Es una tarde calurosa, lo que es lo mismo que decir cualquier tarde del cuasi eterno verano habanero.

Aquí andamos, témpanos semiderretidos en la esquina más farandulera de la capital, buscando pretextos para evadir el tedio de la casa, y nuestra única, irremediable opción es desembarcar en Coppelia.

Coppelia. Otrora catedral del helado; en la actualidad ostenta aires de ser su sepulcro. Coppelia. Solar de los juegos de mi infancia paterna, antiguo esplendor que sobrevive en la memoria de un par de generaciones que evocan en canciones, cuentos y recuerdos tus 25 sabores que nunca probaré. San Coppelia.

Nos espera el menú de siempre, sinfonía apenas inalterable: la organización de las colas y la distribución sacada de algún manual de comedor obrero marxista-leninista, la mesa grasienta, las malas caras de los dependientes que confunden servir con servilismo.

Pero no, ¡milagro divino!, en una discreta cancha de la calle 21 el cartel, remedo de un Molin Rouge parisino, anuncia de pronto chocolate.

Confieso que he perdido la fe en demasiadas cosas, y a desconfiar de los carteles de Coppelia fue de las primeras cosas que aprendí. “Buenas tardes, ¿es cierto que hay chocolate?”, pregunto a una dependiente. “Sí, pero acaba de llegar, tienen que hacer la cola fuera”.

Esperanzados por la recompensa prometida, no le presto demasiada atención a cierta cámara del Sistema Informativo de la Televisión Cubana. Pasan diez minutos. Pasan veinte minutos. Pasan todos los minutos que se necesitan para descargar el cargamento de un tanquero en la bahía de La Habana. Y aún no pasamos.

Cuando empezamos a impacientarnos nos llama un dependiente. Mientras nos acercamos sonrientes, triunfales a la mesa vemos como el dependiente desliza con elegancia sus dedos por la tabla de anuncios y retira el chocolate. Si me hubiera arrollado un P4 el efecto sería sido menos devastador. “Perdona”, le digo, “¿qué pasó con el chocolate?” (imagínense una escena cinematográfica; al fondo, en un segundo plano, se observa cómo se retira el equipo del Sistema Informativo). “Se acabó” me responde secamente. “¿Que se acabó; cómo es posible que se acabara si nadie ha entrado a la cancha?”, vuelvo a la carga. “Es que sacaron una sola tina”. La rotundidad de su respuesta no me deja mucho que hacer.

Desenfocado, a lo lejos, el equipo de la televisión anda entrevistando clientes en la Torre, y yo me rompo la cabeza pensando en cuáles serán sus posibles respuestas. A mi memoria viene la heroica figura del “Tavo”, el agente encubierto que se sumergió en las cenagosas aguas de la delincuencia cubana y desmanteló más de una banda y negocio turbio; y que hace unos años devino en flamante administrador de Coppelia. Siento pena por él, que no podrá inspirar con sus actuales labores una nueva temporada de “Su propia guerra”. Pero tranquilo Tavo, yo guardo en discos, para enseñárselo a mis hijos, los tiempos en que “Tavo en la Habana” combatía el crimen.

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6 comentarios en “El Tavo no puede con su propia guerra

  1. rafa, hace un tiempo en la cola del Coppelia broméabamos sobre el Tavo con uno de esos compañeros que tienen la interesante tarea de organizar la cola ( teniente de cola, a diferencia del sargento de bolea, dicen unos amigos) entonces nos contó que ya el Tavo no estaba al frente del centro. Cuando subimos las escaleras notamos desactualizado el llamativo mural de las efémerides y la increíble ceremonia de arriar la bandera suspendida, confirmación de que su etapa terminaba.
    Mientras tanto el teniente de cola tenía un dilema similar al tuyo con una señora que lo increpaba, usando argumentos de un reciente reportaje de televisión (que nunca se acaban, salen dos veces al año, es el tema de la carrera) entoces el lanzó una respuesta que me supo a al kake que te dan con el helado: “Sigue creyendo lo que ponen en la televisión, eso mismo le pasó al Tavo!” Provocó la risa de todos y las demandas de la señora se diluyeron en ellas. Nada que es un círculo vicioso, y es una frase que oigo muy a menudo.
    Esta volao tu texto.

  2. hilarante… no pude contener la carcajada, a pesar de saber que venía, cuando leí el “se acabó”… jajajajaja!

    “la historia de mi vida” se podría decir si se sobre entiende que “mi” es “cualquiera” o “nosotros”…

    agradable texto… agradable historia… ojal te empates con el “chocolate” algún día…

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