Sueños y pesadillas, reflexiones sobre una gala de Cultura
Aquí iré poniendo las opiniones surgidas a raíz de la gala de Cultura de FCOM en el 2012. Intentaré ir a contrapelo de la cronología tradicional de estas páginas y la actualizaré como los post, es decir, lo más nuevo primero, lo antiguo hacia abajo. Sirva esta página de espacio de reflexión sobre nosotros mismos.
Del sopor de la tarde y otros sopores (Monólogo interior frente a un perro rosado) (Mabel Machado)
Un perro rosado me saca del sopor de la tarde. Lo veo pasar empinando el culito, dar la vuelta a la mata de aguacates del patio e impulsarse con sus patas flacuchas para bajar la escalera. Me mira. El perro me mira porque sabe que intento adivinar si es hembra, transexual o gay; porque sabe que no puedo imaginarme de dónde ha salido y qué viene a hacer al Festival de Cultura. Quiere hablarme. El perro habla. “No soy perra, soy `bitch´, la fan número uno de Lady Gaga”. Pero la Gaga no está, lo siento, no le ha tocado quitarse los guantes ni enseñar sus piernas largas este año. La echamos de menos. Ella era lo más kitsch que teníamos, era el naipe bajo la manga que guardábamos para los que nos incriminaban de elitistas, para los militantes antihomofobia, para los amantes del cabaret. A fin de cuentas un espectáculo que se diga espectáculo tenía que tener de todo. A fin de cuentas la Facultad tenía que ser el lugar en que cupiésemos todos.
Ahora somos muchos. Y no cabemos juntos en el edificio de Bohemia. Y no sabemos si este es de cuarto o aquella de segundo. Y nos encontramos en Facebook con más asiduidad que en los pasillos. Y no tenemos socios de balcón, ni de cafetería, ni de laboratorio. Nos vemos y nos vamos. El grupo se disuelve cuando toca el timbre, y con suerte, dos o tres nos hacemos compañía en el P2 hasta la beca. Tal vez volvamos a reunirnos fuera de clases al final del semestre si a algún entusiasta se le ocurre prestar su casa para armar una fiesta. La verdad es que ya no hacemos fiestas, sino “partys”, con luces de colores, espuma, swiming pool y Vj toda la noche. Es más VIP que irse hasta Alamar a la casa del entusiasta. Los entusiastas, por norma, siempre viven lejos. Siempre están inventando algo: un proyecto comunitario, un periódico, una exposición de fotografías, una competencia culinaria… los delirios y las cabriolas más inimaginables para mantener el puesto líder en la puja por la Copa de Cultura.
Después de todo, terminan solos. Los amigos no pueden seguirle la rima porque se cansan de llenar planillas y de quedarse luego de las seis para los ensayos. Lo más común es que el entusiasta tipo encuentre algunos aliados con los cuales echar pa´lante la empresa, y que acabado el Festival los pierda de vista por completo. Los aliados son, generalmente, un par de entusiastas más, tres o cuatro excéntricos, el presidente de la FEU de turno y otros dos jefes de algo, el equipo que maneja los artefactos de video y la que resuelve la materia prima para la escenografía. Entusiasta y compañía organizan el Festival y cruzan los dedos para que empiece en tiempo, para que no falte nadie, para que no haya un perdí`o en la danza, para que no se apague el proyector por el calor, para que no se le vaya un gallo al cantante improvisado, para que salga bien y no nos tumben puntos la gente del jurado.
Ocurre, por desgracia, que en el espectáculo no sale bien. Y la culpa es del entusiasta y compañía. Los tipos no tienen ni la más mínima idea de lo que nos gusta, no han visto nunca un DVD de Broadway, no van ni siquiera a las galas de los Lucas. Los tipos pagarán poniendo la espalda para recibir los reproches del público; y pagarán con el desánimo inevitable que sucede a la autoflagelación de conciencia. Nadie, o casi nadie, volverá a hablar de ellos hasta el próximo curso.
Este año los culpables perdieron de vista que el Festival se hacía largo, que la escenografía se quedaba chata al incrustarse en el fondo, que los conductores quedarían en ridículo con un guion tan hueco, que los bailarines no debieron faltar a los ensayos y que dos o más cantantes no habrían logrado afinar ni siquiera en la ducha de su casa. Los culpables, sin embargo, lograron que el espectáculo se pareciera a los muchachos de ahora, los que olvidaron a Felo, los que ya no entienden los poemas de Mufasa ni los chistes empolvados de Score, los que no vieron actuar al profe Jesús en el Brecht cuando el Brecht era un teatro viejo, los que no se reirían nunca con los cuentos mordaces de los Cuatro Gatos, los que no han escuchado el poema de La Cosa, los que no conocieron el peligro de perder la Copa.
Por la fidelidad con que nos calcaron, el Festival puede compararse con una de las “partys” de la universidad a las que vamos los fines de semana: desfile de modas, karaoke, video clips, animadores y disfraces a lo Halloween. El tema, “so sweet”, no podía quedarle mejor a tantos locos desahuciados y ojerosos, vampiros y lobos asechadores de ninfas lindas vestidas de princesas. Es la generación Y-Z, la de los hijos de Harry Potter y los maestros emergentes, la de los atomizados y sin compromiso, la que no tiene pena de bailar reguetón, la que lo enseña todo y lo dice todo sin permiso y sin pacatería. Los espectáculos, por supuesto, son mejores si se parecen a High School Musical, no importa si se combinan tangos con rancheras y si hay dos o tres que no se aprenden la coreografía. Lo importante es que haya glitter, humo, atmósfera, música disco y mucha gente. Lo importante es que el perro rosado que me ha sacado del sopor de esta tarde no perciba la ausencia de Gaga y se divierta con lo que ha hecho un grupo minúsculo por todos los otros.
Nadie se ha puesto a pensar mucho más allá de eso. Nadie ha reparado en que el Festival se llama Festival de Artistas Aficionados y que debe buscarse el arte por algún sitio. Nadie ha notado que vivimos en Cuba y no en Los Ángeles y que cualquier imitación efectista corre el riesgo de caer en lo grotesco. Nadie ha sentido que falta lo cubano de la cultura (que no por fuerza debe andar de guayabera y sombrero). Nadie ha percibido la ausencia del doble sentido… Nadie. O quizá los culpables… y los que prefieren a Borges en lugar de Twilight… y los empedernidos nostálgicos.
Nota: Los nostálgicos también fuimos culpables hace algún tiempo. Cuando todavía el reguetón era pecado, el mismo jurado que evaluó este Festival 2012, nos “castigó” por permitir que el grupo de baile de la Facultad montara una coreografía con el tema “Rompe”, de Dady Yankee, y que las muchachas se aparecieran en motos y minishorts en el escenario del Riviera.
De una tradición de la copa de cultura en FCOM, o como mi nostalgia trae a coalición las cosas (Fidel Alejandro Rodríguez)
No tengo mucho tiempo pero no quería dejar de decir algo sobre el Festival. No quiero hablar de la gala, que vivimos todos el otro día y ya sabemos lo que sucedió (aunque para ser franco, he escuchado disímiles opiniones, y eso que no estoy en la escuela). Quiero hablar de algo que me dijo una amiga después de que todo pasó cuando unos pocos, de forma inusual, nos fuimos a divagar por 23 hasta llegar a G, contando lo que había sido el Festival para cada uno.
“El problema es que no se veía por ninguna parte la tradición de la Facultad, la tradición de la Copa de Cultura”, me dice mi amiga, ya irritada, y yo, que desde que Pedro y Rodolfo me pidieron pocas horas antes de la gala del año 2009 que les montara el audio de la presentación, me la he pasado toda la carrera tratando de incorporarme a esa tradición, me pregunté de nuevo si teníamos como pronunciar aquello por lo cual nos desvivimos tanto tiempo, si teníamos compartirlo o defenderlo, si no a base de reclamos de un mejor espectáculo o la llegada de una copa que solo dura una noche en las manos de todos; si teníamos el derecho de imponerle a una nueva generación esa búsqueda imprecisa y bastante personal, y además, exigirles que se apegaran a ella.
Es una sensación desagradable. Sobre todo si te das cuenta, de momento, de lo efímero e insignificante que puede ser, cómo lo ha sido para muchos por generaciones consecutivas, la necia devoción que parece haber contagiado por años y años a decenas de estudiantes de la facultad con ese propósito: convertirnos en la Facultad de la Cultura en la UH, con ese leve totalitarismo.
Tuve la suerte de vivir con esas personas que cuadraban todo el cronograma anual de sus tesis para estar libres una semana antes de la gala y ayudar, con manos y cabeza; que dejaban atrás la idea de que tenían que crecer (¿!!?) y vivir otra cosa, para ir a discutir por horas enteras sobre si está u otra bobería era la idea correcta a ser representada; que dejaban una familia colgando de su ausencia para amarrar con “escortey” ( según Anabel, no está bien visto decir scocht) un aparatejo olvidado en la basura; que dejaron a un lado la responsabilidad de invertir ese tiempo en buscar un trabajo para ayudar en su casa; que obviamente pensaban que todo aquello era lo más importante de su vidas y que de alguna manera establecerían un legado. Eso sin decir, lo que costaba ostentar algún promedio académico.
Si a veces fue solo por hacerlo, por hacerlo bien, o por intentar satisfacer lo mejor de la burocracia estadística que nos daría el primer lugar, a veces se colaba un raro aire que le daba sentido a todo. Algunos nos creíamos que así, estando juntos, se articulaba una comunidad. Una comunidad desde la que se defendían cosas, cosas inentendibles, incoherente balbuceos sobre lo que significaba ser universitario, en Cuba, en FCOM. Todo eso, supuestamente comprimido en una cancioncita o un videíto de cuestionable factura.
De alguna manera eso nos hacía sentir importantes, valiosos no solo para nuestra risa o disfrute. Aunque al final solo fuera para eso, y aquellas grandes sensaciones, que hoy me parecen ilusiones vírgenes, eran imprescindibles para impulsar aquellos empeños, para sentirnos dueños perpetuos de la transitoria y poco exclusiva (por suerte) condición de universitarios.
También era una Facultad distinta (supongo que aquí se note más el tiempo verbal en pasado ridículo en que he escrito esto, pero sería bueno que se note también la temible velocidad con que cambian muchas cosas). Con los que trabajé, les había conocido antes en más de un debate mensual sobre cualquier lugar físico o sociocultural de Cuba, o sobre nuestro propio espacio, dónde parecía que iba explotar todo el universo de nuevo y no pasaba nada.
Me sorprendí porque no eran los que iban a tratar de sanjar cualquier grieta de la realidad nacional en una pregunta y después de hacer arder las masas embravecidas, salían ovacionados y con leyendas perpetuas; sino otros, que escuchaban un poquito más de lo que decían (No voy negar que aprendí mucho también queriendo contradecir las elocuencias de esos personajes irónicos, aislados, tan cultivadamente cínicos y geniales que florecen en nuestra facultad).
En esa facultad la amenaza de la desaparición de la carrera era un fantasma olvidado. Teníamos la certeza vana de que nuestra responsabilidad política y cultural, tenían tintes históricos, en este tono de tribuna abierta. En efecto, una tribuna, más abierta que las habituales, pero en el lugar que debía serlo para que por fin el sentido alcanzara las cosas, le sirvió de excusa a unos olvidables incoherentes para dejar un hálito de tensión y temor impregnado en la vida universitaria.
Quizá ahí fue que muchos nos acostumbramos a hablar con tanta sutilidad de las cosas, porque nos decidimos a cerrar filas alrededor de la supervivencia y dejamos nuestros esfuerzos en cosas más perdurables. El muro que rinde culto a la rebeldía universitaria contra la dominación de cualquier sistema, quedó allí en el patio de G para que alguien lo descifre en el tiempo, después de muchos esfuerzos para que fuera posible, en uno de nuestros años más turbulentos. Aún y cuándo los diseñadores que lo hicieron no dejaron a nadie tocar nada, porque ellos eran los que sabían.
En la facultad de G teníamos también otras facilidades. La conexión del pasillo y el patio eran un punto de encuentro y discusión inevitable. Las ideas en alta voz que intentaban diseñar las actividades culturales del año entero, en el pasillo o el portal, difícilmente podían conservarse como cerradas o exclusivas. Casi todo era inevitablemente público, cuestionable. Por el pasaje de la oficina de la dirección, a través de la puerta abierta a veces llegaba el destello de las Copas.
Recuerdo que en el año 2010 descubrimos, en un movimiento de espionaje sexual, que la Facultad de Derecho, dos días antes de la gala, tenía el mismo tema que nosotros e impresionantes similaridades en su guión. La estrategia de respuesta debía ser desarrollada en secreto, para que pudiera ser un éxito. Mentira. Se reunió un montón de gente en la escalera y rápido apareció la respuesta.
No tan rápido fue la reunión que ese mismo año agrupó a más de 50 personas durante horas de la noche en el teatro, para tratar de definir cuál era el tema de la gala. De esa reunión y del genio de Rafa, han salido más o menos todos los temas de los últimos tres años. Como esa, hubo una decena durante todos los años, en las cuales se decidía que se iba a hacer a cada paso, a cada mes, aunque muchas veces no se hiciera nada. Por esa coherencia compartida, ese saber articulado e implícito, a nadie le resultó raro que en el 2011, en el bache habitual del espectáculo, Rodolfo se subía a taparlo oportunamente, sin parecer que rompía con algo.
Aun así, muchas veces nos sentimos solos y con mucho peso arriba. Cuando nos mudamos para Bohemia, hicimos un truco contra la ausencia del pasillo y con el único lugar disponible para trabajar. La escenografía se hizo sobre el portal de Bohemia, para que todo el que pasara se diera cuenta que había mucho trabajo y que hacía falta ayuda.
Confirmamos entonces lo que sabíamos desde el año anterior. Esporádicamente uno que otro se sumó, y aportó lo suyo, pero el grupo de amigos que se nucleaba , en los últimos 2 años, alrededor del actual 4to 2 de periodismo, tuvo que llevar el peso de todo (como antes otros grupos) y además, satisfacer las expectativas de los que querían un buen espectáculo y la Copa, como si el resto del año no hubiera pasado nada. (El Festival G506, el de noviembre del 2010, creo que a muchos se nos quedó en la memoria.)
En ese proceso permanente de ilusiones y desilusiones inatrapables (políticas, académicas y culturales; más o menos todo, cómo que unas bandejas de comedor de beca plantadas en la Plaza Cadenas cambiarían el elitismo más increíble del mundo), en ese hacer compartido, donde la cultura apenas tenía que ver con disquisiciones artísticas, está para mí, la tradición de cultura en FCOM.
Porque cuando todo el mundo espera la gala y evalúa sin el menor recelo su grado mayor o menor de entretenimiento, quedan ocultas estas pequeñas historias que constituyen, a lo largo del trabajo de un año en muchos frentes, a mi entender, una de las experiencias más valiosas con las que se forman los estudiantes de comunicación de la Universidad de la Habana.
Yo me cogí de siempre, no hay otro término, la responsabilidad de expresar ese proceso en videos que trataban de imaginarlo todo a duras penas. Lo hacíamos en ese lugar que parecía la casa más popular del barrio, donde todo el mundo llegaba para compartir algo, el Cuartico. Tuve la suerte de trabajar ahí, gracias al empeño de algunas profes, y en la medida de lo posible, puse ese privilegio en función de eso y de invitar a otros a hacerlo.
Hoy allí hay otros esfuerzos y habilidades, probablemente mejores, pero me encantaría ver más estudiantes queriendo soñar con la idea de agrupar talentos y autorías colectivas, no individuales, alrededor de las historias (Audiovisuales o no) de nuestro centro. (Sumándose al esfuerzo de muchos profes que se quedaron con eso colgando en el cuerpo, desde sus tiempos en el Festival de Cultura).
A mí me pareció ver a mucha gente en la última gala padeciendo de ese contagio, con ese peso encima. Los conocí y los ví sudar en función de eso. Lamentablemente, algunos trabajaban por primera vez juntos, minutos antes del ensayo. Lamentablemente, también ví la caja de videos a concurso, que solía estar llena hasta que no alcanzaban las memorias, vacía como si nadie hubiera tenido tiempo de compartir su trabajo, como si nadie se molestara en crear videos interesantes en FCOM. Tampoco me gustó ver representada una facultad distinta en los videos de la gala, pero me los disfruté muchísimo, pensando que lo suyo, en algún momento se podrá transformar en lo nuestro (y no sería la primera vez que mi socio Max lo logra).
No puedo dejar a un lado la responsabilidad de la generación anterior, que desde la otra facultad donde dábamos clases, no pudimos organizar lo suficiente nuestras vidas y nuestras tesis para dedicarles más tiempo a eso que tanto nos aportó a nosotros. Al menos eso me parecía leer entre nuestras caras en el Coppelia, un rato después del salir del penoso (pero ya casi glorioso) teatro de Psicología.
El resultado del show, ganar o perder la copa, al menos a mí me gustaría que solo sirviera, para llenar con más fuerza ese impulso. Ojalá gozara de tanta colectividad y popularidad como las fiestas que vienen a continuación.
Con más sueños que pesadillas (Max Barbosa Miranda)
No pretendo hacer una declaración de principios y menos aún salvar lo insalvable: la gala del Festival de Cultura de este año no fue, quizás, lo que muchos esperaban. Pero eso es más que obvio si nos sentamos como simples espectadores de lo que OTROS hicieron, o más bien, nos sumamos al facilismo hipercrítico de los que desde afuera ven ¿más?
Tampoco me complace que NUESTRA gala –y lo pongo así porque, amén de mis escasos dos años en la facultad, es como la siento– no haya sido digna de las semanas en vela; de las carreras y desmanes que sufrió José Ernesto, y no solo él, que pocos conocen; de las horas de ensayo; los turnos perdidos y las notas bajas; y los insultos al borde del síncope en pleno teatro por lo que no salió.
Pero para tener la moral de alzar el dedo estuve allí, haciendo como MUCHOS, durante largas jornadas de preparación. Allí, donde era derecho estar de todo el que “soltó sus bultos para ayudar” y, para los que tenemos algún sentido de pertenencia, una obligación. Allí, sin que nadie tuviera que tocar a la puerta del aula para hacer por un Festival que es de TODOS.
Tampoco concordaba mucho con parte de la estética de algunas ideas que se manejaron desde antes de la gala, tal vez porque mi tardía entrada a la universidad me acerque más a los de quinto que a los de segundo. Tampoco me gustaron algunos números que, es cierto, carecían de la calidad para presentarse. También sufrí –corriendo escaleras abajo– los caprichos de la técnica cuando dejó de funcionar y de quienes, en ocasiones, no supieron (supimos, si me incluyo) preparar todo como salido de una sola cabeza.
Quizás por ello quise luego esperar las opiniones de quienes se me acercaron para decirme “el Festival fue una mierda”, o aquellos que sin falsos halagos dijeron: “tuvo sus cosas, pero me gustó”, antes de sacar conclusiones propias, críticas y distanciadas en el afecto.
Ahora bien, si es cierto que la inexperiencia condujo a los descalabros, la colaboración de quienes miran por encima del hombro, y se regodean llamándose a sí mismos “Los del año ¿superior?”, no estuvo NUNCA. Y no hablo de excepciones como Fidel Alejandro –y otras poquísimos–, que desde temprano estuvo allí, guiando, diciendo cómo, aportando experiencia pegado a la mesa de trabajo, incluso cuando el video sin audio amenazaba con echarlo todo abajo; sino de esos que –como añadí a los agradecimientos– “siguieron de largo sin preguntar siquiera”. De esos que rezaron para que las cosas fueran mal y sólo se sentaron en la luneta, cruzando los dedos para que alguien se virase un tobillo o se le fuera un gallo. De esos que ni siquiera para opinar sobre lo censurable estuvieron porque “estaban muy ocupados para ayudar con el Festival”.
¿Acaso se les acabó el sentirse feconianos por cursar un cuarto o quinto año? ¿Acaso no se involucraron por puro repudio a la música pop?; o es que como no se hicieron las cosas a su modo ¿había que demostrarles a los “años inferiores” su equivoco y hacerlos pagar por ello?
No, es que “desde afuera se ve más bonito” y que quien no toca con sus propias manos puede después lavárselas como el tal Poncio.
No se trata de falta de integración entre los años, no lo creo. Asuntos similares hemos debatido miles de veces con la integración entre las tres carreras –y que sin dudas es un mérito de la “malograda” gala– y siguen allí, recalentándose como la prometida pintura de las paredes de Bohemia que no acaba de llegar.
A mi juicio es un problema de egos sobreelevados, egoísmos extremistas, y excesivo “grupusculismo” arraigado (permítanme la licencia).
Creo que más que si un año u otro carga con el mayor peso en la preparación o en los errores del Festival, deberíamos sentirnos muy bien por que la gente que a veces no se ve en el pasillo de la facu se sienta motivada a pararse en un escenario; por que “a pesar de los pesares”, la mayoría del público se mantuviera en sus asientos hasta el final de las tres horas, en verdad, extenuantes –sufriendo o divirtiéndose, pero ahí–; sentirnos bien por los que, mejor o peor, no se negaron jamás si había que ESTAR por FCOM.
Y deberíamos estar muy preocupados por la poca participación de los de primero, por no explotar más el talento de quienes teniéndolo, aún no se animan o los que intentan boicotear esfuerzo ajenos; y por el no estar, desde ahora, buscando puntos fuertes para que el próximo año –y por qué no este también, que aún no se acaba– podamos complacer nuestro orgullo/egoísmo de no compartir la Copa, en vez de despedazarnos en casa.
Sin título (Luis Antonio “Tony” Gómez Pérez)
A mí tampoco me gustó la gala. Igual que tú, Rafa, quise que el calor me evaporase y hasta comenté contigo varias veces que no veía la hora en que llegara el final por las razones que das como la calidad de algunos números y el guión, por recordar algunas. Pero, en mi opinión, la gala también tuvo elementos positivos (por favor, que nadie me tome por apagafuegos y menos tú, Rafa, que me conoces desde hace unos cuantos festivales).
El primero de ellos fue la integración apreciable entre las tres carreras de la facultad. No sé cómo habrá sido en los tiempos de las 6 victorias en línea, pero en las 5 galas de Fcom que he visto (estuve como invitado en la “gala protesta” cuando aún era un “podrío”) nunca había apreciado tanta participación de los estudiantes de CI. Eso es algo que, aunque evidentemente no compite, constituye motivo para alegrarse un poco, al menos para mí.
Lo segundo que puedo referir como positivo es que, a pesar de que disfruté de lo lindo en la gala del año pasado, solo clasificaron dos números para el Festival de Universidad: la coreografía de las chicas del actual 5CS con Hansell y compañía y la danza de Luisa. Por el contrario, en esta gala que NO ME GUSTÓ, lo repito, el jurado determinó que pasarían a nivel de UH cuatro números de canto y dos danzas para un total de seis. Creo que somos de las facultades que más números tenemos en el Festival UH de música y danza que son, en definitiva, las manifestaciones que compiten dentro de la gala. Lo que intento decir es que las estadísticas insinúan que este año hubo números mejores, solo que el desbalance con los restantes fue más que notable.
Por lo demás, está claro que no vamos a ganar ni en Espectáculo ni en Escenografía y, aunque en otros años tampoco hemos ganado, que quede claro, esa es “la cara” que se muestra en público, por la cual cientos de estudiantes de Fcom se someten al calor y el hacinamiento en el teatro de Psicología y, por tanto, lo que mejor debe quedar. Verdaderamente, las profundas carencias del guión eliminaron cualquier posibilidad de pasar una tarde entretenida.
En cuanto a lo otro que mencionas en tu comentario del blog sobre las diferencias entre los años (cosa sobre la cual hemos hablado bastante), creo que en una ocasión tú y yo (y Albita, y Nelson, y Darío…) coincidimos en que no era acertado decir que una de las manera era superior a la otra y que no por incompatibles tendrían que significar un divorcio. Siento que primer año, segundo y tercero aún tienen muchas cosas que hacer por Fcom y si bien los de cuarto y quinto las haríamos de forma distinta, mi hermano, la ley natural indica que es a ellos a quienes les toca seguir tirando del carro.
La pesadilla del Festival de Cultura (Rafael Alejandro González Escalona)
Dolor, dolor infinito deberían ser las únicas palabras que describieran lo que pretendió ser la más reciente gala de la Facultad de Comunicación.
Llegué temprano a la Facultad de Psicología. Leonardo, el muchacho nuevo de mi aula, se arrimó a mi lado y con cierto orgullo le comenté que las galas de la FCOM eran de las mejores que se realizaban en el Festival de Cultura de la Universidad de La Habana, que el teatro siempre se llenaba y a veces hasta para los propios estudiantes de la Facultad era difícil entrar. Recién llegado de Camagüey, Leonardo no conoce mucho de las historias entrelazadas de la Facultad de Comunicación y la Copa de Cultura. No sabe de los primeros años invictos, de la derrota del 2006, del despojo del 2007, de la actitud orgullosa e inmadura del 2008 -cuando la Facultad decidió no participar en la Copa y realizó su festival al margen de la competición-; no sabe del glorioso retorno en el 2009 de la Copa a su hábitat natural, la oficina de Julio el Dequi. Sí ha escuchado que somos buenos en esto de la Cultura, y para comprobarlo ha llegado bajo un demoledor sol a los predios de San Rafael y Mazón.
Cuando vio a sus estrenados compañeros menearse sin objetivo, amparados en una escenografía infantil, él me miró intrigado; yo, que en ese preciso momento recordaba mis críticas a las galas de FLEX, me hundí un pelín avergonzado en la silla. Leonardo decidió darle un voto de confianza al espectáculo y esperó, espero pacientemente, esperó durante tres agobiantes horas a que aquel maratón de números inconexos lo llevara a alguna parte. De tanto en tanto, me miraba con cara de estafado. Y no sin razón.
Los malos desempeños pululaban interminables, y en los fugaces momentos en que se podía intuir una buena actuación, los problemas técnicos la malograban. Así tuvimos sobredosis de terribles cantantes, experimentos originales pero fallidos, bailes insufribles y chistes de escaso o ningún brillo.
Leonardo parecía perder las esperanzas y yo intentaba disolverme en mi asiento. Una menuda estudiante apareció en el escenario y en un par minutos atrajo la agotada y distraída atención de los asistentes al teatro, logrando sorprendernos a todos y ponernos a aplaudir rabiosamente. El monólogo de Ana Carla (sí, ese es el nombre de la heroína) fue un auténtico manantial en pleno desierto creativo al punto que un entrañable profesor, sentado en una butaca cercana, me dijo entre admirado y gozoso “ponle un punto por juego salvado”. Para mí, que la observé en un reciente viaje al Turquino y la había catalogado de muchacha-de-espejuelos-muda-interesantemente-apartada-del-resto, fue un verdadero y alegre descubrimiento su proyección escénica, su capacidad de adueñarse del público y mantenerlo atentísimo por diez minutos. Espero ver mucho más de ella en los próximos años; quizás, con su ayuda finalmente podamos Javier y yo concretar ese viejo sueño de montar un show de Les Luthiers en nuestra facu.
Por lo demás, tristezas. Sobre todos los tropiezos y desvíos, flotaba el problema de fondo, la ausencia de un guión sólido, coherente e intencionado, que lograra hacer confluir de manera más o menos creativas las propuestas de la tarde.
Nota para los organizadores: creo firmemente en el movimiento de los artistas aficionados, gracias a él he malogrado canciones en mi guitarra frente a cientos de personas, pero la existencia de una comisión censuradora es esencial para afrontar eventos de este tipo, que están regidos por un elemental sentido del entretenimiento. Y un espectáculo de tres horas, es varias cosas, pero no entretenido. El trabajo de una comisión censuradora no solo sirve para eliminar números francamente débiles, también perfila y ajusta las actuaciones seleccionadas en función del guión que debe regir como mapa indispensable cualquier espectáculo.
Tal vez sea que me estoy poniendo viejo, y son nuevas maneras e historias que contar. No tengo nada en contra de las coreografías pop ni los desfiles de moda siempre que SIGNIFIQUEN algo, que adquieran sentido en un contexto, que sean en definitiva, cultura.
Desde que llegué a la casona de G 506, este fue el primer año que no participé en un festival de Cultura. Debo confesar que no me arrepiento en lo más mínimo. Al volver a la facultad, encontré un sugerente mensaje en el mural:
De 6-11 p.m.
Centro Vasco
Celebrando el Festival
Entonces, entonces entendí ciertas cosas.


paso rápido, te leo antes de terminar mi día…algunas veces no me da tiempo a comentarte porque me llevo el post para leerlo más tranquila en mi casa….pero te sigo, eh??? un abrazo, Rafa..