Para un diálogo inconcluso con Teoría

Desde que arribé a los predios de la Facultad de Comunicación me advirtieron dos cosas: “Cuídate de Gramática y Teoría”.
Con Gramática mantuve durante tres semestres una relación que sin ser amistosa sí fue cordial; entre calificaciones variables fui sorteando cada examen hasta que, el semestre pasado nos despedimos en paz.
Teoría de la Comunicación en cambio ha sido una agradable aunque venática compañera desde que en primer año la profesora Olga Rosa nos deslumbrara a nosotros, bisoños ignorantes, con algunas pinceladas de ese enmarañado universo epistemológico.
Con nuestro año (2008) cambió el plan de estudios (ahora D) y lo que era Introducción a la Teoría de la Comunicación empezó a llamarse Teoría de la Comunicación I, quizás para darle seriedad al asunto.
Fue un semestre en el que la profe Olga intento desentrañarnos el significado del concepto de campo, para que entendiéramos las plurales dimensiones del término “campo de la comunicación”.
Recuerdo que un día nos trasladamos hasta el CESEU para que, durante dos horas, Olga Rosa nos hablara de Bordieu y sus postulados, sin que el “repaso” pareciera afectarnos en lo más mínimo.
Luego vino Teoría II, de la mano del profesor Emilio Barreto, hombre de aire recto y distinguido, de una cultura impresionante. A todos nos gustaron sus clases llenas de historias sobre Papas que ponían emperadores y emperadores que ponían Papas, eficaz recurso para llamar nuestra atención acerca de la asignatura.
Quizás el profe Emilio nos pasó demasiado la mano a la hora de evaluar nuestros conocimientos. No lo sé. Lo que sí sé es que cuando llegó el profesor Abel Somohano hablando de desplazamientos teóricos y rupturas epistemológicas, más de uno creyó que en lugar de Teoría II estaba en una clase de aprendizaje de idioma extranjero.
Ciertamente fue un shock: de la parsimonia del profe Emilio a la irreverencia de un joven maestro que lanzaba extensas parrafadas incomprensibles a nuestros oídos, tan huérfanos de bagaje teórico.
Fue así que llegamos a la prosa de Abel, no carente de cierta poesía, como entendería al chocar más tarde con los autores que nos mostró.
El cambio de profesor y de método fue brutal; literalmente transitamos de los medios a las mediaciones, como dijera San Barbero.
Con sus clases, llenas de complicadas citas y un ejército de autores de impronunciables nombres y aún más impronunciables postulados teóricos, aprendimos a guerrillear semiológicamente, a mirar la cultura como un proceso totalizador (que no un todo), conocimos de la grandeza de ese “viejito” (Jesús M. Barbero) que algunos vimos y escuchamos en FELAFACS sin tener real conciencia de su dimensión.
Muchos de mis compañeros, malacostumbrados por la propia academia a pasar por las aulas sin remover las neuronas, se sintieron abrumados con la asignatura. Y es que es verdad que un semestre es demasiado poco para el torrente de pensamiento que cae sobre nuestras cabezas en escasas semanas, pero no es menos cierto que el estudiante universitario debe ser capaz de lidiar con contenidos que exijan un elevado esfuerzo intelectual. Si no, le daríamos la razón a todos los que dicen que ven nuestra carrera como un oficio para el que no vale la pena “gastar” cinco años de Universidad.
Lento pero aplastante, se consumió el semestre, no exento de sobresaltos y un buen día llegó la temida prueba de Teoría. A nuestros oídos habían llegado como leyendas urbanas los exámenes de la cuasi mítica Milena Recio que, con semejante apellido, podemos imaginar cómo llevaba a los alumnos. A nuestro favor (y paradójicamente en contra) contábamos con un arsenal bibliográfico del que podíamos jactarnos. El principal enemigo, el tiempo el implacable, como diría el poeta.
Después de muchas insistencias convencimos al profe Abel de que de entre tanta maraña epistemológica, diera pistas para guiarnos en ese mapa nocturno, para seguir usando términos de San Barbero.
Aún abrumados, pero un poco más tranquilos, llegamos a la prueba. La prueba mejor no recordarla, si acaso diré que algunos de mis compañeros llenaron cuartillas durante siete horas. Alguien que hubiera entrado al aula en que hacíamos el examen creería que había entrado a una biblioteca de la Edad media, llena de monjes copistas enfrascados en su labor. Pero no, solo éramos nosotros y nuestros intentos de volcar todo lo aprendido sobre una hoja en blanco.
Todo terminó, Teoría queda atrás, o mejor, en el fondo, mediando nuestro quehacer. Posiblemente varios de mis compañeros de clase quieran matarme por estas palabras, pero aquí voy con algunas inconformidades.
No creo que podamos quedarnos en Teoría III; justo cuando nos adentramos en “el otro lado” (nuestro lado), justo cuando conocemos de pertinentes investigaciones que reconocen el complejo contexto en el que vivimos, justo, en definitiva, que nos ponen el caramelo en la boca, nos lo quitan. ¿Y qué ha pasado en los últimos 20 años con los estudios de la comunicación en el continente?, ¿y en el resto del mundo?, ¿y cuáles son las implicaciones del surgimiento de  Internet como fenómeno masivo?, ¿y la Web 2.0? Estas son algunas de las interrogantes que nos hacíamos mientras devorábamos artículos para la prueba. Y al parecer nos quedaremos con la duda.
Pero bueno, en lo que el palo va, tenemos miles de páginas repletas de Teoría, cortesía del profesor Abel Somohano. A él y a los profes Olga Rosa y Emilio, gracias.

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9 comentarios en “Para un diálogo inconcluso con Teoría

  1. La casa (nuestra) de G, como todo lo que vale la pena…, regala siempre un saldo de cosas-sentimientos-recuerdos encontrados…, sobre todo para los que nos quedamos después de los cinco años iniciales. Desde los primeros asomos de este post me reencontré con la parte buena de esas cosas, por ti como cómplice y por ese profesor de apellido raro que ambos admiramos.

  2. La profesora Liliam Marrero acaba de sugerirme este post y, mientras màs detenidamente lo leo, màs ando emocionado. Me enorgullece comprobar que, a pesar de cualquier obstàculo, siempre hay estudiantes de Periodismo dispuestos a desterrar el camino de la mediocridad, y siempre hay profesores que hacen del culto al conocimiento un sentido de la vida.
    Felicidades a Abel, joven màs que capaz. Felicidades al estudiante, por entender tempranamente que no hay nada màs cercano a la pràctica periodística que hacer teorìa de la vida.
    Por cierto, Milena Recio no era tan recia… Probablemente Abelito lo sea màs. Un abrazo, Raùl Garcés

    1. Apenas doy mis primeros pasos en este agitado mar, pequeñas afiladas del lápiz virtual para ganar maña en el oficio. La asignatura de Teoría me “enganchó” rápidamente, en buena medida gracias al excelente grupo de profesores que me impartieron clases. Si de algo estoy muy orgulloso es de que nuestra facultad cuente con un claustro tan competente. Gracias profesor Garcés por el elogio, gracias Lili por la sugerencia.

  3. rafa, esto merece un buen plato de boniato. es broma, sabes por qué. me gustaría añadirte algo que te tocará sentir en tu tercer año( y si no te lo hago sentir yo para que lo escribas tan bonito por mí) , y es cuanta falta te va a hacer la teoría esa… esa…así solariega, que será tan poco creíble y válida para otras teorías y ciencias más instituidas y para el glorioso e incuestionable empirismo de la “experiencia práctica del oficio”. también vendrán los compañeros que con el sano afán de aplicar lo aprendido, junto con los eternos otros con el chip del “parecer algo” inoculado, repetirán las cuatro cositas que aprendieron bajo cualquier cirscunstancia. te sentirás algo impotente y para otros petulante, hasta que te descubras en los mismo pañales que ellos.
    nada, que siempre queda un plato de boniato, y la gente a su alrededor, para retar y retar, cuanto nos toca a hacer por nosotros y por los demás con lo aprendido. y de vez en cuando, sabiamente como tú, saber agradecer.

    1. Me emocionan tus inspiradoras palabras socio! Nada que para no desligarme de la dichosa disciplina tengo un plancito de lectura que te comentaré en privado no sea que quien lea esto me mire después como bicho raro en los pasillos de la facu. Un abrazo y espero que pronto me invites a ese plato de boniato.

  4. Érase una vez una muchacha de 19 años que oyó, sentada en esos mismos pupitres, las clases del maestro de Teoría Rafael Rivera. Pregunten y sabrán de lo que hablo.
    Felicidades a Abel Samohano por realimentar las “leyendas urbanas”. ¿Ya ven que no se trata de mi apellido? Es solo la pasión. Y mis alumnos son mis amores.

    1. Milena (esto de la web me permite saltarme un poco las jerarquías): Gracias por el comentario. La novela de FCOM algún día tendrá que ser contada y recogida, que es más importante aún. Cuando ocurra el recuento, historias como estas no deben faltar. Espero que algún día estudiantes de tantas generaciones podamos intercambiar nuestras vivencias.

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