Alexis: Te lo confieso; me sorprendió el destino de Enildo Niebla. Me pilló desprevenido a pesar de ese título tan significativo, que parecía decidir su suerte de antemano, como si no hiciera falta abrir el libro para conocer el final. Debí sospechar de un apellido tan difuso, pero no, baje la guardia entretenido como estaba con los torneos conquista-muchachas y los paseos por la finca Vigía y no me percaté del hálito mortuorio de ese apellido.
Nunca me quedó claro como volvieron a la balsa (ahí está quizás el único punto débil de la historia), pero me alegré cuando fueron rescatados, y juraría que escuché la voz del improvisador cuando cantó aquella estremecedora décima que parecía más bien un bolero y sentí pena por el solitario Enildo perdido en un New York gigantesco. Pero de repente Alexis, vuelves sin pudor sobre tus pasos y me abofeteas con una realidad que por cotidiana no deja de ser horrible. Sigue leyendo

No tengo la menor duda de que las transformaciones –al menos las hechas con buena fe- que sufren los planes de estudios son con la intención de ajustar la formación profesional a la realidad circundante, para garantizar que el futuro graduado logre insertarse con los conocimientos necesarios en un posible entorno laboral. Por eso pienso que el llamado “Plan D” es superior al “C”, como mismo lo será el “E” en unos años. Lo que sucede es que de repente la espada de la pregonada semipresencialidad ha comenzado a soltarse y está a punto de cortar más de una cabeza. 
