedo asegurar ahora, que miro hacia atrás y veo las injusticias que se cometían. No éramos muchachos acomodados que íbamos a estudiar a los mejores colegios. Éramos los emigrantes, teníamos fama de problemáticos y, a veces, nos daban castigos que no nos merecíamos. A mí, por ejemplo, me acusaron de copiarme en un examen de álgebra. Me gustaba tanto el álgebra y estaba tan seguro de que lo dominaba, que le contesté de mala forma a la maestra y ésta me expulsó del salón y me envió a la oficina del director. Allí le dije al míster que no me había copiado y que, para demostrarlo, podía darme otro examen en ese mismo instante, frente a él, con preguntas del último capítulo del libro, que aún no habíamos dado en clase. Él me había matriculado cuando llegué a Tuley y conocía mis buenas notas, así que sonrió y me dijo que no me preocupara.

Dentro de aquel mundo duro para un muchacho puertorriqueño que apenas podía expresarse, conocí a un puñado de personas maravillosas.

Por ejemplo, tuve una maestra inolvidable en el Colegio Wright, un junior college al que asistí cuando terminé la secundaria. Éramos pobres y te confieso que me avergonzaba de mi ropa, tan ajada y fea y de mis tenis viejos, los únicos zapatos que tenía. Pero a esa maestra, que daba clases de dicción, no le importaba mi apariencia. Me dedicó mucho tiempo, con paciencia y cariño. Descubrió que yo tartamudeaba cuando hablaba inglés y me explicó cómo solucionarlo, me mandó a hacer ejercicios y lecturas. Por esa época empecé a pasar los ratos libres en un área de Chicago donde jangueaban los beats, un grupo de escritores y artistas con un gran sentido de la libertad.

Me di de baja de la Wright College cuando mi padre nos abandonó y tuve que empezar a trabajar para ayudar a mi madre. No fue hasta 1967, cuando volví de Vietnam, que regresé a la universidad. La escena había cambiado de manera drástica. Había muchos profesores progresistas, debates sobre derechos humanos en los salones y un activismo político que influyó mi vida.

Ahora veo tu éxito universitario como una prolongación de mis aspiraciones. Según sigas adelante en la vida, llena tu corazón con amor, compasión, esperanza y valor. Ámate a ti misma, a tu familia, a tus compañeros y compañeras, a la tierra, al mar, a la libertad y a la justicia, y a todo aquello que represente y haga posible la vida.

Un beso y un abrazo con brazos puertorriqueños pequeños, pero con mucho amor. En resistencia y lucha…

Carta IV: “Una callada sombra”

Querida Karina,

En estos días, he estado recordando un episodio que creo que marcó mi vida. Es curioso que la memoria guarde, de entre tantos horrores que hemos visto, un hecho en particular, que a lo mejor no es el más sangriento, ni el que más dolor causó, pero sí el que se queda para siempre en el alma, y se revive cuando somos mayores.

Tenía tu edad cuando fui llamado a pelear en Vietnam. Llegué a la guerra en marzo de 1966.

Me asignaron a la base de Lai Khe, aunque sólo estuve allí unos pocos días. Pronto me mandaron a participar en operaciones itinerantes, que duraban semanas, casi siempre bastante cerca de Saigón.

Fue en los alrededores de esa base, la de Lai Khe, donde vi por vez primera el efecto que causaba el “agente naranja”, ese defoliante usado para arrasar la selva. En la base se guardaban los barriles (con franjas de color naranja), y los aviones de asperjar el químico, que parecían inofensivos, como los de fumigar el campo. El efecto era terrible. Las plantas se secaban y morían en menos de tres días. Todo quedaba arrasado, ennegrecido, un amasijo en que era difícil distinguir cuáles huesos eran de personas y cuáles eran de animales.

Un día, ordenaron a nuestro pelotón que rodeara una aldea. Se estableció el cerco, un perímetro con puestos de control para que nadie entrara o saliera. Estuvimos seis semanas en aquel lugar, vigilando a los campesinos, que se dedicaban a cultivar arroz. Trabajaban con el agua a media pierna, siempre bajo nuestras miradas. Uno de ellos, que era de mi edad, se me acercó una tarde, luego del trabajo, puso su brazo junto al mío y dijo: “same thing”. Yo miré y me impresionó descubrir que, en efecto, teníamos los mismos brazos, fibrosos del trabajo duro.

Varias noches después, un guardia reportó haber visto movimientos y sombras sospechosas alrededor de nuestro campamento. Nos llamaron a todos y corrimos con las armas listas, apuntando hacia el lugar que el guardia señalaba. Nos dieron la orden de disparar y una lluvia de balas barrenó el follaje. Cuando nos mandaron detener el fuego, nos quedamos paralizados, sin atrevernos casi a respirar. Aquella sombra sospechosa volvió a moverse en la maleza. El jefe del pelotón ordenó que apuntáramos de nuevo, y allí cayó otra lluvia de disparos. No se volvieron a ver sombras, mas nos quedamos intranquilos durante toda la madrugada.

Tan pronto comenzó a clarear, oímos gritos desgarrados que provenían de los campos de arroz y fuimos corriendo al lugar. Tres o cuatro campesinos lloraban frente al cadáver de un búfalo de aguas, el único que había en toda la aldea para labrar la tierra. Ese animal había sido la callada sombra que matamos.

El más joven de los hombres que lloraban era el muchacho que había puesto su brazo junto al mío. Tenía la ropa y la piel manchadas de la sangre del búfalo. Me miraba fijo.

Luego, parte del pelotón fue trasladado a un área que estaba sembrada de minas y de aquellas trampas llamadas “booby traps”, con las que muchos resultaron heridos. De 31 hombres que éramos en el grupo, 17 quedaron fuera de combate. Trabajamos mucho localizando aquellas trampas, despejando el terreno para que los helicópteros bajaran, y abriendo paso para que las camillas pudieran llevarse a los heridos.

El muchacho que lloró a su búfalo debe tener mi edad, si es que aún vive. No podrá imaginarse que he estado preso por 32 años y que, en ese tiempo, he pensado a menudo que él tenía razón: su brazo y el mío eran la misma cosa.

En resistencia y lucha, te abrazo tu abuelo,

Oscar López Rivera

Carta V: “La historia de Jíbara Soy”

Querida Karina:

Querida Karina, he oído hace poco la noticia de un perro labrador que murió a balazos en una casa de Santurce y no he podido evitar acordarme de los perros que me acompañaron en la vida, y que estuvieron a mi lado, en las buenas y en las malas, hasta el mismo día en que me arrestaron, cuando me despidieron con sus miradas sabias.

Siempre tuve perros a mi lado. De niño, en San Sebastián, y luego en mi juventud, cuando emigré a los Estados Unidos. Y hasta en Vietnam, donde también ellos sufrieron los horrores de la guerra. Eso se echa de menos en la cárcel: la cercanía de un animal tan noble, que es capaz de entenderte, de compartir nostalgias y asimilar tristezas que brotan de nosotros.

En 1973, cuando vivía en Chicago, tuve una perra singular: una doberman pincher que se llamaba Jíbara Soy. Era la mascota más popular del barrio. Protectora e inteligente, queriendo siempre llamar la atención. Para entonces, yo había rentado un pequeño apartamento en la misma propiedad donde mi hermano mayor tenía su casa. Una de las condiciones para el alquiler era que no podía tener la perra, pero ocurrió que una noche entraron unos ladrones a la casa y convencí a mi hermano para que la aceptara.

Pocas semanas después me ausenté por unas horas y al llegar encontré que Jíbara Soy había convertido el hermoso jardín que mi hermano cuidaba con esmero en una especie de campo de batalla. Había hecho enormes agujeros de los que sacó ratas del tamaño de un gato. La bañé, la llevé al veterinario para asegurarme de que no tenía heridas y no corría peligro de contraer alguna enfermedad.

De vuelta a casa, hice lo que pude en el jardín, tratando de arreglar los destrozos. Cuando regresó mi hermano del trabajo, le dije que le tenía dos noticias, una buena y otra mala. La buena era que Jíbara Soy había matado nueve ratas. La mala la pudo ver con sus propios ojos: el jardín estaba estropeado y habría que trabajar el doble para devolverle su lozanía.

Mi hermano y su esposa se encariñaron con la perra, que nos acompañó varios años. Tenía su propia butaca, escuchaba con atención la música clásica y, siempre que yo me ponía a leer en la sala, mantenía sus ojos clavados en mí, como si me leyera el pensamiento y se enterara del significado de la lectura.

Un día se puso de parto y murió. Hasta entonces, creía simplemente que estaba muy gorda, pues el veterinario le daba pastillas anticonceptivas. Algo falló y murió dando a luz a 16 cachorros.

Tu mamá, Clarisa, es gran amante de los animales. Tú también te desvives por ellos. Entonces comprenderán cuando les diga lo difícil que fue dejar atrás a mis dos perros el día que me arrestaron. Yo vivía en la clandestinidad y ellos me hacían compañía, sobre todo cuando la situación era desesperante. Un día, descubrieron mi paradero y me arrestaron. De mis sentimientos en ese instante, y de mis temores cuando me alejaba, te hablaré en otra ocasión. Solo quiero contarte que aquel día de mayo de 1981, estando bajo arresto, se me acercó un agente del FBI que se identificó como puertorriqueño. Lo primero que le pregunté fue que qué habían hecho con mis perros. Me respondió que los habían llevado a ASPCA, que era el “animal shelter”. Algo en su expresión me hizo pensar que no era cierto. Le insistí para que me dijera la verdad. Hubo un silencio largo que yo sabía lo que significaba. Pensé en la fidelidad de esos dos perros, y la memoria me trajo, uno tras otro, el recuerdo de todos los que había tenido, desde que me criaba en San Sebastián. Pensé en los animales malheridos que había visto en Vietnam. Y al final, me pareció escuchar los ladridos valientes de mi Jíbara Soy. Entonces oí lo que ya sospechaba: “Los tuvimos que matar”.

Treinta y dos años han pasado desde entonces.

Amo a los animales que perdí. A los que fueron míos y no pudieron morirse con mis palabras de consuelo y mi mano rascándoles el lomo. Y amo a los que tendré en Puerto Rico algún día.

En resistencia y lucha, tu abuelo,

Oscar López Rivera

Carta VI: “Para ser lo que somos”

Querida Karina,

Estoy seguro de que a veces te preguntarás por qué tu abuelo escogió un camino diferente. Por qué nunca te recogió en la escuela, ni está en las fotos de tu cumpleaños, ni en las de Navidad, sentado frente al arbolito.

Ahora, viendo hacia atrás en la memoria, creo que te puedo responder que es el camino el que nos escoge a nosotros; la lucha te atrapa si tienes abierto el corazón y la voluntad para combatir las injusticias.

A fines de los años sesenta, había muchas denuncias de discrimen contra los hispanos en una empresa de teléfonos de Chicago que se llamaba Illinois Bell. Un grupo de latinos nos organizamos para protestar en el downtown, donde estaba la oficina principal de esa empresa.

El presidente de la Illinois Bell era entonces Mr. Charles Brown, pero a nosotros sólo nos permitían hablar con uno de sus asistentes, también latino, un peruano que no tenía autoridad para ayudarnos.

Un día nos dijeron que Mr. Brown solía acudir a una iglesia presbiteriana en Lake Forrest, el suburbio más exclusivo de Illinois.

Allí nos presentamos un domingo, celebramos un acto ecuménico frente a la iglesia y luego entramos. Los feligreses se asustaron al ver esa invasión de latinos que avanzaba por los pasillos repartiendo hojas sueltas. Sólo hubo un problema: Mr. Brown no había asistido aquel domingo al servicio religioso. Sin embargo, nos paramos frente al púlpito y le explicamos al público que todo lo que queríamos era hablar con Mr. Brown y presentarle nuestras demandas laborales, pues en su empresa atropellaban a los hispanos. Dicho esto, les dimos las gracias y nos retiramos.

Poco después, cuando regresamos a nuestro local, recibimos la llamada de una de las personas que estaban en la iglesia: quería darnos la dirección de Mr. Brown.

Algunos compañeros volvieron a Lake Forrest para identificar el lugar. Varias semanas más tarde, alquilamos autobuses y nos metimos en ellos con nuestras familias para protestar de nuevo, esta vez frente a su propia casa. A los niños les habíamos dicho que íbamos de picnic y cada cual llevaba una «luncherita» con golosinas.

En aquellos años no había control de acceso en las urbanizaciones de lujo, y ni siquiera portones en la propiedad. Nos sentamos alrededor de la piscina y fue imposible evitar que los niños se tiraran al agua. Enseguida vimos que desde la mansión se abría una puerta y Mr. Brown en persona nos invitaba a pasar.

Diez de nosotros nos acercamos para hablar con él, y la reunión fue en la cocina. En un momento dado se excusó para llamar a su hijo, que sabía español y quería que sirviera de intérprete. Le dijimos que no hacía falta, porque todos éramos bilingües.

Entonces nos citó para la mañana siguiente en la empresa y allí nos volvimos a reunir. Estuvo de acuerdo en contratar de inmediato a 125 trabajadores latinos para distintos departamentos de la Illinois Bell, y en abrir dos oficinas en sendas comunidades hispanas, una para mexicanos y otra para puertorriqueños, a fin de darles servicios en español.

También aceptó contratar a un determinado número de obreros latinos cada año.

Aquel acuerdo con Mr. Brown fue una gran victoria para nosotros, que, casi sin proponérnoslo, habíamos fundado la Coalición Hispana del Trabajo. De ahí en adelante, reivindicamos el derecho de los obreros en otras empresas, sobre todo en la construcción.

Demandábamos que emplearan a trabajadores hispanos, y fuimos muy exitosos logrando que accedieran a nuestros reclamos. No hubo violencia en todo aquello, solamente trabajo y más trabajo, y una gran movilización étnica, planificada al mínimo detalle.

A los latinos, por fin, se nos empezaron a abrir las puertas de las empresas y las uniones obreras que habían estado cerradas para nosotros.

Más tarde, todo ese esfuerzo se concentró en las escuelas y universidades. Pienso que, para ser lo que somos, tenemos que hacer sacrificios de todo tipo. Quizá nunca te ayudé a soplar las velitas de tu cumpleaños, como hacen tantos abuelos con sus nietos, pero me consuela pensar que he puesto mi granito de arena para construir un mundo más iluminado y justo para ti.

En resistencia y lucha, te besa

Oscar López Rivera

Carta VII: “Todos escucharon”

Querida Karina,

Cuando hace poco te conté de las luchas de los hispanos contra el discrimen laboral, me acordé de mi primer intento por organizar una protesta. Muchos inmigrantes puertorriqueños vivían en condiciones infrahumanas, en edificios llenos de alimañas, con escaleras inseguras y techos que se caían a pedazos. Los dueños de aquellos edificios nunca se ocupaban de darles mantenimiento, pero sí se ocupaban de mandar a cobrar la renta cada mes, y hacerle la vida imposible a todo aquel que se atrasaba.

Empecé a visitar a las personas que vivían en las peores condiciones, tocando a cada puerta para organizarlos. La primera mujer con la que hablé me dijo: «¿Quién va a escuchar a una puertorriqueña?». La respuesta me salió del alma: yo la escucharía a ella, y luego los dos iríamos a escuchar al resto, y al final todos escucharíamos a todos. La convencí y empezamos a hablar con los demás inquilinos. Nuestro único propósito era que limpiaran el edificio, arreglaran las tuberías y pasamanos dañados, y eliminaran la multitud de ratas y cucarachas con las que tenían que convivir tantas familias.

Al propietario de uno de los edificios lo confrontamos y le advertimos que los vecinos no pagaríamos la renta hasta que adecentara el lugar. Él nos ignoró, pero cuando vio que llegaba la hora de pagar y nadie lo hacía, accedió a limpiar y hacer algunas reparaciones. No podía imaginarme entonces que corríamos un gran riesgo: la mayoría de los dueños de esos edificios levantaban fortunas a costa de atropellar a las personas que se veían forzadas a vivir en la inmundicia. Si tenían que invertir dinero en muchas reparaciones, preferían prender fuego a la estructura para cobrar el seguro.

Había un político en Chicago que poseía varios edificios. Todos estaban en malas condiciones, pero allí tenían que vivir muchos puertorriqueños sin que nadie oyera sus reclamos. Hasta que un día, entre varios vecinos, atraparon algunos ratones y los metieron en una caja. Aquella caja se envolvió en papel de regalo y fue llevada por nuestras mujeres a la mansión del político, donde la recibieron porque ellas dijeron que era un obsequio en agradecimiento a sus buenas acciones. La esposa del político fue la que abrió la caja y se formó un gran escándalo. Entonces mandaron a asear los edificios.

A la misma vez, luchábamos para que los bancos dejaran de discriminar contra los inmigrantes. La mayoría de nosotros tenía cuentas de ahorro y mantenía buen crédito, pero el banco nunca nos prestaba para la hipoteca o para comprar un carro. Se nos ocurrió una idea: les dimos a los niños de la comunidad unos potes grandes llenos de chavitos. Los llevamos un sábado por la mañana al banco, que era el día en que se abarrotaba de clientes, para que cada niño abriera una cuenta y exigiera al cajero que contara chavito a chavito. La fila se hizo interminable, con todos los chamaquitos haciendo ruido y gritando a la vez. Entonces alguien sugirió que los chavitos también servían para trabar las puertas giratorias… Eso hicimos. Nadie podía entrar ni salir del banco. Pronto llegó la policía y se topó con un piquete de latinos que exigía que se les diera un trato digno. El escándalo se llevó a cabo en una sucursal que quedaba en la esquina de la calle Division con la avenida Ashland. Uno de los altos ejecutivos del banco se allegó hasta el lugar y accedió a hablar con nosotros. Se comprometió a atender nuestras demandas y a contratar personal latino para las sucursales.

Las puertas del banco se destrabaron y los niños celebraron tirando los chavitos al aire. Una mujer puertorriqueña, abuela de dos, fue la que encabezó la protesta contra el banco. Sus ojos brillaban más que el reflejo de las monedas al vuelo. Todos nos habíamos escuchado unos a otros, y así nació una fuerte solidaridad.

En resistencia y lucha, tu abuelo

Oscar López Rivera

Carta VIII: “De frente a la cara del miedo”

Querida Karina,

Cada cual decide su destino y arriesga el alma según lo dicta su conciencia. El miedo siempre está presente. En cada momento. Día y noche. Pero uno aprende a usar el miedo en beneficio propio. En Vietnam, por ejemplo, fue el miedo lo que me ayudó a ser cauteloso, atento a todo cuanto me rodeaba, a los movimientos y los sonidos inusuales. Hubo meses, años enteros en los que sobreviví gracias al instinto, olfateando el aire para poder detectar el peligro.

Cuando llegaba algún soldado nuevo al batallón y lo veía presumiendo de su fuerza o de su valentía, me mantenía observándolo. Me daba cuenta de que ésa era su forma de impresionar a los demás, escondiendo el pánico que sentía. Luego, cuando le tocaba entrar en combate, ocurría una de dos: o se quedaba paralizado, o se comportaba de forma temeraria. En cualquier caso, me lo llevaba aparte y le explicaba que todos sentíamos miedo y era normal. Que lo importante era reconocerlo, porque al no tomar precauciones o quedarse «freezado» en pleno fuego, ponía en peligro su vida y la de los demás.

Creo que haberme criado en las calles de Chicago fue un buen entrenamiento para manejar el miedo.

Años más tarde, cuando me destinaron a la prisión de Marion y enfrenté por primera vez lo que llaman «régimen de privación sensorial», no tenía idea ni de lo que iba a encontrarme, ni de la gente con la que iba convivir. Me ubicaron en la «gang unit», con pandilleros peligrosos de todo el país. Nadie con honestidad puede decir que no teme por su vida en un lugar así. Casualmente, reconocí a un par de reclusos que habían estado conmigo en la cárcel de Leavenworth y se mostraron solidarios. Sabían que yo no procedía del mundo de las pandillas y que era un preso politico.

Tan pronto supe que tendría tan sólo quince minutos mensuales para hablar por teléfono, que en la práctica eran menos, pues las llamadas las cortaban o se interrumpían, me oprimió la pena. Mi madre era mayor y estaba enferma; era ella quien me mantenía al tanto de mis hermanos y el resto de la familia en Puerto Rico. Lo más doloroso era no poder hablar con mi hija, que entonces era una niña. Como ella casi no me conocía, era poco lo que me contaba por teléfono. Cuando recibía visitas, me prohibían el contacto físico con mis familiares. Aún recuerdo la primera vez que me visitó mamá, tu bisabuela, que rompió a llorar al verme esposado al otro lado del cristal. En aquella ocasión le dije que tenía que ser fuerte y contener el llanto para no demostrar a los carceleros que ese régimen abatía a toda la familia. De ahí en adelante, cuando me visitaba, la veía apretar la boca y contener el llanto. En mi presencia, no derramó otra lágrima. Fue una puertorriqueña valiente.

Distinto a la cárcel de Leavenworth, en Marion revisaban o interceptaban toda mi correspondencia y el material de lectura que recibía. A veces, pasaban semanas o meses hasta que me entregaban las cartas, revistas o periódicos. Me lo daban todo el mismo día, y al siguiente entraban a la celda para registrarla y confiscar lo que ellos llamaban «un exceso de papeles», muchas cosas que yo no había tenido tiempo de leer.

Hasta que se me ocurrió la manera de conservar los periódicos, repartiéndolos, cuando me los daban, entre los demás reclusos, quienes poco a poco me los iban devolviendo. En la prensa eran noticias viejas, pero igual las leía todas.

Hay que leer siempre, Karina, la lectura también sirve para aplacar el miedo. Para alejar la soledad, de la que te hablaré algún día.

En resistencia y lucha, tu abuelo,

Oscar López Rivera

Carta IX: “Aire de libertad en el rostro”

Querida Karina,

Hace unas noches, quizá porque te escribí antes de acostarme, tuve un sueño con tu madre y contigo. Estábamos los tres frente al mar, ese que anhelo ver más que ninguno, que es el que rompe contra la Cueva del Indio.

Te preguntarás, ahora que te cuento esto, con qué sueñan las personas que han estado durante tantos años privadas de la libertad. Es posible que, aunque estemos encerrados, nos obstinemos en soñar con las calles y la luz, y con los rostros que nos están vedados.

Para mí fue así: durante los primeros tiempos mi patrón de sueño era esencialmente el mismo que antes de ser encarcelado. Pero todo cambió cuando me colocaron en régimen de «privación sensorial». Entonces los sueños se tornaron nerviosos, entrecortados, fugaces. El aislamiento y el encierro absoluto alteraron la calidad de mi descanso. A partir de aquella experiencia, casi nunca he vuelto a dormir un sueño relajado o profundo.

Si tú o tu madre Clarisa aparecen en mis sueños, usualmente es por corto tiempo. De vez en cuando hay algo de conversación y lo mismo sucede con otros miembros de la familia y con mis compañeros.

En la oscuridad de la celda, la soledad golpea doblemente. Es triste el no poder compartir mis ideas, pensamientos y tribulaciones con otros que están en la misma situación que yo. ¿Sabes lo que echo de menos? No poder dialogar acerca de un libro que acabo de leer. Parece algo insignificante, algo banal con tantas penas que trae la soledad, pero no lo es.

Hace años, yo disfrutaba mucho resolviendo problemas de matemáticas y leía cuanto libro podía conseguir sobre ese tema. De vez en cuando me encontraba a un prisionero que también lo había leído, y era motivo de regocijo para ambos, pero eso no ocurría con frecuencia. Ahora paso las horas pensando cómo se resolverán otros problemas: los de la violencia en las comunidades; la deserción escolar, la corrupción… Es difícil intercambiar ideas a través de las cartas, porque uno ansía reacciones inmediatas, el diálogo fecundo con los demás.

Toda mi vida disfruté de la lectura, del placer de leer a solas. Quizá por esa razón me resultó más fácil enfrentar los rigores del confinamiento, en especial eso que llaman solitaria. Con el tiempo me di cuenta de que la única manera de sobrevivir es mantenerse ocupado. Por supuesto que hubo y hay momentos de melancolía, que es la soledad que muerde. Pero rápido alejo esos nubarrones de mi mente y pienso en otra cosa. El simple hecho de que me dejen hacer una llamada breve, o mandar un correo electrónico, o recibir una visita, hacen de la prisión actual algo más llevadero que en aquellos años de aislamiento.

En cuanto a esa pregunta que me hiciste sobre mi futuro, te diré que en las noches, en esos baches de insomnio, miro al techo de la celda y medito en las cosas que quisiera hacer. El futuro para mí es algo impredecible, pero el miedo no es parte de un futuro fuera de este gulag. Ni siquiera me planteo si voy a sentirme cohibido, o si la realidad me será extraña, o si me encogeré frente a un mundo que me costará reconocer. Puerto Rico ha cambiado. El Chicago de mi adolescencia también. Esas noches en que me desvelo pensando en mis proyectos, me animo diciéndome que, al fin y al cabo, he sobrevivido 70 años y he caminado bajo la sombra de la muerte en muchas ocasiones.

Si un hombre ha podido sobrevivir a eso, ¿cómo le va a temer al aire de la libertad cuando le dé en el rostro?

En resistencia y lucha, tu agradecido abuelo,

Oscar López Rivera

Carta X: “La danza del recuerdo”

Querida Karina, Hace poco recordaba que el gran músico Andy Montañez tiene un cuadro que pinté hace tiempo y en el que están los dos, tú junto a él. A ambos los admiro por razones distintas. A ti, porque estudias con ahínco y te enorgulleces de pertenecer a donde perteneces.

A Andy, por motivos obvios, porque es una institución de la música de mi País y porque siempre ha sido fiel a sus principios, un artista que pone la valentía por delante.

¿Sabes por qué nunca he querido que la gente se refiera a mi “liberación”? Porque soy libre, Karina. Y la música ha contribuido mucho a esa libertad. Prefiero que se diga la “excarcelación” de Oscar. La libertad no la he perdido nunca.

Mis gustos por la música han sido siempre eclécticos, me gustan muchos géneros. Pero la música puertorriqueña me conmueve más que cualquier otra.

Empecé a bailar salsa hace muchos años, antes que se llamara salsa. La primera vez que Cortijo y su Combo fueron a Chicago, un primo mío me pidió que fuéramos a verlos. Y, por supuesto, fuimos, pero para ese entonces yo no sabía bailar. Sin embargo, como buen boricua, me atreví a sacar a una muchacha, que al fin y al cabo quedó decepcionada con mi poca aptitud. Luego de aquel bochorno, poco a poco me dediqué a aprender yo solo. Para la época en que decidí que iría a otro baile, la verdad que no era precisamente el bailarín con que sueña una mujer.

Más tarde empecé a frecuentar diferentes áreas de la ciudad donde los jóvenes puertorriqueños celebraban fiestas que en Puerto Rico llamarían “de marquesina”, pero para nosotros eran “de apartamento”.

A medida que se abrían algunos locales con música latina, me acercaba a ellos y creo que bailaba cada vez mejor. Cierta noche, conocí a una puertorriqueña a la que le encantaba bailar. La primera vez, mientras bailábamos, me preguntó si le podía dar pon hasta su casa. Le dije que lo haría encantado, aunque, tan pronto entramos al carro me advirtió que no esperara nada que no fuera una buena amistad.

Las cosas quedaban claras y ella agregó que esa amistad sería beneficiosa para mí. De hecho, lo fue. Era como cuatro pulgadas más alta que yo y siete años mayor. Me empezó a llevar a lugares donde todo el mundo la conocía como una excelente bailarina. Un domingo por la tarde, en uno de esos clubes, un puertorriqueño de mediana edad se nos quedó mirando y de pronto comentó que ella era demasiado para mí, como mujer y como pareja de baile. Me quedé preocupado, yo era un muchacho y pensé que aquel hombre me estaba invitando a pelear, pero ella se paró en medio de todos, puso los brazos en jarra y sacó una voz dura para decirle que yo, probablemente, era más hombre y mejor bailarín que él. Ahí terminó el incidente.

Recuerdo a esa mujer cuando oigo música, y me lamento de haber decepcionado a tantas muchachas bailando regular como bailaba; y de hacer pasar tantas malas noches a los vecinos cuando organizábamos bailes durante los fines de semana y nos amanecíamos haciendo ruido.

Bailé con la música de El Gran Combo, de Tito Puente, de Tito Rodríguez, de Eddie y Charlie Palmieri, de Joe Cuba, Tommy Olivencia, Pete “El Conde” Rodríguez, Ray Barreto y orquestas de salsa menos conocidas que iban surgiendo en Chicago.

Ya no tuve tiempo para bailar cuando empecé en la labor comunitaria y me uní a la lucha política. Pero aún tarareo las canciones de mi juventud y pienso que el baile también nos da una libertad, que es la de la memoria.

En resistencia y lucha, tu abuelo,

Oscar López Rivera

Carta XI: “Oración entre cuchillas”

Querida Karina,

¿Has leído sobre el caso de George Stinney, un niño de 14 años que murió en la silla eléctrica, acusado de haber cometido un crimen que al parecer no cometió? Fue la persona más joven a la que se le aplicó la pena de muerte en Estados Unidos. Ocurrió en en el año 1944, y ahora ha surgido un movimiento interesado en reabrir el caso.

A Stinney, que era delgado y bajito, hubo que calzarlo con un libro, porque no daba la talla para la silla eléctrica, que estaba construida para matar hombres. Eso me ha hecho recordar a un muchacho que conocí durante mis primeros tiempos en la prisión de Marion. Tenía dieciocho años y había sido convicto por asaltar un banco, a punta de cuchillo, para llevarse 265 dólares. Supe, por otros prisioneros, que arrastraba problemas familiares y que cuando cometió el delito, trataba de llamar la atención de su papá, que había abandonado el hogar. El juez le dio una sentencia mínima y ordenó que lo ingresaran en una institución para jóvenes descarriados. Y así fue. Pero al parecer tuvo varios encontronazos con los guardias penales, llegó a golpear a uno de ellos y pronto fue transferido a otra instalación sin ningún tipo de programas para rehabilitarlo.

Su situación fue de mal en peor, y volvió a enfrentarse al personal de la prisión, especialmente a un capitán puertorriqueño que, sabiendo ya que el muchacho venía de haber golpeado a otro guardia, le hizo la vida imposible.

Por último, dándolo por incorregible, lo trasladaron a Marion. Fue a parar a la misma unidad en que yo estaba, y un día que lo vi deprimido, le di papel y lápiz y me di cuenta de que era capaz de dibujar muy bien. Sólo había que tenerle paciencia y dejar que se expresara.

A pesar de eso, seguía dando muestras de desequilibrio. De vez en cuando me decía que el «dios» que hablaba en su cabeza lo mandaba a hacer esto o aquello. Yo sabía que algo andaba mal, pero lo animaba para que leyera, para que siguiera dibujando y se mantuviera calmado. No le daban ningún tipo de ayuda psicológica, ni lo medicaban.

Hasta que un día vino a decirme que «dios» le había ordenado que abandonara la prisión. Le pedí que no cometiera esa locura; que era bueno que rezara y leyera la biblia, pero que tenía que enfocarse en sus aspiraciones y en su talento para dibujar.

Al día siguiente, mientras estábamos en el patio, se formó un gran alboroto y vimos que el muchacho había tratado de brincar una verja. Lo hizo tan rápido que ni nosotros, ni siquiera el guardia de la torre de vigilancia más cercana se dio cuenta. Desde otra torre avisaron que había un hombre que intentaba fugarse, y todos alzamos la vista y pudimos divisarlo arriba, entre los alambres de cuchillas, arrodillado y con las manos juntas, como si estuviera rezando. Lo recuerdo y se me parte el alma. Noté que el uniforme que llevaba puesto poco a poco tomaba otro color, rojo de sangre.

Nos mandaron a desalojar el patio y entramos todos a las celdas. Sé que a los guardias les tomó como quince minutos alcanzar el lugar donde estaba el muchacho. Una hora después oí en la radio la noticia de que acababan de frustrar una evasión en Marion.

Nunca supe cómo terminó aquel joven. Uno de los guardias me contó que, cuando al fin pudieron bajarlo, todo su cuerpo estaba cubierto de heridas. ¿Por qué lo enviaron a una prisión como aquélla, con hombres mucho mayores que él, algunos de los cuales habían cometido crímenes horribles? El juez había recomendado que lo llevaran a un lugar donde pudieran ayudarlo, y, por el contrario, terminó en aquel duro agujero, más despiadado que cualquier gulag.

Por aquella época, cuando todavía estábamos impresionados por el episodio, sabiendo que en los periódicos lo comentaban, uno de los prisioneros se me acercó y me dijo que una cosa era leer y oír sobre la prisión de Marion, y otra muy distinta experimentar la realidad que estábamos viviendo.

Tú, Karina, ante toda realidad, mantente fuerte.

En resistencia y lucha, tu abuelo,

Oscar López Rivera

Carta XII: “Una ventana perfecta”

Querida Karina,

Raramente veo la televisión, pero el jueves 21 de noviembre, por pura intuición, me senté a ver los Grammy’s latinos junto con otros prisioneros.

Cuando Ricky Martin dijo  «¡Justicia y libertad para Oscar López!», me estremecí de emoción y gratitud. Ricky es un hombre valiente cuya voz es respetada. En ese mismo instante pensé en la caminata que tendría lugar el sábado 23, y en mi mente imaginé un extraordinario evento. Sin saber a ciencia cierta todo el trabajo que se estaba haciendo, presentí que muchos se unirían.

Llegado el sábado, cuando pude llamar a tu mamá, ella me dijo cuán asombroso empezaba a ser todo. La marcha aún no había salido, y esperé un rato para volverla a llamar. Los minutos se me hacían eternos. Quería reservar el poco tiempo que puedo hablar por teléfono, a fin de que la actividad estuviera en todo su apogeo cuando volviera a llamar.

Y lo logré. Cuando me volví a comunicar con Clarisa, pude oír la música y las consignas de los manifestantes. Querría explicarte la conmoción que envuelve a una persona que está encarcelada, cuando se da cuenta de que miles de hombres y mujeres, bajo el sol y el cielo y el aire de las calles, se unen para pedir que se abran los barrotes y vayas a reunirte con ellos. Es una felicidad, y a la vez una pena indescriptibles. Hace falta ese apoyo, el calor inmediato de la gente, te dan ganas de abrazarlos a todos, y te afliges porque te das cuenta de que no puedes hacerlo.

Más tarde, hablé con Jan Susler, que estaba en la caminata y a través de su celular pude saludar a varias personas que marchaban con ella. A unos los conocía de antes; a otros no, pero de cualquier forma me emocionó establecer ese contacto con tanta gente que estaba sacrificando la tarde del sábado para pedir mi excarcelación.

El entusiasmo era contagioso. Conversé con los congresistas Nydia Velázquez y Luis Gutiérrez. Ambos me llenaron de ánimo y prometieron venir a visitarme. ¿Cómo les puedo agradecer su gesto, las peticiones que han hecho en favor de mi excarcelación?

Oyendo esas voces, comprendí que la palabra es una ventana perfecta para contemplar el mundo exterior. Gracias a la palabra, a todo lo que me contaban, logré apreciar con ojos propios la maravilla del espectáculo que celebraron.

En verdad pienso que ese evento ha validado todos los demás esfuerzos llevados a cabo durante este año para tratar de sacarme de prisión. Es también un grandioso ejemplo de lo que es el alma puertorriqueña, su bondad y su nobleza.

Me enorgullece saber que miles de personas olvidaron sus diferencias políticas, cruzaron líneas ideológicas y credos religiosos, y se congregaron por encima de distancias generacionales: jóvenes con viejos. Al ver las fotos, me recordó un gigantesco «quilt», una de esas colchas confeccionadas con diferentes trozos de tela, pero que sirven para una misma cosa: abrigar al ser humano. Yo me sentí abrigado.

Pude ver a los 32 Niños x Oscar y a los alumnos de la escuela Montessori en la Playa del Escambrón. Y pude ver, también, a las 32 Mujeres, vestidas con sus coloridas ropas, pidiendo mi regreso a casa.

Adiviné las caras, incluso aquellas que no he visto nunca. Ha sido una gran lección para mí entender cuán creativo y laborioso puede ser mi pueblo cuando se lo propone.

Me divertí como un niño viendo a las mariposas Monarca creadas por las manos de artistas puertorriqueños. Fíjate, Karina, que esas mariposas viajan miles de kilometros desde Canadá y Minnesota para refugiarse en los bosques de oyamel, una especie de abeto que hay en México. Esta vez, las mariposas volaron en dirección distinta, viniendo desde Puerto Rico a mí, hasta esta cárcel y a la ventana de mi imaginación.

Toda esa marcha, desde principio a fin; todo ese pueblo que clamaba libertad y justicia, ha llenado de esperanza mi pobre y limitada vida. Demuestra también el coraje de mucha gente para pensar de forma diferente, y significa, por último, que hasta el más pequeño de los niños es capaz de participar en la búsqueda de una vida mejor, dirigida a descolonizar el País y descolonizar de paso nuestras propias mentes.

Tendré por siempre en mi memoria, hasta el día en que muera, el recuerdo del 23 de noviembre y la caminata que me dedicaron.

En resistencia y lucha, tu abuelo, su conmovido corazón,

Oscar López Rivera

4 comments

  1. Saludos Compañeros,
    Tenemos que trabajar juntos para descolonizar a Puerto Rico y excarcelar a Oscar López Rivera. ¡Únete a 2 protestas pacíficas hasta descolonizar a Puerto Rico!
    El sábado, 23 de noviembre de 2013 en Puerto Rico, habrá una gran marcha pacífica para la excarcelación de nuestro patriota y preso político Oscar López Rivera. Para más información, oprima el enlace abajo.
    Un abrazo,
    José
    http://www.TodosUnidosDescolonizarPR.blogspot.com

    1. Es demasiado fuerte, demasiado doloroso como para que no acabe. López es un símbolo de resistencia, de la alegría que no se deja doblegar. En el segundo número de la revista Blogosfera Cuba hicimos una entrevista a René en la que lo tuve presente por algo sobre la alegría que dice René, y que me recordó muchísimo a Oscar López Rivera. Un beso grande,
      R

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