Persigo los comentarios publicados por Ronquillo en el periódico Juventud Rebelde. Me parecen unas de las reflexiones más lúcidas que realizadas en estos momentos tan definitorios para nuestro país. Aquí va una sobre qué hacer para recobrar al campesino, tomada integramente del periódico Juventud Rebelde.

El inusitado verbo lo bautizó hace unos días un estudioso de la economía nacional. Lo hizo luego de analizar los difíciles trances que padece nuestra agricultura. Esta no logra remontar su estancamiento pese a los estímulos de los últimos años, en los que fue ubicada políticamente como asunto de seguridad nacional.

La innovación lexical del analista —recampesinar— fue mencionada en la misma semana en que hemos tenido noticias de un decrecimiento de alrededor del cinco por ciento del sector agrícola, en el cual los cubanos situamos parte de nuestras esperanzas de reactivación estructural, y en medio de anuncios sobre incrementos en los precios de los productos agrícolas a escala mundial.

Ya en alguna oportunidad, tras el anuncio del Decreto Ley 259, meditaba que la Revolución que tuvo entre sus inspiraciones justicieras la conquista de la tierra, y entre sus más ardorosos soldados a los labriegos, se debate aún hoy para encontrar el equilibrio entre la voluntad modernizadora, el modelo económico y su tradición agraria, inseparable del campesino y la heredad de la finca.

La fuerza y sustancia de esa última tradición la recalcan también desde hace bastante tiempo los números. Los campesinos, dueños de menos de la mitad de las tierras en activo del país, son quienes cosechan más de la mitad de las producciones agrícolas. Ello, pese a que no siempre fueron los más beneficiados con equipos, maquinarias, e insumos indispensables, entre otras prioridades.

Es difícil adivinar el momento de la fractura entre el país en el que la tierra tuvo la categoría de un drama simbólico: la prometida y pocas veces alcanzada en el capitalismo. Y el otro, en el que dejó de ser una aspiración apetecida durante el socialismo.

Recordé que a partir de mi experiencia entre campesinos desde 1965 —cinco años después del triunfo de enero de 1959— hasta terminar la universidad, se produjo una extraña contradicción: la Revolución que garantizó el derecho físico a nuestro suelo fértil con sus leyes de reforma agraria, propició, con su abanico de oportunidades, que se fuera perdiendo el ansia sentimental de poseerlo.

Entonces los hijos abandonaron primero la finca de sus padres —en no pocos casos con el entusiasmo de estos—; y luego los jóvenes lo hicieron con las cooperativas. Era como si en el nuevo mundo que se abría no hubiera posibilidad para vivir bendecido en la prosperidad agraria.

A lo anterior se agrega —como ya también he apuntado— que pagamos hoy en parte la fiebre socializadora de los años 80, cuando la colectivización marcó los derroteros. Entonces, hasta en las montañas cacaoteras y cafetaleras, con una tradición acentuada de cultivo a pequeña escala familiar, se expandió con cierto delirio dicha tendencia.

Mientras el ansia socializadora avanzaba, por ejemplo, mi Pueblo Nuevo natal, allá en las sabanas del Camagüey, se marchitaba. Con la migración a la ciudad nos íbamos no solo los brazos para hacer parir la tierra, también las tradiciones. El batey de los guateques de fin de semana con Cheo y sus muchachos, de los rodeos, de las excursiones a los ríos y las lomas, se apagaba irremediablemente.

Por eso resulta tan importante la suerte y alcances del nuevo decreto sobre la entrega en usufructo, con el que adecuamos nuestra visión sobre la tierra, para devolverle la vida que merece, repartiéndola a quien la anhele y respete. Este paso es sustancial en el complejo proyecto de «recampesinar» —como sugiere el investigador—, o devolverles a los cubanos el apego menospreciado u olvidado por la tierra.

Si algún déficit se le pudiera señalar a la nueva disposición legal es el de que para recampesinar no basta con devolver circunstancial o momentáneamente miles de hombres al campo, ni con incitarlos a que siembren.

Es preciso enamorarlos para que se «siembren» ellos y sus familias, algo que podría espolearse aún más si en algún momento hacia adelante se volviera a revisar la condición de provisionalidad que ofrece el límite de diez años establecido en el derecho al usufructo.

No olvidemos que a la posesión agraria no se aspira esencialmente en Cuba por vocación burguesa. Con los barbudos, su lucha y su victoria, este anhelo alcanzó en el Archipiélago su justa dimensión revolucionaria, que en nada se contrapone a formas más amplias y abarcadoras de propiedad social.

Aunque parezca un atentado contra la modernidad, no pocas veces extensiva y expansiva, recampesinar en Cuba es sinónimo de modernizar, de reubicar el apetito sano por el campo en el innovador sueño de crecer.

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