Añorado (re)encuentro

Hasta aquí, me dije. No soporto un día más sin pasear por el Malecón, vieja costumbre adquirida hace muchos años y que reforcé cuando emigré hacia el Vedado.

Salgo dispuesto a caminar. Sin rumbo, sin destino, sin tiempo. A reencontrarme con todos esos seres entrañables y familiares: vendedores sin fortuna, pescadores de orilla, parejas felices, parejas infelices, borrachos de muro, solitarios incurables, músicos de sonrisa tan triste como el payaso de Benedetti, la inocente sensación del viento soplando en contra, retumbando en mis oídos.

Todos, absolutamente todos miran mi miserable pinta y los contradictorios audífonos, y no saben si se trata de un mendigo con su trofeo o un extranjero excéntrico, que vienen siendo lo mismo en estos casos. Para colmo cometí la imprudencia de salir sin identificación. En fin, que tengo todas las papeletas para dormir en alguna estación hoy.

Intento seguir las huellas que dejan unos niños bañistas. Ellos venían en dirección contraria,  así que mientras más me acerco a lo que en términos de caminata era su pasado, más difusas se hacen sus huellas, más grandes mis especulaciones y más inútil mi empeño. Pocas veces he comprendido tan claramente el sentido de la historia.

Me cruzo con cientos de envolturas de condones. Cuando llegué al Vedado –un adolescente fabulador y todo hormonas- pensaba que eran las ruinas de monumentales orgías que se daban en la madrugada. Confieso que me decepcionó bastante descubrir que no eran más que un recurso usado por los pescadores.

La Tribuna Antiimperialista. Es una mole de piedra y metal lleno de óxido. Desierta. Me pregunto si ese será el destino de todos los sueños de aquel gigante ingenuo.

A la altura de la Rampa, el Malecón empieza a hacerse más denso. Los grupos de personas forman una interminable serpiente hasta donde alcanza mi vista. Aborrezco caminar por el Malecón cuando hay tanta gente, por eso prefiero hacerlo los días entre semana, o en invierno.

Tuerzo el rumbo, me pierdo por la primera calle que encuentro. De repente, me descubro buscando el banco en que nos sentamos en H y 21. Debe haber sido el hemisferio derecho de mi cerebro quien me condujo hasta aquí.

Hacia el Malecón nuevamente, necesito conversar con la mar (no voy a entrar en discusiones filológicas; para mí simplemente es ella). Tarde o temprano, siempre regreso a la mar. Es el amor más largo, él único que me ha durado toda la vida.

Me siento en el muro, a pesar las picaduras de los mosquitos y mis pies magullados por una caminata con los zapatos incorrectos. No sé por qué tanta gente se sienta de espaldas a la mar. Yo necesito verla. De frente a ella, con la vista en el horizonte, le lanzo verdes desafíos que como toda mujer frívola finge no entender.

La reto, la maldigo, la interrogo. Y una vez más, tiemblo ante la ausencia de respuestas. Me quedo escudriñándola, incluso cuando ya es evidente que no me dirá nada. Nunca me cansaré de ese diálogo. Es la angustia de no encontrar respuestas, y la certeza de que están en alguna parte, lo que algunos llaman vida.

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4 comentarios en “Añorado (re)encuentro

  1. La gente se sienta de espaldas a la mar porque no la entienden, porque es insondable. Es por eso que me gustaron tanto los espejos que pusieron durante la Bienal.
    Qué gusto compartir este amor por el Malecón con tantos amigos y colegas.

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