Aquellos ojos verdes

Me estremeció porque era mi abuela además
S. R.
 

No era nadie en especial, otro de estos seres difíciles y tozudos que se escabullen de las páginas de la Historia y van a parar a las historias que la literatura entreteje. Holguinera de pies a cabeza, se pasó la vida negando que su sospechoso pelo rizado fuera herencia algún antepasado negro. Margaret Tatcher tropical, imponía su voluntad a como diera lugar, no importa si en el camino perdía esposo, hijos o alguna mano amiga.

Eterna pizpireta, prefería pasar hambre antes que le faltara una crema o un perfume en su ajuar. Experta permutera, convirtió una casita en Holguín en un apartamento en la céntrica (y habanera) avenida 31. En aquella casa se escuchaban ininterrumpidamente boleros de Barbarito Diez y nunca se pudo averiguar si su radio tenía otra emisora además de Radio Progreso. Tenía una mesa extensible, en la que los veintiséis de julio se trinchaban unos pavos rellenos en un acto de irónica comunión ideológica. En un rincón de la casa, se amontonaban un montón de estampas, santos, hierbas, vasos y otros chismes sospechosos que evidenciaban su practicante espiritismo.

Muchos años después, desoyendo consejos de hijas y amigos, en un alarde de poder otoñal mezclado con amor, permutó de Playa para Lawton. Nadie pudo darse cuenta entonces, pero la sombra del Alzheimer ya había aparecido. Un día comentó que Carlos Lage “le hablaba” directamente a ella. Desde la pantalla del televisor. Poco después el Alzheimer dejó de ser un quizás. El poco dinero que ganó con la permuta se diluyó en manos de su marido, un reencontrado novio de los años mozos que devino en viejo vividor. Vivió demente y encerrada en el apartamento minúsculo de un barrio marginal.

Cuando murió el viejo, la trasladaron para casa de su hija mayor. Allí pasaba las tardes desvariando y  preocupando a todos ante una posible huida. El día que se partió la cadera, todos entendieron que no volvería a caminar. Con el progreso de la enfermedad fue perdiendo facultades, y en los últimos tiempos era poco más que un vegetal. Pasó los últimos años balbuceando y aferrada a un pomo de desodorante. De vez en cuando, pronunciaba claramente algún nombre o palabra. Otras veces, miraba al mundo con unos ojos escalofriantemente lúcidos. Murió a las cinco y cincuenta y cinco de la tarde. Tenía aquellos ojos verdes de los que hablaba el bolero.

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14 comentarios en “Aquellos ojos verdes

  1. ya verás que regresas… eventualmente el dolor pasará… mi abuela paterna murió un mes antes de mis 16 años y nunca supe hasta ese día cuánto la quería… no podía dejar de llorar… fue tan triste! una mujer de 70 y tantos años pero tan destruída después de parir y criar a 8 hijos y soportar los maltratos de un esposo alcohólico que la sobrevivió incluso… era un pedacito de pan aquella viejita, delgada, arrugada como una pasita y medio ciega…

    solo me queda mi abuelita Águeda, la de los gigantes y los chícharos con pasta de oca, jejeje! se me pone más viejita cada día, lejos, tan lejos de mi… y vivo para poder verla de nuevo…

    esa es la ley de la vida, los abuelitos se van antes que nosotros… por eso hay que disfrutarlos hasta que nos dejen… y aprender de ellos como ser buenos padres y abuelos excelentes…

  2. rafa, si del estremecimiento puedes sacar un texto así, te estás graduando con las letras. Muy bonito. Creo que me dejó lo mejor que me podía dejar, unas ganas tremendas de llamar a mis abuelos. Lo siento, pero aún así, gracias amigo

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