por Guillermo Rodríguez Rivera (Tomado del Blog Segunda Cita)
Los amigos de Espacio laical(*) me han distinguido llamándome, otra vez, para tomar parte en un dossier de esos que pueden contribuir a aclarar algunas cosas que hace mucha falta aclarar. Quieren mi opinión para que se incluya en lo que, sin duda, será un debate sobre la prensa en general y, específicamente, sobre la prensa en Cuba.
Quisiera empezar por decir que alguna vez, allá en mi ya lejana adolescencia, acaricié el propósito de ser periodista. Nunca llegué a matricular en la Escuela de Periodismo que existía en Santiago de Cuba, la ciudad donde nací y crecí. Y cuando, casi al triunfo de la Revolución mi familia decidió mudarse a La Habana –donde ya vivían mis hermanos médicos– , tampoco quise estudiarlo porque, leyendo las crónicas del mayor de los periodistas que ha dado Cuba, José Martí, y que nunca había estudiado periodismo, comprendí que el periodismo no era un saber sino una habilidad, un oficio que hay que desarrollar desde una formación humanística. Hacer una crónica o un reportaje (más aún un artículo de opinión) se aprende a hacer leyendo a los maestros y, ante todo, escribiendo. Claro, si uno tiene la capacidad para hacerlo. Sigue leyendo
No tengo la menor duda de que las transformaciones –al menos las hechas con buena fe- que sufren los planes de estudios son con la intención de ajustar la formación profesional a la realidad circundante, para garantizar que el futuro graduado logre insertarse con los conocimientos necesarios en un posible entorno laboral. Por eso pienso que el llamado “Plan D” es superior al “C”, como mismo lo será el “E” en unos años. Lo que sucede es que de repente la espada de la pregonada semipresencialidad ha comenzado a soltarse y está a punto de cortar más de una cabeza.
La casualidad -y una buena profesora y amiga- me trajo hasta


Confieso que llegué al periodismo por las ramas, convencido de una sola cosa: no tenía deseos de sacar una cuenta más en mi vida. Con mi frágil convicción a cuestas, me arrimé a la archifamosa casona de G y 23 sin saber que estaba dictando mi condena. La vida, que es mucho más sabia que yo, me enredó para siempre en un camino en el que las palabras no son solo eso, sino también personas concretas, como Bladimir Zamora, mi primer entrevistado, o como las decenas de ancianos maravillosos que conocí mientras realizaba un reportaje sobre una Casa de Abuelos.