El discreto encanto de las inauguraciones

Exposición en el Gran Teatro de La Habana. Bienal de La Habana
Exposición en el Gran Teatro de La Habana. Bienal de La Habana

No sé de quién aprendí la maldita costumbre de ser puntual. En una isla como la nuestra, la puntualidad es algo así como un defecto, una deformación que el resto mira con mal gusto. Por suerte o por desgracia, lo cierto es que acostumbro a llegar unos cuantos minutos antes a donde quiera que me proponga ir.

Hoy, a las diez de la mañana, era la inauguración del Gran Teatro de La Habana como espacio expositivo de la Oncena Bienal. Allá llegué yo, con mis ínfulas de periodista media hora antes. Desde el mismo vestíbulo, un paso enrejado y una singular instalación lúdica anunciaban el paso a un sitio nuevo.

El Gran Teatro de La Habana, acostumbrado a los sonidos interminables del piano y a los pasos delicados de los bailarines, ha sido invadido por una horda de objetos que pueblan su tercera planta. Esperando la inauguración, me entretuve observando algunas obras ya expuestas y lo que insinuaban otras incompletas, que esperaban la arrancada.

Cerca de las diez, cerraron las puertas del teatro y quedamos dentro un grupo básicamente compuesto por artistas, curadores, periodistas y organizadores del evento.

Fuera, comenzó a agolparse la multitud de público que acude siempre a las inauguraciones. Ante las puertas del teatro se acumulaba un pequeño ejército, nutrido al transcurrir el tiempo por los curiosos paseantes de turno que se preguntaban las razones de semejante aglomeración.

Pasaban los minutos, y no acababan de inaugurar la exposición. Por todos lados se vislumbraban un montón de caras tensas. El portero, un señor voluminoso de cerca de seis pies de estatura, se plantó en la puerta y puso sus probables cien kilos en función de no dejar entrar. Ni siquiera, como fue el caso, un par de artistas o la responsable de comunicación del Consejo Nacional de Artes Plásticas. La orden era precisa; nadie pasa.

La vetusta puerta del otrora teatro Tacón, soportaba el acoso de estos bárbaros culturales, lo que desconcertaba al guardián. “No sé qué les pasa a esta gente”, decía, “ni que estuvieran vendiendo carne de puerco. “Total”, remataba “la exposición va a estar todo un mes aquí”.

Cómo explicarle a él, noble portero con una clara misión, la emoción insuperable de la inauguración, el dulce placer de estar ahí, el primer día, que nos vean, paseándonos orondos, saludando a los artistas famosos como si fueran amigos de toda la vida. No comprendería el horror que significa ausentarse al sutil pero implacable pase de lista que ocurre en estos casos. No comprendería el inocuo placer de las inauguraciones. No, él no lo comprendería.

En el momento climático, como aconsejaba Brecht, llegó el elemento ¿anticatártico? La inauguración, la esperada y demorada inauguración, se había pospuesto. Problemas eléctricos en la ciudad. Nada qué hacer. Cuánto tiempo perdido, cuánto mal rato inútil para el portero que, unas horas más tarde, deberá soportar un nuevo asedio.

Exposición en el Gran Teatro de La Habana. Bienal de La Habana
Exposición en el Gran Teatro de La Habana. Bienal de La Habana
Exposición en el Gran Teatro de La Habana. Bienal de La Habana
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