Harold Lopez Nussa: de la sutileza de un bolero al jolgorio de una descarga

No podría precisar en qué momento llegaron a mis oídos los compases de Harold López Nussa. Probablemente fuera en aquellos primeros días en que, recién mudado al Vedado, vagaba con asombro casi provinciano por esas calles anchas y vacías que no eran las populosas Línea y 23, descubriendo parques imposibles, estatuas conversadoras y, lo más importante, a escasos metros de mi casa, los contornos melódicos del Auditorium Amadeo Roldán.

Seguramente me habrá impresionado su virtuosismo, su entrega y sobre todo, su entusiasmo cada vez que se abalanzaba sobre el piano en una danza amatoria infinita. Los años fueron pasando y mi patrimonio jazzístico fue creciendo, soñé con John Coltrane, mis pies se movieron a pesar de mi torpeza con Irakere y Chucho Valdés, Ella Fitzgerald me acarició en las noches tristes y hasta me aficioné a hacer el amor acompañado por Diana Krall. Con todas esas sombras a cuestas enfrentarme a la ejecución de López Nussa fue cosa de niños, ya no me provocaba ese pasmo de las primeras ocasiones, era bueno, sin dudas, pero uno más.

Hasta cierta noche de enero de 2010 en que Orlando Valle reunió una constelación de estrellas del jazz entre las que destacaban un genio de las congas como Gionvanni Hidalgo y un Horacio “El Negro” Hernández alejado por muchos años de los escenarios cubanos. Antes de llegar al concierto, me pareció un exceso colocar al benjamín Harold  López Nussa entre tantos monstruos. Nunca agradecí estar más equivocado. Lo que allí mis oídos escucharon, los malabarismos armónicos, las originales embestidas a contratiempo, la facilidad con que captaba las sutilezas del bolero y el jolgorio de una descarga me convencieron de haber participado de la consagración de un pianista que no solo bailaba suiza, sino también sabía moverse entre gigantes y salir airoso.

Pianista cubano Harold López Nussa
En el concierto de Maraca and Moterey Jazz All Star, Lopez Nussa supo brillar entre gigantes

Ahora llega la noticia de su más reciente galardón en París, el premio “Talento de Jazz 2011″, una especie de llave maestra de los festivales musicales europeos. Con este pasaporte artístico las frías salas de Europa volverán a disfrutar de la inigualable magia que nuestra isla ejerce sobre el piano, desde los tiempos de Ignacio Cervantes y Ernesto Lecuona hasta los más recientes de Chucho Valdés, Emiliano Salvador, Gonzalo Rubalcaba, Roberto Fonseca y como no, el muchachito que en alguna fría tarde de domingo descubrí en el Amadeo.

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