Este relato lo escribí en el 2008, cuando Israel desarrolló la operación conocida como Plomo Fundido, en la que bombardeó sistemáticamente la franja de Gaza durante varios días. En dicha operación, las Fuerzas de Defensa Israelí, con el sempiterno móvil de destruir los bastiones de Hamás, provocaron una auténtica carnicería que en medio mundo fue conocida como la Masacre de Gaza. Ahora que vuelven los aires de conflicto, les dejo este pequeño cuento, más por el motivo que por su dudosa calidad.

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1

Un pájaro refugia su vuelo en milenarias ráfagas de aire, y a través de sus pájaros ojos vislumbra los restos de una ciudad marchita. Recuerda que salió temprano en busca de alimento. El otrora visitado parque, al que acudían muchas familias que se divertían dando de comer a las aves, ahora es un terreno baldío en el que algunos árboles desafían las posibilidades de supervivencia y el fósforo blanco.

Con la mirada inquieta busca la rama que acoge su nido, esa donde sus pichones esperan indiferentes a todo; a los peligros que acechan, a la desertificación y al cambio climático, al bombardeo implacable que comenzó mucho antes de su nacimiento y forma  parte de sus sonidos ambientales.

2

En uno de los árboles del parque, un olmo añejo que podría contar la historia reciente del suelo palestino,  se instaló hace tiempo con su pareja, a la espera de los huevos que los millones de años de evolución les anunciaban que vendrían.

Una mañana el gorrión padre salió a buscar comida y no regresó. La gorrión; sometida por el hambre, voló a buscar restos de cualquier cosa comestible. Un par de metros más tarde encontró los despojos de su pareja atravesados por una bala que debió ser para un militante de Hamas o para un soldado israelita; el resultado era el mismo, un gorrión menos en el parque y una madre que en lo adelante tendría que salir para dar de comer a sus hijos.

Así empezaron las semanas de vuelos clandestinos, entre descanso y descanso de los otros pájaros aterrorizantes, que tapan el sol y cuando tocan tierra destrozan parques, edificios y familias; pájaros de vuelo impreciso y víctimas seguras que viven tranquilos en la cima de la cadena alimenticia.

3

Una vez fue capturada. Aunque le extrañó de encontrar un trozo de pan en la alameda desierta, no quiso desaprovechar la oportunidad. Su instinto animal reaccionó lentamente, apenas pudo moverse cuando los chicos la atraparon. En sus ojos de niños se percibía la malicia de los sobrevivientes de la guerra. El terror tiende a hacer esas cosas, a naturalizarse en las vidas de las víctimas y quien mejor que los niños para convertirse en sus huéspedes cotidianos.

Jugaron al fusilamiento, donde le quebraron un ala; jugaron a la tortura y perdió parte de sus plumas. Se disponían a seguir la diversión cuando encontraron un artefacto cilíndrico de aspecto brillante que atrapó toda su atención. La gorrión fue tirada a un lado del camino y los chicos, curiosos, comenzaron a trastear el aparato. La explosión repentina impidió que la sonrisa escapara de los rostros; apenas quedaron algunos restos irreconocibles de carne humana y su recuerdo en la memoria de un pájaro herido. De alguna manera llegó a su nido, donde sus pichones se distraían con un gusano que tuvo el mal tino de enrumbarse hacia esa rama. Con tristeza reconoció en los ojos de sus hijos el familiar brillo de la muerte.

4

Las semanas transcurrieron y la partida de sus crías se hacía notoria. Su afán de protección duró lo que la paciencia de sus hijos. El ansia de conocer más allá del árbol los desbordaba; ejercitaron sus alas, se dejaron caer del olmo para ver maravillados como su cuerpo se sostenía flotando. Su partida era cuestión de días.

5

Al llegar al lugar donde por décadas creció el árbol que le dio cobijo, al encontrar en lugar de su rama cenizas y tizones de madera encendidos, la gorrión se limitó a acomodar sus plumas y mirar a todos lados. Atardece en Cisjordania. Comienzan los llamados del al-mu´addin a la mezquita. Es viernes, y ni las agresiones ni  otra circunstancia pueden impedir la realización de la plegaria. Piensa que tiene que buscar otro gorrión, otro árbol, otra rama. Extiende sus alas y se lanza al cielo.

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