Shooting

Ahora que acaba el 2010, muchos comienzan a hacer balance de lo realizado en esta década. El mundo vio  horrorizado el derrumbe las Torres Gemelas neoyorquinas, y más que eso estremecerse el símbolo económico del Imperio norteamericano; los científicos anuncian que el mapa del genoma humano está a punto de ser concluido; Facebook llega a los x millones de usuarios (con película Made in Hollywood y todo) y China organiza los Juegos Olímpicos más impresionantes de nuestra era.

Para Cuba han sido años cargados de momentos memorables: la Batalla de Ideas lanza una serie de cuasi-quiméricos programas de impacto social; por primera vez en la historia de la Revolución, un dirigente (¡y qué dirigente!) reconoce en el Aula Magna  de la Universidad de la Habana la reversibilidad del proceso revolucionario; Cuba obtiene un por muchos impensado segundo lugar en el I Clásico Mundial de Pelota; nuestro país se afianza como una potencia biotecnológica; el paso de tres ciclones casi consecutivos deja como saldo la pérdida de la tercera parte del PIB nacional del año 2008; “la guerrita de los email” conduce a un debate esclarecedor sobre los oscuros 70;  el Comandante en Jefe Fidel Castro, líder histórico de la Revolución Cubana, coquetea con la muerte, y sale airoso del encuentro. Nada, años intensos, como los son todos los que se viven.

Nuestra plástica joven, desasida como lo estamos todos los nacidos y crecidos en este mundo dizque posmoderno, tiene necesidad de hacer balance también de la primera década del siglo XXI. Para ello desde el día 16 de octubre han tomado por asalto el Pabellón Cuba, como lo hizo en su época el histórico Salón de Mayo del 67, y bajo el significativo nombre de “El extremo de la bala” y convocados por la Asociación Hermanos Saíz se han agrupado las obras de 94 artistas nacidos después de 1970. Tendencias de todo tipo, evidencias de obras consolidadas e incipientes, así se presentan los artistas plásticos involucrados en el proyecto: instalaciones, fotografías, pinturas, esculturas, performances, híbridos, “universo e univario” como el verso martiano.

Las temáticas abordadas son diversas, desde la ya sempiterna emigración hasta el apenas explorado mundo de las tribus urbanas. Todos confluyen en la necesidad expresiva que yace en la obra del artista verdadero, en esas ansias de gritar al  mundo las angustias, los placeres, los odios, los amores, los problemas de esta sociedad que los ha formado a su forma y semejanza.

Uno de los principales logros consiste precisamente en la inclusión absoluta: no importa si hombre o mujer, si negro o chino, si hetero u homosexual, si emigrado o residente, si de provincia o capital, la única premisa a cumplir es la de tener una obra auténtica que sea capaz de transmitir, en esencia la finalidad última del arte, digan lo que digan.

Como toda selección, se hablará de exclusiones, de censuras, de “sociolismo”. Todo eso será cierto. Y qué. Otra verdad incuestionable es que esta exposición demuestra a las claras que los jóvenes artistas plásticos no han estado ociosos en los primeros diez años de este milenio.

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