4.30 pm Esto parece (tiene que ser) un chiste. En mis ojos se empezaba a delinear inevitable la desesperanza de una hora de espera cuando apareció en la esquina de J, mitad espejismo, mitad premonición, el segundo P-1. Lentamente, majestuosamente, el infernal carro dobló en la céntrica calle. Los náufragos que éramos entonces, disminuidos tras 50 minutos de bombardeo de un sol vulgar, empezamos a movernos con sigilo, calculando las miles de posibilidades en las que se puede manifestar la parada de una guagua.