Y fue el alcohol, y los sentimientos compartidos, y la ausencia de una imprenta, y una cosa bastante parecida a la amistad lo que nos llevó a pensar que en un Martes cualquiera podíamos encontrar nuestro bar. Y lo pensamos y pensamos (no tanto la verdad), y acabamos por convencernos de que esta es nuestra hora de escribir lo que hace falta y hacer un buen silencio después.

Y lo dejamos ir, con más temores que certezas, pero empecinadamente convencidos. Y vimos que era bueno.

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