Vindicación de la lágrima viva

Dejemos las cosas claras: a mí no me gustan las telenovelas. Ya sea por destino o voluntad propia siempre paso de esos angustiantes minutos en los que fingimos engañarnos con el nada es lo que parece. Sin embargo, nunca alejaría de nuestras pantallas dichos instantes de enajenación, como los llamara una querida profesora. Es que no me imagino este mundo sin telenovelas.

Nada define tan bien nuestro carácter como un novelón, uno de esos que ocupan más noches que las historias de Scherezada, mucho menos original, es cierto, pero dueño de ese inexplicable magnetismo que sienta a millones de personas frente a los amores imposibles hasta el último capítulo.

¿Qué hay en esa manía de contar la misma historia, al derecho y al revés, en descoserla y volverla enmendar hasta al infinito? Es un misterio. Los griots son maestros en el arte de narrar historias, pasan años contando un puñado de cuentos a los que exprimen toda la savia posible para atrapar la atención de los transeúntes. Como en las telenovelas.

A la búsqueda del Santo Grial del culebrón se han lanzado figuras de la talla de Jesús Martín Barbero y Reinaldo González, aunque yo me quedo con Carlos Monsivais, “el Monsi”, que llegó a afirmar en “Con la novedad de que ya soy mi telenovela” que vivimos en una realidad telenovelizada, lo que lleva a los poetas no a preguntarse cuáles son los límites del sueño, sino dónde termina la telenovela y dónde comienza la vida.

América Latina, tan sentimental, tan lágrima fácil, regaló al mundo antes de la existencia de la radio y la televisión un par de anuncios de lo que serían las telenovelas: el bolero y el tango (Borges, por cierto, que fue tildado de europeo y snob, acudió a los tangos y regaló a la literatura universal unas de sus más deliciosas coplas).

Esos amores pendencieros, repletos de alcohol, mujeres difíciles y hombres sin corazón, mitad ilusión y mitad desengaño, han sabido resumir la esencia de este Calibán nuestro. Es más, me atrevería a decir que el bolero y el tango, más que describir al ser latinoamericano, se han adherido a nuestros genes, forman parte de ese universo banal de lo cotidiano. Como las telenovelas.

Latinoamérica es así, incapaz de contenerse, exuberante en sensaciones. Nuestro humor se parece a esas selvas barrocas que describiera Carpentier, que no guardan nada para sí y todo lo ofrecen con el afán de desbordar unos sentidos que la mar de veces quedan agotados. Como las telenovelas.

Ahora que las series norteamericanas (y sus variantes inglesas, españolas, argentinas, colombianas y un larguísimo etcétera) parecen ganar más y más espacio en nuestra pantalla, me pregunto, ¿estaremos viviendo el fin de una era?, ¿nunca más llorarán millones de pantallas al mismo tiempo?, ¿sobre qué se conversará en las colas del futuro? Pero entonces miro a la sala, y veo a mi sobrina de 7 años atrapada en los vaivenes de la vida de la muchacha pobre de turno que no lo será más dentro de doscientos capítulos. Y continúo aliviado mi lectura.

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