Raíces
Había una vez un muchachito que a los cinco años aprendió a leer y escribir de la mano de su hermana. Cómo es lógico algunos pensaron que sería un temprano genio a lo Lord Byron o Rimbaud, sin embargo el muchachito los decepcionó: en lugar de sumergirse en la literatura prefirió jugar bolas y subirse en los árboles para coger frutas. Con el paso de los años la sed de lectura del niño fue creciendo, y por sus manos pasaron (un tanto prematuramente) libros como la Biblia, El Señor de las moscas o Hércules y yo.
Por suerte para él descubrió el mundo de las aventuras y se dedicó a devorar cuanta palabra hubiese escrito Verne, Salgari o Dumas. Así encauzó su afán por caminos menos turbios, aunque esto no impidió que en su adolescencia se colaran El reino de este mundo, Los miserables, El proceso y algún que otro “raro”.
Un buen día se descubrió intentando hilvanar versos, por lo que supuso que su camino era el de la poesía. Y allí comenzó el verdadero festín: Vallejo, Martí, Neruda, Bennedetti, Parra, Lorca empezaron a llenar espacios nunca antes motivados. Muy ufano de sus lecturas, andaba el muchacho por este mundo hasta un día en que tropezó con unos poemas muy juguetones, firmados por un tal Luis Rogelio Nogueras, y otros cargados de la indescriptible magia de lo cotidiano, de Roberto Fernández Retamar en este caso.
Fue ese mágico encuentro el que le redescubrió, a muchos niveles, la poesía. En nuestra lengua le reveló el mundo de la tradición, desde Góngora hasta Borges, (pasando por San Juan de la Cruz por supuesto), la riqueza prácticamente ilimitada de la expresividad del español. De Cuba lo acercó a la poesía de unos pocos llamados origenistas, que, cual raíces de potentes árboles, llevaron silenciosamente a cabo la revolución literaria más importante de la historia nacional. Del resto del mundo conoció a sus ídolos foráneos: Baudelaire, Rilke, Basho, Withman, Pound…
El tiempo ha ido pasando y el muchacho, que ya es un joven, continúa leyendo desesperadamente como hace desde los cinco años. Matriculó en periodismo convencido de que era la carrera ideal para desarrollar sus dotes no explotadas de escritor, aunque ahora no está muy seguro de ello. De sus dotes quiero decir. Escribe poemas imitando todos los estilos con la esperanza de descubrirse en uno de ellos. Y aunque no haya ganado el premio David o Calendario se consuela pensando que en estos tiempos el ser humano madura más tarde y sin lugar a dudas, en el siglo XXI Rimbaud hubiera pospuesto sus andanzas por África y no sería un enfant terrible de catorce de años.
