Rubén Darío, quien obligó a la engreída Europa literaria a mirar hacia América Latina, está de cumpleaños hoy. Considero cualquier elogio de mi parte diminuto, así que prefiero dejar ese gran poema que es A Phocás, el campesino.
Phocás el campesino, hijo mío,
que tienes
en apenas escasos meses de vida, tantos
dolores en tus ojos que esperan tantos llantos
por el fatal pensar que revelan tus sienes…
Tarda a venir a este dolor adonde vienes,
a este mundo terrible en duelos y en espantos;
duerme bajo los Ángeles, sueña bajo los Santos,
que ya tendrás la Vida para que te envenenes…
Sueña, hijo mío, todavía, y cuando crezcas,
perdóname el fatal don de darte la vida
que yo hubiera querido de azul y rosas frescas;
pues tú eres la crisálida de mi alma entristecida,
y te he de ver, en medio del triunfo que merezcas
renovando el fulgor de mi psique abolida.
Toca la flauta silvestre
el duende de la montaña
silva a la palma, a la caña
y de su hábito se desprende
tanto amor por la serranía
madre del canto puro
sordo rumor intermitente
que busca desde lo oscuro
mezclarse con la mañana
y disolverse en utopías
Este poema hermoso -como es casi toda la poesía del escritor escritor argentino Jorge Luis Borges- me llegó gracias a un pequeño libro que aún o he devuelto, una personal antología hecha por el autor en los últimos días de su vida. Aquí va.
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Contémplala: es muy bella, su risa golpea Sigue leyendo
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Naúfrago Sigue leyendo
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