Julio García Luis: El magisterio de la bondad

– El miércoles a la una de la tarde haremos un homenaje a Julio. No lo riegues mucho.

A sotto voce, sigilosa, por los pasillos de la facultad corrió la noticia de que Julio García Luis, el Decano, recibiría el postergado homenaje de los suyos por el reciente Premio Nacional de Periodismo José Martí.

Llegamos a la hora acordada y apenas habían personas. “La gente y sus tardanzas”, pensé. Nunca pasamos de un puñado. Noté la ausencia de algunos que debían por fuerza mayor estar ahí, aquellos que navegaron tortuosas aguas durante tortuosos años a su lado. Pero nunca pasamos de un puñado. Lástima.

Éramos unos pocos estudiantes sentados a distancia de los profesores, la familia y los amigos; si alguien hubiera entrado al salón de repente hubiera advertido una delgada pero firme línea que nos separaba del resto. Yo me sentía incómodo, fuera de lugar, un intruso entre tanta gente cercana con decenas de recuerdos compartidos. A mi lado Cynthia se removía en el asiento, en sus ojos descubrí mi propia desazón.

Las risas que trajo la conversación cayeron como aguacero bienhechor. Convocados por la memoria, comenzaron a llenar el salón muchos Julios: el maestro normalista devenido periodista; el jefe de la página ideológica de Granma; el de los editoriales, que discutía cada noche con Fidel en el imaginario de los estudiantes de la época; el cronista de los viajes del Comandante en Jefe, que vio la caída (quizá premonitoria) del ataúd de Brezhnev; el doméstico -quizás el menos conocido de todos-, que aún en los días más atareados y con responsabilidades enormes no dejó de botar la basura y recoger a su hija en la escuela.

De la mano de estudiantes y profesores se apareció el Julio Decano: el guardián de la memoria gráfica de la facultad; el inaugurador de los Juegos Interaños; el de la tesis cientos y cientos de veces revisitada; el de la puerta siempre abierta; el del carro bueno para transportar premios para el fórum y utilerías de los festivales de cultura; el de la oficina locación de nuestras locuras audiovisuales; el de los discursos de graduación majestuosos. El más entrañable para los actuales y antiguos alumnos de la Facultad de Comunicación de los últimos 13 años.

La procesión de Julios inundó el salón que parecía menos grande, como si fuese incapaz de contenerlos a todos. Pero llegó el turno del Julio de carne y hueso y este se dedicó a desinflar a sus otros yo hasta quedar solo él en la sala. A este hombre, magnífico orador, le cuesta hablar de sí mismo. Se queda unos segundos pensando, y en lugar de regodearse en sus glorias y desgracias comienza a hablar de tropiezos y caídas como nuevas oportunidades de la vida. Cuanta humildad concentrada en tan pocas palabras.

Un premio nacional por la obra de toda la vida es un buen pretexto para hacer recuentos, y produce placer comprobar que otros ven en una persona lo que creemos ver nosotros mismos. Así sucedió aquella tarde calurosa.

Al final, la consabida foto grupal que confirma tu existencia y evita que en el futuro seas un rostro perdido en la memoria. Salimos todos, apiñados en torno a Julio García Luis. No sé en qué pensaban los demás en ese momento.  Yo solo sonreía, contento por haber disfrutado, al menos por un par de años, del magisterio de su bondad.

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4 comentarios en “Julio García Luis: El magisterio de la bondad

  1. Muy bueno y merecido el articulo. Yo conozco muy bien a Julio Garcia Luis y lo admiro muchisimo. Solo te queria corregir que donde pusiste hija debistes haber puesto hijas, pues Bea tambien existe…
    Saludos de Julio Garcia Almanza

  2. a mi aquel dia me dio pena decir q una vez me encontre al profe en varadero, eran como mucho las 8 o 9 de la mañana, él venia por la arena, buscando seguir la calle 58, primero fue raro verlo en short, sin camisa, acabado de salir del agua, pero al mirarlo me sonrio y me saludo, yo le conteste hola profe, y segui al mar, pensando en lo bien q se siente compartir un saludo y una playa, un pequeño momento en varadero con el decano. la verdad, es q el siempre sera el decano.

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