El último de los topos

Gafas oscuras, gorra eterna y melena semigrisácea  -señal del paso del tiempo, como su abultado vientre-; Frank Delgado representa al último de los topos que se niega a salir a la superficie. Atrás -muy atrás- quedaron los años en que junto a Carlos Varela, Santiago Feliú y Gerardo Alfonso trenzaba sueños y vida en canciones intrincadas que forman parte de la banda sonora de más de un cubano. Ahora canta junto a Buena Fe, o se desgañita semanalmente en los centros (pseudo)culturales a los que una élite dizque intelectual acude para no perder su status de gente inteligente. Pero se le nota algo de repugnancia a todos estos actos -“de algo hay que vivir” me diría seguramente si le preguntara al respecto- por eso busca escapes, salidas de ese trajín tan poco poético.

Esa necesidad de hacer arte para un público que acude a una sala exclusivamente a escuchar canciones llevó a Frank Delgado al teatro El Sótano, donde desde comienzos del verano el trovador realiza una peña cada miércoles en la que, según él mismo, vuelve a sus orígenes lo que, eso sí, con un público mucho más numeroso.

Las peñas son siempre un reto, un desafío a la rutina que pocos pueden vencer. No seré yo quien diga si Frank Delgado lo logra o no, solamente quisiera compartirles un par de anécdotas de lo que ocurrió en el más reciente de estos encuentros.

Andaba el trovador soltando canciones y aprovechando la libertad de las peñas para compartir las historias que rodean a estas canciones. A los trece minutos, en medio de la “Balada de Nicanor” se fue la luz; hecho que, aunque ya no sea tan común en nuestras tierras, todavía nos resulta cotidiano y los buenos artistas sortean con habilidad. Privado de amplificación y sin una guitarra acústica, a Frank Delgado no le quedó más remedio que hacer uso de sus dotes de griot y, alumbrado por los resplandores de celulares, entretuvo a la audiencia por más de diez oscuros minutos hasta que retornó la electricidad. Siempre sonriente, continuó cantando y contando fábulas en ese ambiente de irrepetible cofradía que se respira en las peñas.

Una hora más tarde -alguna mente retorcida puede pensar que tuvo algo que ver el hecho de que justo en ese instante Frank Delgado cantaba “mándame el dinero o la carta blanca”- se fue la corriente. Otra vez. Y dos cortes de electricidad en una noche no es algo para lo que ningún artista esté mentalmente preparado. Pero nada, allí seguía él cantando a capella, acompañado de las voces de los presentes y cientos de manos que marcaban la clave cubana. Cuando finalizó la canción, realizó una divertida disertación de ¡catorce minutos! sobre las congas habaneras y santiagueras y sus respectivos instrumentos. Toda una proeza.

Volvió la luz. El trovador entre aplausos y risas agradeció a todos la espera. Por suerte tuvo tiempo de terminar una canción antes de que se volviera a cortar la electricidad. Una vez pasa, dos incomoda, ¡pero que se vaya la luz tres veces en un espectáculo!, eso no lo resiste nadie. A no ser que te llames Frank Delgado, en cuyo caso tu reacción será continuar durante casi veinte minutos haciendo cuentos y arrancando carcajadas a un público que inexplicablemente se mantuvo aferrado a los asientos.

No sé de dónde sacó las fuerzas, pero cuando regresó la electricidad, Frank Delgado cantó dos canciones más antes de retirarse, dejando en el aire la sensación de que aunque afuera arrecian los cantos de sirena, todavía algunos espíritus persisten en sumergirse en la sociedad cubana y cantar las luces y sombras que en ella encuentran.

Aquí les dejo una muestra auditiva de lo que fue esa noche.

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