Aquí, sin permiso (aunque sé que no me lo negaría), les dejó este post del buen Fide. No le toco ni un pelo. Moviendo las ideas entre todos, reflexionando sobre el festival de cultura, la gala y un poco más, aquí está Fide.

No tengo mucho tiempo pero no quería dejar de decir algo sobre el Festival. No quiero hablar de la gala, que vivimos todos el otro día y ya sabemos lo que sucedió (aunque para ser franco, he escuchado disímiles opiniones, y eso que no estoy en la escuela). Quiero hablar de algo que me dijo una amiga después de que todo pasó cuando unos pocos, de forma inusual, nos fuimos a divagar por 23 hasta llegar a G, contando lo que había sido el Festival para cada uno.

“El problema es que no se veía por ninguna parte la tradición de la Facultad, la tradición de la Copa de Cultura”, me dice mi amiga, ya irritada, y yo, que desde que Pedro y Rodolfo me pidieron pocas horas antes de la gala del año 2009 que les montara el audio de la presentación, me la he pasado toda la carrera tratando de incorporarme a esa tradición, me pregunté de nuevo si teníamos como pronunciar aquello por lo cual nos desvivimos tanto tiempo, si teníamos compartirlo o defenderlo, si no a base de reclamos de un mejor espectáculo o la llegada de una copa que solo dura una noche en las manos de todos; si teníamos el derecho de imponerle a una nueva generación esa búsqueda imprecisa y bastante personal, y además, exigirles que se apegaran a ella.

Es una sensación desagradable. Sobre todo si te das cuenta, de momento, de lo efímero e insignificante que puede ser, cómo lo ha sido para muchos por generaciones consecutivas, la necia devoción que parece haber contagiado por años y años a decenas de estudiantes de la facultad con ese propósito: convertirnos en la Facultad de la Cultura en la UH, con ese leve totalitarismo.

Tuve la suerte de vivir con esas personas que cuadraban todo el cronograma anual de sus tesis para estar libres una semana antes de la gala y ayudar, con manos y cabeza; que dejaban atrás la idea de que tenían que crecer (¿!!?) y vivir otra cosa, para ir a discutir por horas enteras sobre si está u otra bobería era la idea correcta a ser representada; que dejaban una familia colgando de su ausencia para amarrar con “escortey” ( según Anabel, no está bien visto decir scocht) un aparatejo olvidado en la basura; que dejaron a un lado la responsabilidad de invertir ese tiempo en buscar un trabajo para ayudar en su casa; que obviamente pensaban que todo aquello era lo más importante de su vidas y que de alguna manera establecerían un legado. Eso sin decir, lo que costaba ostentar algún promedio académico.

Si a veces fue solo por hacerlo, por hacerlo bien, o por intentar satisfacer lo mejor de la burocracia estadística que nos daría el primer lugar, a veces se colaba un raro aire que le daba sentido a todo. Algunos nos creíamos que así, estando juntos, se articulaba una comunidad. Una comunidad desde la que se defendían cosas, cosas inentendibles, incoherente balbuceos sobre lo que significaba ser universitario, en Cuba, en FCOM. Todo eso, supuestamente comprimido en una cancioncita o un videíto de cuestionable factura.

De alguna manera eso nos hacía sentir importantes, valiosos no solo para nuestra risa o disfrute. Aunque al final solo fuera para eso, y aquellas grandes sensaciones, que hoy me parecen ilusiones vírgenes, eran imprescindibles para impulsar aquellos empeños, para sentirnos dueños perpetuos de la transitoria y poco exclusiva (por suerte) condición de universitarios.

También era una Facultad distinta (supongo que aquí se note más el tiempo verbal en pasado ridículo en que he escrito esto, pero sería bueno que se note también la temible velocidad con que cambian muchas cosas). Con los que trabajé, les había conocido antes en más de un debate mensual sobre cualquier lugar físico o sociocultural de Cuba, o sobre nuestro propio espacio, dónde parecía que iba explotar todo el universo de nuevo y no pasaba nada.

Me sorprendí porque no eran los que iban a tratar de sanjar cualquier grieta de la realidad nacional en una pregunta y después de hacer arder las masas embravecidas, salían ovacionados y con leyendas perpetuas; sino otros, que escuchaban un poquito más de lo que decían (No voy negar que aprendí mucho también queriendo contradecir las elocuencias de esos personajes irónicos, aislados, tan cultivadamente cínicos y geniales que florecen en nuestra facultad).

En esa facultad la amenaza de la desaparición de la carrera era un fantasma olvidado. Teníamos la certeza vana de que nuestra responsabilidad política y cultural, tenían tintes históricos, en este tono de tribuna abierta. En efecto, una tribuna, más abierta que las habituales, pero en el lugar que debía serlo para que por fin el sentido alcanzara las cosas, le sirvió de excusa a unos olvidables incoherentes para dejar un hálito de tensión y temor impregnado en la vida universitaria.

Quizá ahí fue que muchos nos acostumbramos a hablar con tanta sutilidad de las cosas, porque nos decidimos a cerrar filas alrededor de la supervivencia y dejamos nuestros esfuerzos en cosas más perdurables. El muro que rinde culto a la rebeldía universitaria contra la dominación de cualquier sistema, quedó allí en el patio de G para que alguien lo descifre en el tiempo, después de muchos esfuerzos para que fuera posible, en uno de nuestros años más turbulentos. Aún y cuándo los diseñadores que lo hicieron no dejaron a nadie tocar nada, porque ellos eran los que sabían.

En la facultad de G teníamos también otras facilidades. La conexión del pasillo y el patio eran un punto de encuentro y discusión inevitable. Las ideas en alta voz que intentaban diseñar las actividades culturales del año entero, en el pasillo o el portal, difícilmente podían conservarse como cerradas o exclusivas. Casi todo era inevitablemente público, cuestionable. Por el pasaje de la oficina de la dirección, a través de la puerta abierta a veces llegaba el destello de las Copas.

Recuerdo que en el año 2010 descubrimos, en un movimiento de espionaje sexual, que la Facultad de Derecho, dos días antes de la gala, tenía el mismo tema que nosotros e impresionantes similaridades en su guión. La estrategia de respuesta debía ser desarrollada en secreto, para que pudiera ser un éxito. Mentira. Se reunió un montón de gente en la escalera y rápido apareció la respuesta.

No tan rápido fue la reunión que ese mismo año agrupó a más de 50 personas durante horas de la noche en el teatro, para tratar de definir cuál era el tema de la gala. De esa reunión y del genio de Rafa, han salido más o menos todos los temas de los últimos tres años. Como esa, hubo una decena durante todos los años, en las cuales se decidía que se iba a hacer a cada paso, a cada mes, aunque muchas veces no se hiciera nada. Por esa coherencia compartida, ese saber articulado e implícito, a nadie le resultó raro que en el 2011, en el bache habitual del espectáculo, Rodolfo se subía a taparlo oportunamente, sin parecer que rompía con algo.

Aun así, muchas veces nos sentimos solos y con mucho peso arriba. Cuando nos mudamos para Bohemia, hicimos un truco contra la ausencia del pasillo y con el único lugar disponible para trabajar. La escenografía se hizo sobre el portal de Bohemia, para que todo el que pasara se diera cuenta que había mucho trabajo y que hacía falta ayuda.

Confirmamos entonces lo que sabíamos desde el año anterior. Esporádicamente uno que otro se sumó, y aportó lo suyo, pero el grupo de amigos que se nucleaba , en los últimos 2 años, alrededor del actual 4to 2 de periodismo, tuvo que llevar el peso de todo (como antes otros grupos) y además, satisfacer las expectativas de los que querían un buen espectáculo y la Copa, como si el resto del año no hubiera pasado nada. (El Festival G506, el de noviembre del 2010, creo que a muchos se nos quedó en la memoria.)

En ese proceso permanente de ilusiones y desilusiones inatrapables (políticas, académicas y culturales; más o menos todo, cómo que unas bandejas de comedor de beca plantadas en la Plaza Cadenas cambiarían el elitismo más increíble del mundo), en ese hacer compartido, donde la cultura apenas tenía que ver con disquisiciones artísticas, está para mí, la tradición de cultura en FCOM.

Porque cuando todo el mundo espera la gala y evalúa sin el menor recelo su grado mayor o menor de entretenimiento, quedan ocultas estas pequeñas historias que constituyen, a lo largo del trabajo de un año en muchos frentes, a mi entender, una de las experiencias más valiosas con las que se forman los estudiantes de comunicación de la Universidad de la Habana.

Yo me cogí de siempre, no hay otro término, la responsabilidad de expresar ese proceso en videos que trataban de imaginarlo todo a duras penas. Lo hacíamos en ese lugar que parecía la casa más popular del barrio, donde todo el mundo llegaba para compartir algo, el Cuartico. Tuve la suerte de trabajar ahí, gracias al empeño de algunas profes, y en la medida de lo posible, puse ese privilegio en función de eso y de invitar a otros a hacerlo.

Hoy allí hay otros esfuerzos y habilidades, probablemente mejores, pero me encantaría ver más estudiantes queriendo soñar con la idea de agrupar talentos y autorías colectivas, no individuales, alrededor de las historias (Audiovisuales o no) de nuestro centro. (Sumándose al esfuerzo de muchos profes que se quedaron con eso colgando en el cuerpo, desde sus tiempos en el Festival de Cultura).

A mí me pareció ver a mucha gente en la última gala padeciendo de ese contagio, con ese peso encima. Los conocí y los ví sudar en función de eso. Lamentablemente, algunos trabajaban por primera vez juntos, minutos antes del ensayo. Lamentablemente, también ví la caja de videos a concurso, que solía estar llena hasta que no alcanzaban las memorias, vacía como si nadie hubiera tenido tiempo de compartir su trabajo, como si nadie se molestara en crear videos interesantes en FCOM. Tampoco me gustó ver representada una facultad distinta en los videos de la gala, pero me los disfruté muchísimo, pensando que lo suyo, en algún momento se podrá transformar en lo nuestro (y no sería la primera vez que mi socio Max lo logra).

No puedo dejar a un lado la responsabilidad de la generación anterior, que desde la otra facultad donde dábamos clases, no pudimos organizar lo suficiente nuestras vidas y nuestras tesis para dedicarles más tiempo a eso que tanto nos aportó a nosotros. Al menos eso me parecía leer entre nuestras caras en el Coppelia, un rato después del salir del penoso (pero ya casi glorioso) teatro de Psicología.

El resultado del show, ganar o perder la copa, al menos a mí me gustaría que solo sirviera, para llenar con más fuerza ese impulso. Ojalá gozara de tanta colectividad y popularidad como las fiestas que vienen a continuación.

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2 comentarios en “De una tradición de la copa de cultura en FCOM, o como mi nostalgia trae a coalición las cosas

  1. Me gustó mucho este post. He percibido ese sentimiento y creo que es la razón por la que mucho movimiento emergía de su generación de Fcom. Es admirable, sinceramente. No puedo decir que sienta nostalgia, porque no lo viví personalmente. Sí puedo reconocer un poco de añoranza. Quizás la evasión para ustedes no sea el camino, como para nosotros no lo es ese pasivo anhelo. En cualquier caso, gracias Fide y Rafa x el post. Tiene sentido para mí.

    1. Sarah, me alegra saber que personas de años más recientes les interesa pensar en torno a estas cosas, que Fide las llama aparentemente anodinas, pero creo que son carndinales, aunque no las únicas. Besos
      R

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