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Hay muertes estúpidas, paralizantes sorpresas de brutal fatalidad. Aún me resisto a creer que el profe Julio, el mismo hombre al que rendíamos merecidísimo homenaje hace apenas unos meses, el mismo que ayer en la mañana conversaba con sus alumnos como otro día cualquiera, haya dejado de existir.

Es el tercer periodista que admiro que fallece. Dos de ellos eran lejanas referencias, maestros venerados desde la distancia. Ninguno de los dos recibió el famoso premio por su insuperable labor, pero los premios, premios son, y bien poco hubieran aportado a su obra verdadera. Al tercero -que fue laureado como para reafirmar la sospecha fatal que acompaña a los premios por la obra de toda una vida- sí que lo conocía, al menos en su faceta de formador de los jóvenes que llegamos cada año a la Facultad de Comunicación.

El profe Julio, hombre que asumió en más de una ocasión el reto de un puesto directivo, renegaba de los burós-altares. Prefería los cómplices pasillos, el despacho eternamente abierto, la conversación franca al diálogo institucionalizado; virtud esta que le ganó el respeto de compañeros y alumnos, que sin importar jerarquías lo sintieron alguien entrañablemente cercano.

Antes concentrado, ahora hay mucho de Julio García Luis disperso por el mundo, en los comentarios de Jesús Arencibia, en las reflexiones teóricas de Yanet Toirac, en las fotografías de Kaloian, en los análisis de Raúl Garcés, en las clases de Liliam Marrero, en los cientos de periodistas que de una forma u otra recibieron el magisterio de su bondad.

Por eso duele tanto esta sorpresa, porque súbitamente miles de personas sintieron el apagón de un trozo de alma, un trozo común más allá de cualquier otro lazo. Por eso, y porque la muerte del profe Julio cierra un ciclo, el ciclo de los años duros, la vetusta casona de las tejas verdes, los pocos alumnos, la sensación de transitar por una facultad diferente de la mano de un hombre diferente.

Lea además Julito, el “Dequi”

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Un comentario en “El sorpresivo final de un ciclo

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