Antes que se acabe el alfabeto (actualización de un viejo post)

Nadie duda que las transformaciones que sufren los planes de estudios intentan ajustar la formación profesional del universitario a la realidad circundante, para garantizar que el futuro graduado logre insertarse con la preparación necesaria en su posible entorno laboral. Bajo esta premisa, es fácil suponer entonces que el llamado “Plan D” es superior al “C”, como mismo lo será el “E” en unos años. Lo que sucede es que, en violenta transición que confirma las distancias entre teoría y realidad, la pregonada semipresencialidad ha pasado de heroína del nuevo plan de estudios a villana de la película.

La semipresencialidad, que (supuestamente) otorga como nunca antes una autonomía al estudiante, aboga por un protagonismo del alumno que ahora tiene un papel más activo en su formación. Para lograr este ambicioso objetivo, la solución encontrada fue sacrificar espacios tradicionalmente dedicados a las clases. (¿Se consultó a los estudiantes para adoptar una medida tan radical? Aun cuando se supone que beneficia a estos, es un claro síntoma del verticalismo tan caro a las instituciones educativas).

El resultado ha sido que asignaturas complementarias tienen más horas clase que las básicas, consideradas indispensables para la formación del futuro profesional. Resulta innegable que un universitario sin cultura general ni es universitario ni es nada, pero no se puede olvidar que las herramientas del oficio son conocimientos impostergables, y no meras pinceladas al bagaje cultural.

De todo lo anterior se deduce que es urgente un análisis sobre las consideraciones que se tienen en cuenta para extender o contraer el fondo de clases de una materia. Salta el ejemplo de Preparación para la Defensa, disciplina considerada intocable ya que “forma ideológicamente” a los universitarios. Concepciones como esa deben ser revisadas; la mayoría de las veces, una buena clase de Historia de Cuba o un debate en Economía Cubana suele ser más útil que un par de semestres abordando el funcionamiento de la Defensa Civil.

La preparación de un plan de estudios es un proceso complejo, realizado cuidadosamente por personas muy capaces; sin embargo, como cualquier otro proceso, no está exento de errores, y por lo mismo, debería ser lo suficientemente flexible como para reestructurarse, incluso en el transcurso de un año escolar.

Amén de las transformaciones que sufra el plan de estudios de un año a otro, la piedra angular de cualquier formación curricular sigue siendo el profesor universitario, esa figura que antaño fue endiosada pero que a fuerza de ser desacralizada ha llegado al límite de la subvaloración. En numerosas ocasiones no se escoge a las personas idóneas para ejecutar tamaña tarea, ni se valora (en la sociedad, en las aulas) el desempeño y esfuerzo realizado por el profesor universitario, responsable en últimas de una feliz o desastrosa experiencia con una asignatura.

Quizás haya que perder el miedo a las antiguas oposiciones a catedráticos, que si bien sirvieron para alimentar a toda una raza de parásitos, trajeron a la Universidad de La Habana lo mejor del pensamiento cubano de sus respectivas épocas, de Varela a Enrique José Varona, de Mañach a Retamar.

Todo lo dicho anteriormente dicho no es privativo de la Universidad de La Habana; la actualización de los planes de estudio es motivo de insomnio en casi todos los recintos académicos del mundo, máxime cuando la sociedad contemporánea es sacudida constantemente por novedades tecnológicas que reformulan el papel de los saberes tradicionales.

Otro curso ha comenzado, y la inmensa e indetenible rueda burocrática, por paradójico que suene, dejará las cosas en su sitio hasta nuevo aviso. La cuestión no es aumentar o disminuir arbitraria y circunstancialmente la cantidad de horas clases de las asignaturas. Se trata de concretar un plan de estudios que sea, no solo moderno, sino (sobre todo) dinámico.  Y rápido. Antes que se acabe el alfabeto.

Nota: Quizás quiera leer también el post de David, con un enfoque distinto. Pinche aquí

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