Malabares de la memoria

Déjà-vu
Déjà-vu

Como hábiles cangaçeiros, los recuerdos emboscan al caminante distraído en los más insospechados parajes de la memoria, le traen de vuelta por pasajes perdidos en el libro de la vida que casi siempre olvidamos ojear. Efímeros chispazos, surgen de repente mientras se está delante de un pelotón de fusilamiento o comiendo una magdalena con té; inesperados giros del volante que nos arriman a sucesos triviales y no tanto como un diente partido en los juegos de la infancia o la primera muerte de un ser querido.

Siempre estamos recordando (un teléfono, una sensación, la palabra exacta); la vida parece componerse por una sucesión de evocaciones infinitas. Algunas vienen del futuro y las llamamos “visiones”, “premoniciones”, malabares mentales que adoran los hechiceros y escritores de todas las épocas. Otras, las más comunes, llegan del pasado y con ellas lidiamos los comunes todo el tiempo. Pero existen unas pocas remembranzas de un sabor indescifrable, mezcla de misterios y certezas imposibles de ubicar y a las que llamamos “déjà-vu”. Los déjà-vu son fracciones de magia dispersos en nuestra agenda, polvos de hada que preferimos sortear por el hálito desconocido que emanan. Tal vez mi visión romántica los sublimice en demasía y no sean más que el resultado de la repetición del gesto incontables veces, del perpetuo tránsito entre mi casa y el Malecón rodeado de los mismos perros, dueños, corredores y amantes asidos al mismo (al único) muro.

Con los años, los recuerdos se amontonan en el trastero y cada vez resulta más difícil dar con ellos cuando se les necesita. Aparecen en cambio solícitos en los momentos inesperados, listos para embrollarnos la cabeza. Amén de su díscola vocación, son el más seguro recurso contra el olvido en el campo de batalla que es la memoria. A veces trampean, otras nos fallan, pero pocos reniegan de sus recuerdos, la mayoría nos aferramos a ellos como garantía de que nadie, absolutamente nadie, -como dirían mis mayores- nos va a quitar lo baila´o.

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