Liliana Herrero: una montaña alimenta su voz (+ Video)

Texto: Rafael González Escalona. Fotos: Kaloian

Concierto de Liliana Herrero en el Centro Pablo. La Habana, Cuba. Foto: Kaloian
Concierto de Liliana Herrero en el Centro Pablo. La Habana, Cuba. Foto: Kaloian

Tenía una deuda pendiente con Liliana Herrero. Una noche de alcoholes y canciones, un borracho entrañable me dijo “Cuando la escuches, vas a entender un par de cosas de la música”.

En su anterior visita no pude arrimarme a su canto, pero no olvidé lo que dijo mi amigo. Por eso cuando supe de su retorno decidí posponer todo para encontrarme con Liliana y su voz en esa guarida de la canción que es Muralla 63.

Hacía mucho que no iba al Centro Pablo. No reconocí ese mural que estaba a mi derecha, no reconocí las caras que me rodeaban; con mucho esfuerzo, distinguí un par de rostros familiares que me convencieron de que no había perdido el rumbo y estaba en el lugar correcto.

La tardanza es el sino del cubano, tarde nos independizamos, tarde reconocimos los errores del modelo soviético, y tarde comenzó el concierto. Sueño con un día en el que alemanes y japoneses, asqueados del frío y los mojitos mal preparados, emigren masivamente hacia Cuba y nos impregnen de su consabido sentido del tiempo. Mientras, no nos queda otra que esperar sentados por que finalmente empiecen los conciertos.

A mi lado, por todas partes, flotaban sensuales las voces de argentin@s que habían acudido a ver a su compatriota. Verdad que son lind@s, si hasta dan ganas de que pierdan otra vez en el Mundial de Fútbol para tener qué reprocharles.

La tarde cedía terreno cuando Liliana y los chicos de la banda + nueva aparecieron en escena. De habérmela cruzado por la calle hubiera jurado que era una de esas doñas con cara de matriarca que pueblan nuestras tierras, esas que rigen los destinos de las familias y protagonizan no pocas novelas del continente. Pero ahí, frente a mí, apenas bastó que entonara la primera canción para que esa imagen se viera atropellada por otra imagen profunda, la imagen de una voz que se cuela por la más mínima hendija y se adueña de tu alma, y la lleva a viajar por caminos hermosos y desconocidos.

¿Y dónde había estado yo estos 23 años, y dónde había estado Liliana Herrero? ¿En qué mundos absurdamente paralelos vivía esa voz que me devolvió un par de certezas que había perdido, dónde habitaba esta mujer que quiero llevarme a todas partes como un amuleto para los días duros y dulces?

De entrar en ese momento al Patio de las Yagrumas, un visitante hubiera visto sobre el público físico a sus hipnotizados espíritus ante la música mística de la Herrero. Ir a un concierto de Liliana Herrrero no es sentarse cómodamente a escuchar a una excepcional intérprete, es un acto de comunión en el que a veces los momentos más emotivos pueden llegar en ese diálogo permanente que establece con la audiencia.

Y yo, desde mi asiento, miraba sobrecogido a aquella mujer vibrante para la que un concierto nunca es una fría disertación, y por eso se interrumpe a sí misma para conversar entre y durante las canciones, interpela al público, se despeina, ríe, baila, llora, pierde la voz, vive el concierto.

Ensimismado como andaba, no me percaté en qué momento un montón de argentinos odiosamente hermosos aguaron mis ojos cuando entonaron esa estrofa de la intensa Oración del remanso que dice “Cristo de las redes, no nos abandones, y en los espineles, déjanos tus dones”. Allí, emocionado con una canción al Remanso Valerio, el hogar del Cristo de las redes, una canción ajena y entrañable, entendí las palabras de mi amigo.

“Yo tiendo a desarmar las cosas”, confesaba la cantante en algún momento. Como Chavela Vargas, como Omara Portuondo, para suerte nuestra Liliana toma las canciones y las hace inconfundiblemente suyas. “Cuando uno hace estallar una tradición, uno encuentra en ese estallido voces fundamentales que nos demuestran que esas voces todavía tienen algo que decirnos, y si no las usamos, estamos haciendo simplemente covers” dijo  En esta perspicaz frase se encuentra su secreto, el secreto de la canción auténtica, la invención que no es un acto de creación a partir de la nada sino el hallazgo -dentro del magma de la memoria colectiva – de las claves para una canción verdadera, irrepetible.

Escuchándola cantar (y hablar), uno detecta las lecciones de Violeta Parra, de Mercedes Sosa, esa lectura paciente de las raíces del continente que no es el aprendizaje académico que devuelve un producto pintoresco. Con Liliana Herrero cada canción parece salida de alguna región bien adentro al sur, de algún punto profundamente nuestro de la geografía del continente.

Sin afectación, Liliana dejaba salir su condición de maestra filósofa a través de sencillas lecciones. “Hay que comprender tantas cosas para comprender un país. Y aquí cantando, suceden un montón de cosas pequeñas como el canto de los pájaros, o las hojas de los árboles cayendo. En esas cosas pequeñas se descubre un país” decía, suavemente, con la voz tranquila con que se dicen las grandes verdades.

“Me parece a mí, o estoy bastante lúcida, será el vino que me dio María?” decía Liliana mientras la noche oscurecía el Patio de las Yagrumas. Y sí cantora, estabas lucídísima, estabas recordándonos a través de tu canto el sueño eterno que es la Revolución.

(Tomado de Cubadebate)

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