Violeta se fue a los cielos, mi mejor apuesta en el Festival de Cine

Fotograma de Violeta se fue a los cielos, película de Andrés Wood concursante en el Festival de Cine
Fotograma de Violeta se fue a los cielos, película de Andrés Wood concursante en el Festival de Cine

Este es un texto a deshora. Una amiga me comentó que Violeta se fue a los cielos fue exhibida hace meses en nuestras salas. Aunque era una de las pocas películas que tenía seleccionada para ver desde un inicio, tardé una semana en dar con ella. Lástima.

El director de cine debe ser como los alquimistas de épocas remotas, que intentaban mezclar sus productos para obtener un producto otro, a través de la irrepetible conjunción de elementos tradicionales. Guiándonos por esta idea podemos decir que Andrés Wood -quien probó su valía con un filme como Machuca– es un gran alquimista. Casi un mago, el director chileno tomó la biografía de Ángel Parra sobre su madre, las canciones de una de las mayores folclorista de los Andes, una descomunal Francisca Gavilán, el auxilio de experimentados hombres y mujeres del cine y los transmutó en Violeta se fue a los cielos, una cinta memorable, que roza la perfección.

Tomando como eje una entrevista televisiva a Violeta Parra, Wood arma una vida impresionante en la que acompañamos a la artista chilena desde su infancia, cuando aprendía el canto de los pájaros, hasta el pistoletazo final. Montaje nada convencional, que sin temor a apelar al simbolismo y a la ruptura espacio-temporal (o precisamente por eso) atrapa la atención del espectador.

La oportuna fotografía de Miguel Ioanis Littin aprehende  la atmósfera contradictoria y trágica que acompañó a la cantora. Es además el complemento perfecto para la música de la madre de la Nueva Canción Chilena, interpretada por una –no me canso de repetirlo- sensacional Francisca Gavilán, que nos entrega una Violeta Parra endeble, entera, sublime, patética, humana. Música que se enseñorea, subyuga y devora a la película en incontables ocasiones, como cuando la Parra/Gavilán se pone a cantar a unos campesinos acompañada por el grave ton ton de un bombo nortino y su inmensa voz.

Atentando contra mi condición de trovadicto y melómano, confieso que apenas conocía de Violeta Parra. Mi retrato particular se compone de imágenes inconexas; un Gracias a la vida, una canción de Silvio, ciertas huellas en Víctor Jara e Inti-Illimani, la pertenencia a un clan mítico, un nombre obligado cuando se habla de las cimas de la canción y el arte latinoamericano, el suicidio. Nada más. Ni su canto, ni sus andanzas, ni sus tapices y cuadros, ni su tormentosa vida.

Durante 110 minutos Andrés Wood permite asomarse a todo ello, provoca y deja con ganas de sentir la savia de los Andes fluyendo en la voz de Violeta. A él, a Ángel Parra, a Francisca Gavilán y a tantos otros, las gracias por hacer un filme que muchos guardaremos en la biblioteca de los grandes momentos.

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