Las tristes canciones de María Teresa Vera

Conozco pocos detalles de la vida de María Teresa Vera. Seguramente mis admirados Marta Valdés y Bladimir Zamora podrían darme sendas conferencias acerca de la que sin lugar a dudas es la más famosa trovadora que parieran estas tierras. Pero en esta ocasión (y espero que me perdonen los mentados maestros) desecho la erudición y me quedo con la ignorancia del melómano.

Yo, que como dije en una ocasión, aprendí a amar los boleros por mi abuela, en su casa crecí escuchando las irrepetibles versiones cantadas por esa señora que con su voz descuidada imprimía un sello único a las interpretaciones. Para mí (que conste que sigo hablando desde el desconocimiento) María Teresa Vera tuvo una vida, cuando menos, azarosa. Quizás sea una cuestión de memoria selectiva, o quizás sea el engañoso espejismo de los “Boleros de Oro” antologados de las mil maneras posibles, pero no recuerdo una canción feliz que saliera de la garganta de esta ilustre guanajayense.

Composiciones de Teofilito, Manuel Corona, Sindo Garay y muchos más conformaron el repertorio de María Teresa, siempre con canciones dolientes, quejumbrosas, dolorosamente románticas. Repasemos sucintamente los textos de algunas canciones que interpretara:

(…) fui la ilusión de tu vida/ un día lejano ya/ hoy represento el pasado/ no me puedo conformar. (Veinte años)

Pensamiento/ dile a Fragancia/ que yo la quiero/ que no la puedo olvidar/ que ella vive en mi alma/ anda y dile así/ dile que pienso en ella/ aunque no piense en mí. (Pensamiento)

Y que decir de Boda negra, ese “bolero macabro”:

(…) y allá en la triste habitación sombría/ de un cirio fúnebre a la llama incierta/ saltó a su lado la osamenta fría/ y celebró sus bodas con la muerta. (Boda negra)

Si esto no es tristeza, que venga alguien y me lo explique. Y es que el bolero, como sus hermanos el blues y el tango, es una canción esencialmente triste que inventaron un hombre o una mujer cierto día en que todo, especialmente el amor, salía irremediablemente torcido.

Lo cierto es, tristezas aparte, que María Teresa Vera (acompañada eternamente por Lorenzo Hierrezuelo), junto a las Hermanas Martí y Sindo Garay, me abrió las puertas a ese mundo de antaño en que los amores eran difíciles y aún así bastaban las simples palabras de todos los días para cantarlo. Y no quería que pasara otro cumpleaños suyo sin que lo supiera. Seguramente, ella que conoció los espirales caminos de Eleggua, me escuchará agradecida.

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