Testamento

Un texto de Carlos Manuel Álvarez, quien se resiste a revivir a Crónicas Obscenas, y al que gustoso cedo mi espacio. Un inquietante texto sobre nuestro futuro inmediato.

Para Rosa, Michel y todo mi piquete predilecto de Cubadebate, porque hicimos el mejor periodismo antes de empezar.

 He leído un texto de Fabián Casas y me he querido tirar por el balcón. No lo he hecho, por supuesto, porque yo tengo muchas vidas, y de nada hubiera servido. Otro aspirante a Werther, habrían dicho, otro payaso, y no con poca razón.

Me hubiera levantado muy tranquilamente y habría vuelto a subir las escaleras hasta reencontrarme conmigo, una vez más, en mi posición de siempre, pensando en qué voy a hacer con todo esto, ahora que ya casi tengo veintitrés años y pronto me gradúo de la universidad.

Se supone que la hora del juego ha terminado porque no tendrás un escudo social para salvarte. Nadie te pasará la mano. Nadie dirá pobre de ti, aún es inexperto. No son más que cláusulas. En el periodismo cubano, si uno está dispuesto a abrir los ojos, no hay nada que ver desde los lentes de graduado que no hayas visto ya desde los espejuelos de estudiante.

No hay ninguna verdad nueva. No hay ninguna ilusión. No hay ninguna expectativa. La experiencia es pírrica, y más bien dañina. La experiencia de la práctica del periodismo en Cuba es una experiencia aún más contraproducente que el estudio de manuales en la universidad.

Dice el texto de Casas, en su primera fase: “Nadie, en su sano juicio, va a tratar de crear a un lector, lo cual puede ser peligroso, porque se puede fracasar. Y no hay que olvidar que estamos en los tiempos de Operación Triunfo. ¿Qué se le dice a un pasante que va a entrar en la profesión? Le explican cómo se debe escribir una “cabeza” (lead), le dicen que debe tener chequeada tres fuentes antes de dar una noticia como válida, entre otras cosas. Lo que no le dicen es que va a ingresar a un lugar donde le van a borrar de forma completa el disco rígido. Y por cuatrocientos pesos.”

Pensemos en esto, ya de por sí bastante grave, pero no lo suficiente.  Trasladémoslo acá. Cualquiera sabe que la academia es uno de los males más leves del periodismo cubano. Cualquiera sabe que en el periodismo cubano la estética, las renovaciones formales, mantienen un segundo orden de prioridad. A nadie le interesa demasiado cómo se digan las cosas. Despreciar el cómo es el primer paso para despreciar el qué. Eso nos ha sucedido. Quien empieza despreciando la belleza, termina despreciando el honor y la verdad.

Los directores de medios, los militares o los cuadros que supervisan la prensa a hurtadillas, se las arreglan para ignorar abiertamente todo lo que tenga que ver con la decencia estética, no digamos ya con la literatura. Yo creo que no hay que preocuparse tanto por las fuentes institucionales, sino por contar historias. Pero claro, la pelea de las fuentes institucionales es una pelea burocrática. La pelea de los congresos. La pelea de las leyes. La pelea de los trámites. La única pelea que, a  los efectos, los periodistas cubanos pueden echar.

La pelea de salir a la calle y descubrir es más difícil -a mil años luz de nuestras posibilidades, estamos a mil años luz de lo elemental-, porque es la pelea de los guantes y los asaltos interminables. Es la pelea contra los púgiles profesionales y contra el misterio de lo que habita fuera de las coberturas programadas. Si de repente las cosas cambiaran, y estuviésemos en el contexto idóneo, ¿cuántos periodistas cubanos podrían hacer un periodismo real? Yo digo que muy pocos. No alcanzarían para una redacción.

Las redacciones cubanas están diseñadas para borrar cualquier rastro de originalidad, están diseñadas para homogeneizarte. Al cabo de cinco años en un periódico, quejándote todo el tiempo porque no te dejan hacer, terminas olvidando, o terminas no aprendiendo nunca lo que una vez pretendiste contar, si en verdad lo pretendiste.

Es imposible hoy, entre tantas víctimas, saber quién simula y quién sufre las esclusas de la prensa cubana. El discurso de mártires es un discurso vacío. Los imaginistas decían que una nueva forma es una nueva idea. Hace falta, pues, una nueva forma de quejarse, para ver si alguien nos toma en serio.

Los médicos no tienen por qué creer que escribimos obligados, o que escribimos notas que no queremos, si nosotros no le creemos que ellos necesitan cobrar la consulta. La inmensa mayoría de los periodistas cubanos que se molestan cuando los culpan –yo diría que un noventa y ocho por ciento. De acuerdo, un noventa y siete- prefiere que las cosas no cambien. Les conviene. Consciente o inconscientemente legitiman el orden que luego en los pasillos se encargan de condenar. Es fácil, y triste, justificarse internamente. Es la mayor muestra de provincianismo posible.

Esa centralización asqueante hacia tipos que en sus cúspides jamás han escrito un párrafo, es tan efectiva que hoy, no se engañe nadie, los periodistas son también culpables de su propia suerte. Asesinos de sí mismos. Se han adaptado a un ritmo que tarde o temprano termina comprándolos. Con un viaje, con un privilegio, con un cargo, o simplemente con el acomodo de no romperse la cabeza para escribir una página con poesía.

No tengo más que mirar a los lados. Pocos son los muchachos que no saben  hacia dónde coger, ahora que se acerca el fin de la universidad. En par de meses vendrán esas legendarias reuniones de grupos donde los estudiantes blandirán como espadas sus participaciones en desfiles, sus notas altas, sus méritos revolucionarios (pero qué entendemos por méritos revolucionarios, por dios),  e intentarán aplastar al rival, sacarle en cara -en el mejor de los casos- sus deslices docentes, su falta de compromiso (es la mediocridad mezquina autorizada al baile), y todo para agenciarse un puesto en la televisión, o en Prensa Latina, o en algún otro sitio absurdamente prestigiado.

Luego se lamentarán porque no les dejaron hacer lo que pretendían. Falso, no pretendían nada, apenas sobrevivir, algo que -así de mal estamos- tampoco se puede condenar. Pero yo creo que si lo que se quiere es sobrevivir, entonces lo prudente sería mantener silencio.

Solo para un puñado de estudiantes el término de la universidad se vuelve un conflicto trascendente, un conflicto ético. Huir de los periódicos, huir de la visibilidad, refugiarse en alguna revista, en algún centro de investigación, en alguna docencia, donde los niveles de exposición al uranio sean menores. Es triste que uno reniegue de los lugares donde mejor debiera aprender las esencias del periodismo. Es triste abjurar de los periódicos y las emisoras y las agencias donde los combates y las cicatrices podrían moldearnos el carácter y la fe. Hay un par de individuos que quisiera salvar de tanta podredumbre, pero no es este un testamento de especificidades.

Dice Casas, en una segunda fase alucinante, de graciosa raíz ginsbergiana: “He visto a las mejores mentes de mi generación sentados frente a sus máquinas, frustrados, jugando un single de tenis con el reglamento cada vez más simplificado. Dostoievsky, preso en la Siberia, contaba que nada quebraba más la voluntad de un hombre que obligarlo a realizar trabajos insensatos. Lo podemos comprobar con sólo echar un vistazo a una redacción.”

Lanzo por el balcón al estudiante que fui. A veces se leen cosas que nos dejan expuestos. El cuerpo hecho mierda. Los ojos resecos. La boca con hormigas.

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10 comentarios en “Testamento

  1. Además de ser esto una pista del retorno de Sherlock, y una perreta de las tuyas… para qué nos dejas con ese sinsabor en la boca? Para que renunciemos a la tesis? No sé… ya tu calidad está probada asere, deja de darnos (y darte) cocotazos

  2. Yo de pronto me dije, y quien es ese Fabian Casas graduado de FCOM y con ese clase de nausea que no conozco?? Y mira que descubri: es argentino, jaja, y cobra 400 pesos. Que coincidencia! Carlitos, con cosas como esta tu te estas salvando, socio, igual que Rafa, pero no te confies, solo la desesperacion te va a seguir salvando (era Benjamin, creo, eh?, “la esperanza se me da a traves de los desesperados”). Pero no desesperes tanto que te me vayas a fundir. El Rafa es mas ecuanime, por ese no tengo tanto miedo….. http://fabiancasas.tripod.com/id1.html

  3. Cuando leí el post de Carlos Manuel no pude evitar pensar que formo parte de esos estudiantes que se van a graduar, que aunque muchos no lo sepan no le gusta escuchar cómo todos los males de la prensa cubana se los achacan a los periodistas. Concuerdo con Carlos en que muchas veces ellos mismos son los que terminan antes de empezar y olvidan algo que nos decía el profesor Raúl Garcés hace unas semanas, el periodista debe practicar la indisciplina y tal vez hemos pecado de hacer todo lo contrario. Pero también es triste ver cómo muchas veces al intentar hacer un trabajo que no peque de apologista aparecen en el camino más trabas que a Hércules en sus ¿12 trabajos? Al conversar con mis amigos de la CUJAE no puedo evitar sentir impotencia cuando sale a relucir el tema del periodismo cubano y comentarios tales como “si el noticiero es de la TV nacional ¿por qué la mayoría de las cosas son internacionales, o cuando son de Cuba todo está bien y todas las noticias se parecen?”; “el papel aguanta todo lo que le pongan” y cosas por el estilo… Hace algún tiempo vi fragmentos de un programa hecho por Eliecer Ávila –el muchacho de la UCI que le hizo varias preguntas a Alarcón- donde se ponía a reflexionar sobre la prensa cubana. Aunque se montaba en un discurso un poco ingenuo de que el periodismo en otras partes del mundo responde a los intereses del pueblo y decía todas las cosas cómo eran, Eliecer menciona algo que resulta muy importante y es que el periodista debe ser ante todo un funcionario al servicio del público, no portavoz de las ideas establecidas. Pero es que también surgen otras problemáticas que mencionaba Rafa hace algún tiempo en “Para caerse del verde limón” donde escribía que los periodistas también debían comer y alimentar a su familia. Tal vez yo no sea la persona más indicada para hablar ahora de estas cosas, pues la mayoría de los que me conocen pensarán que no me asaltan este tipo de preocupaciones -que sé que no son solo mías y que no estoy diciendo nada nuevo-. Pero es que al revisar mi correo y leer el post de Carlos me dieron muchas ganas de practicar la irreverencia. Tal vez esa sea una de mis metas para el próximo año.

  4. Jah, pero calma, pueblo, calma… Carlitos, te prohíbo, si me permites, comunicarle tan efectivamente a los que aun no se gradúan esa decepción tan tempranera… Por favor, Carlitos, coincido con Javier, no les quites las ganas de la tesis. Estás siendo como los que se quejan y se escudan.
    Mira, chama, primero hay que ir pa la candela, que te muelan la cabeza a cocotazos, soportar a los ineptos y acomodados dirigiéndote, inyectarte paciencia en vena con las fuentes, con la gente en la calle, con los que te niegan información, con los que piensan que tú no quieres poner información, con la información que tienes (gorda, gigantezcamente gorda y sucia) y que no puedes publicar…
    Primero todo eso, y los pequeños logros y las brechas que abres, y los cambios que ayudas a formar… Primero todo eso y después la decisión: si el cálido rincón de una revista (quizá con mejor salario), o el público reconocimiento o juicio sobre ti, en la palestra pública…
    Pero las cosas por orden. Créeme, es más sano…!!! Experiencia propia.

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