La huella indeleble del aprendiz de brujo
El azar concurrente me ha llevado a Silvio Rodríguez una y otra vez en lo que va de año, como las botellas lanzadas al mar que recalan intermitentemente en las costas y vuelven a su eterna travesía. Sin embargo aún no había presenciado esos fugaces actos de amor que realiza el bardo de barrio en barrio, pulsando los espíritus de algunas de las personas más necesitadas de nuestra ciudad. Por eso accedí gustoso a la invitación de unos amigos que, como buenos silviófilos, se olvidan de criterios geográficos y persiguen al trovador por cuanto teatro de alcurnia o esquina pendenciera decide regalar canciones.