Confieso que llegué al periodismo por las ramas, convencido de una sola cosa: no tenía deseos de sacar una cuenta más en mi vida. Con mi frágil convicción a cuestas, me arrimé a la archifamosa casona de G y 23 sin saber que estaba dictando mi condena. La vida, que es mucho más sabia que yo, me enredó para siempre en un camino en el que las palabras no son solo eso, sino también personas concretas, como Bladimir Zamora, mi primer entrevistado, o como las decenas de ancianos maravillosos que conocí mientras realizaba un reportaje sobre una Casa de Abuelos.

Poco a poco, mis entrañas empezaron a cambiar de color. Donde antes veía un basurero más, ahora veía la irresponsabilidad ciudadana; una puesta de sol en el Malecón no solo valía un poema, también podía quedar atrapada en las redes de una crónica. El tiro de gracia me lo dio una noche en la que disfruté de la creación de un periódico, la tinta manchó mis manos para siempre, condenándome a no quedarme callado. Lo confieso, me enamoré irremediablemente de la poderosa sensación de poder hablar más alto que todos los megáfonos del mundo, de la satisfacción que produce el agradecimiento de aquella hija que se sentía impotente ante la situación de su madre.

En esta aventura que ha significado estudiar periodismo, existen dos caminos – además de la academia, a quien debo casi todo lo que sé- que me han conducido hacia los que considero mis hogares profesionales. Uno muy largo y hacia el este me llevó hasta la Televisión Serrana; allí aprendí que la naturaleza es inatrapable en un texto, y que no hay nada como narrar sutiles pistas para insinuar la majestuosidad del hecho cotidiano.

El otro trayecto, no menos importante por ser más corto en distancia física, trajo mis pasos hasta Cubadebate. Aquí la lección no ha terminado, cada día algo nuevo me sucede que enriquece mi labor. No comparto la opinión de mi amigo Carlos, sí creo en las posibilidades cuasiinfinitas de la web y en la magia de conectar almas que vislumbro al fondo de la filosofía 2.0. Por eso me he volcado a estos predios, con la esperanza de convertir mi bastión en el de todo aquel que tenga algo que nos haga un tilín mejores, con permiso del poeta.

En días recientes dos personas que admiro y que han influido decisivamente en mi formación profesional y humana recibieron sendos premios a su trabajo como periodistas. Sirvan estas líneas de mínimo homenaje a quienes me han descubierto que el mundo puede hacerse más palpable a través de las palabras, a quienes, como Santiago Kovadloff, me han ayudado a mirar.

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Un comentario en “El mundo a través de las palabras

  1. Hay algunos textos, sólo algunos, que dejan la sensación de que nos han hecho un guiño, o que un par de dedos traviesos nos han regalado un chasquido, o una casi sonrisa…
    Casi sonriendo he pensado: qué bueno que alguien dedicó palabras a un día casi nuestro, qué bueno que ese alguien sea un estudiante, un cómplice, una huella reconfortante entre tantos y tantos intentos…

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