Este polémico artículo pone sobre el tapate un tema candente que debe estar rodando por las cabezas de muchos, ¿qué pasará con la cultura en nuestro economizado entorno? Arturo Arango, si bien no llega a quemar las naves y tomar una posición clara, describe el panorama con extrema precisión y expone el peligro que significaría adoptar determinadas medidas para rentabilizar la inmensa maquinaria que es el quehacer cultural de nuestro angosto archipiélago. Espero que su lectura avive la el espíritu polémico de quienes lo lean, dentro de poco dejaré mi opinión al respecto. Solo adelanto una cosa: suscribiré eternamente la definición de Fidel de que “la cultura es lo primero que hay que salvar.”

He escuchado decir en días recientes, como metáfora para describir el momento actual que vive Cuba, que “el tren al fin se puso en marcha”. Celebro, como quizás la mayoría de los cubanos, que el movimiento haya comenzado, pero me parce inexacto que se nos compare con un tren. En el ferrocarril, el sentido del movimiento está prefijado, sin alternativas, por la seguridad y el sentido de los rieles. Nuestro futro, en cambio, tiene ante sí un abanico de posibilidades, un territorio aún abierto y no exento de riesgos entre los cuales, como creo que todos sabemos, están la resistencia de la anquilosada burocracia y un economicismo que puede tener la vista corta.

No estoy seguro de que en las actuales circunstancias podamos afirmar categóricamente, como lo hizo Fidel en medio de lo más crudo del período especial que  “la cultura es lo primero que hay que salvar”. Quizás tengamos que aceptar otra posición más humilde en el espectro de prioridades del Estado y el Gobierno cubanos. También es evidente que bajo el techo de la cultura (que no es sólo la UNEAC y el Ministerio de Cultura y sus instituciones), se protegen no pocos bolsones de mediocridad y, peor aún, un ejército de burócratas cuyos salarios se añaden a las erogaciones del sector. Y no tengo dudas de que uno de los deberes de las instituciones y organizaciones culturales en este minuto es descargar al Estado, en lo posible, de los desembolsos que realiza en su favor, y que en campo cultural existen muchísimas posibilidades, aún no exploradas o paralizadas por la burocracia, de obtener ingresos que la hagan más sustentable. Pero insisto en la acotación anterior: en lo posible. Concuerdo con nuestra querida Graziella Pogolotti: la cultura es un bien de valores intangibles cuyos beneficios no se recuperan a corto plazo. La economía sola no va a salvar la soberanía de Cuba y los principios de justicia social, equidad y emancipación colectiva e individual que pretendemos. La riqueza y diversidad de la vida cultural es imprescindible para la realización de ese modelo de sociedad por el que continuamos pensando y trabajando, de la misma manera que la precariedad económica puede ahogar (está ahogando ya) la vida cultural que nos es imprescindible.

Tengo la impresión de que al mencionarse las subvenciones a la cultura artística y literaria se piensa ante todo en los productores: escritores y artistas seríamos como una manada de individuos ansiosos por recibir las bondades del mecenazgo estatal. Creo, sin embargo, que entre las subvenciones principales que reciben el arte y la literatura cubanos están aquellas que protegen al receptor, a los consumidores de nuestra obra, y a la cual aportamos también los escritores y artistas. Nuestros libros y revistas pueden venderse medianamente bien, nuestras películas sumar miles o cientos de miles de espectadores, porque el precio del as publicaciones y las entradas a los cines, teatros, museos, no corresponden con los costos reales de los productos culturales. Es un principio fundacional de la política cultural nacida con la Revolución Cubana, que tuvo, quizás, su primera evidencia célebre en aquello que voceaba un vendedor de libros en el mismo año 1959, y que Alejo Carpentier recogió en una de sus crónicas “¡Vaya, el Quijote a kilo!”

Pero desde hace varias décadas, para colmo, los pesos cubanos que se pagan para entrar al cine o al teatro o para adquirir esta misma revista carecen de valor alguno frente a las necesidades y la avidez de la industria. Lo que el lector cubano entrega a cambio de sus libros y revistas es un dinero que no sirve para fabricar nuevos libros y revistas. Se suele ignorar, además, que los creadores de arte y literatura, que aceptamos ese pacto convencidos –me atrevo a pensar que mayoritariamente- de sus beneficios democratizadores, también estamos renunciando con ello a lo que podría ser una parte importante de nuestras ganancias.

En el actual contexto, tal vez parecería mucho más fácil sustentar las producciones culturales cubanas elevando desmesuradamente los precios del libro, de las entradas a los cines, a los museos, a los teatros. A mediano y largo plazo, los efectos de medidas de ese tipo serían devastadores. Estoy convencido de que la primera idea que debemos defender es que el arte y la literatura cubana no pueden hacerse rentables enajenándose a sus receptores naturales, privando de su disfrute, del enriquecimiento espiritual que ella provee, a los millones de lectores y espectadores que la misma Revolución ha formado y que la nación y su futuro necesitan.  Sería un error más grave aún cuando la descompensación entre salarios y costo de la vida puede tener la tendencia a agravarse en sectores mayoritarios de la población y, por consiguiente, pueden acentuarse las diferencias económicas y sociales entre unos cubanos y otros. Si el país da un paso cómo ese, estaríamos renunciando a la idea del socialismo.

Ahora bien, ¿qué podría ocurrir en contexto económico y productivo que no esté dispuesto a proteger la subvención del producto cultural cubano frente a sus consumidores? ¿Cómo actuar, por ejemplo, frente a una industria poligráfica que no solo desconoce la necesidad de que los libros y revistas reciban esa protección sino que es cada día más ineficiente? Para continuar con el mismo ejemplo, que me resulta el más cercano, reconozco el derecho, incluso el deber, de la industria poligráfica de ser rentable tanto como condeno su ineficiencia. Pero las imprentas y el sistema económico al que pertenecen, ¿reconocen la necesidad de que el lector tenga acceso al objeto que sale de sus máquinas (y también de que ese objeto posea una calidad óptima)? ¿Quién debe arbitrar, poner orden a esas contradicciones progresivamente antagónicas? ¿Cómo lidiar desde las instituciones culturales frente a industrias que, además, gozan de los privilegios de la exclusividad monopólica?

La subvención a la cultura se suele presentar como un problema circunscrito sólo a nuestro sector, o a sus relaciones con el Estado. Hay que comprender, sin embargo, que es un asunto de todos: de quien crea los filmes, las sinfonías, las novelas, los grabados, de quien dirige las industrias o instituciones donde esos productos cobran cuerpo, vida en su diálogo con el receptor y, fundamentalmente, del que va al cine o mira en la televisión una película, asiste a un teatro, visita una galería, un museo, lee un libro. Estos son desafíos cuya solución no corresponde a sólo a nosotros, escritores y artistas. Quizás una de nuestras principales responsabilidades sea la de crear conciencia sobre ellos. Trabajar a favor de la vida cultural cubana es una necesidad a la que nadie puede dar la espalda. Suprimir las bases de esa vida cultural equivaldría a abandonar la noción de país y de ciudadanos a los que hemos dedicado tanto tiempo y esfuerzos, y a los que deberemos continuar aspirando.

Versión de las palabras leídas por Arturo Arango en la sesión de Consejo Nacional de la UNEAC realizada el 12 de enero de este año. Tomado de la Gaceta de Cuba No.1 enero-febrero 2011

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Un comentario en “También un asunto de todos

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