Pésame

Por Carlos Manuel Álvarez Rodríguez

-¿Qué cosas lo aburren?

-El discurso vacío de la izquierda. El discurso vacío de la derecha ya lo doy por sentado.

Roberto Bolaño.

viva chávez

Para mí, la noticia de la muerte de Chávez iba a tomar dimensiones notables, casi tan notables como la reciente eliminación del equipo al cual pertenezco del campeonato de fútbol universitario (quien crea que eso es poco tiene prohibido leer mis artículos), pero la alharaca de mis contemporáneos en Facebook hizo que de golpe se apagara la impresión: un jarro de cerveza sobre los tizones del fuego.

Tuve que salir de Internet, irme para casa del viejo –mi viejo es un derroche de sinceridad-conversar un rato en la sala, escuchar la voz de Mercedes Sosa, mirar un poco de imágenes, y solo así empezar a tantear, con cierta nitidez, el cuerpo detrás de la abstracción que es la muerte de una persona. Y más. Detrás de la abstracción que es la muerte de un político.

El hemisferio de La Habana dista kilómetros del cacerolazo y las polémicas públicas en Buenos Aires, o de la agitación perenne en Caracas, o de los rafagazos estudiantiles en Santiago, o de los mítines en Quito, propio de las revoluciones que se inician, felizmente inocentes y hermosas. Cuando La Habana mira a Chávez no descubre nunca al Chávez prócer, al nuevo estandarte de la integración latinoamericana, es incapaz de construir o de apostar por semejante imagen. Ese es el credo de La Habana histórica, no de La Habana concreta, que se preocupa por el Chávez suministrador de petróleo y, más importante aún, por el Chávez sujeto, por el simple individuo.

Cuando dieron la noticia, la mujer que estaba a mi lado se largó a llorar. Luego dijo que estábamos jodidos. La mujer lloraba al líder carismático por el que los cubanos sienten, a fuerza de tiempo y cercanía, cierta propiedad y mucho afecto. No lloraba por la pérdida del sucesor de Bolívar. Nadie puede llorar por eso.

Lloraba, además, por inexperiencia infantil, impresionada ante el maligno. Los cubanos nos creemos acostumbrados a merodear el borde del huracán, un huracán, por cierto, translúcido, pero no nos sucede nada estremecedor desde hace siglos. Por tanto, nadie se tomó en serio la posibilidad de que Chávez falleciera. Una actitud comprensible si tenemos en cuenta que a Cuba no se le muere alguien lo suficientemente legendario desde 1967.

Sin embargo, en otro orden no menos perentorio, la mujer solo atinó a decir que estábamos jodidos porque aún tenemos bien marcado en la paciencia las largas horas de apagones y nuestra búsqueda incesante de las escurridizas fuentes de energía. Si los continuadores de Chávez no logran reelegirse en Venezuela, los cubanos se imaginan, desde ya, sentados en los portales, con abanicos y periódicos en las manos, espantando mosquitos y ahuyentando el calor, un folclor que nadie quiere rescatar.

En Facebook, por su parte, yo presencié de todo. Expresiones muy sinceras, contorsiones de profundo pesar ante el suceso, y gente lagrimeando con el lenguaje de los comunicados oficiales. Reconocer que les preocupó la ausencia del Chávez generoso les pareció mezquino, algo bajo y rastrero. Declarar que lamentaron la pérdida de un hombre les pareció poco, muestra bastante insuficiente de los deberes revolucionarios.

Hubo quien dijo, carajo, que nadie diera un paso atrás, que aquí en La Habana, atrincherados, ya sabíamos lo que teníamos que hacer. Si el momento no hubiese sido lo suficientemente grave, yo le habría respondido lo que un amigo me sugirió. “Sí, ya sabemos lo que tenemos que hacer: buscar el pollo de dieta”. No lo hice, porque habría quedado como un pedante, y en nuestra experiencia histórica oficial el humor no tiene cabida.

Esa gente debe aprender, cuanto antes, algo esencial, y no repetir el discurso de barricada que le han instaurado en la cabeza, a riesgo de parecer francamente ridículos. Hay un problema de claridad, pero también de forma.  No sabemos condolernos por la muerte de un líder, aun cuando la sintamos, como si el líder fuera casi un familiar. No sabemos situarlo a la altura de nuestros conflictos personales, que es la altura más decente posible.

Hemos olvidado, en política, el dolor real. O  mejor: su manifestación. Ahora, por ejemplo, sentimos dolor real, es palpable, pero ignoramos cómo sacarlo. Copados por el maquillaje retórico, hemos desenfundado el pañuelo negro del duelo tremendista. Los medios siguen inundados de simulación, el único método que conocemos. Simulamos hasta cuando no queremos simular. Uno sabe de la conmoción porque sale a la calle, porque habla a lo corto con las personas, pero no porque descubra en el empaque de las letras cifradas la pesadumbre del país.

La sublimación del sentimiento épico es el mayor mal de la nación. Yo pensé, para qué negarlo, que la muerte de Chávez me haría disfrutar un tanto menos el Clásico de Béisbol (quien crea que eso es poco tiene prohibido leer mis artículos), y pensé que ese hombre no iba a ver ahora los batazos de Miguel Cabrera o Pablo Sandoval, para quienes tuvo en varias ocasiones palabras de elogio.

Es decir, pensé lo que siempre pienso cuando la muerte me empieza a rondar -delante de los ojos- en formas y gestos definitivos. Ya no hay manera de que Chávez se tome un café, o de que siga intentado las empresas que formaban su rutina diaria. Unir Latinoamérica. Eliminar la pobreza. Solventar a Cuba. Pienso en Gustavo Cerati, por ejemplo, ingresado en un hospital de Buenos Aires, con un coma prolongado, que no sabe lo que pasa en el mundo desde el 2010, o sea, no funciona, no canta, no compone, pero aunque jamás vaya a recuperarse, le deja a uno la impresión de que sigue ahí, en una sola pieza, sin descomponerse (es una metáfora, ya sabemos que Chávez no se descompondrá).

Lo singular de la muerte es su contundencia, la manera en que volatiliza el cuerpo y resquebraja lo que antes era una unidad. He ahí un eslogan, por si lo quieren: la muerte es como el imperialismo. Pero algo se aprende. Algo he aprendido yo de las muertes que me han impresionado -las de mis dos abuelos y la de Félix Hangelini, un desconocido poeta cubano asesinado el año pasado en el DF. Se pasa de la consternación al aturdimiento, del aturdimiento a la inconsciencia y de la incosciencia a un vacío pausado que se ensancha con los meses, como el agua derramada sobre la mesa.

Algo se aprende, también, en el manejo de los héroes y las figuras públicas. Hay que tratarlos con recelo, dejar que el tiempo los lave (uno debiera, en verdad, dejar que el tiempo lo lave todo), y aunque no creo que sea el caso de Chávez, más de un pueblo se ha perdido detrás de la euforia pasajera, o del dolor general y las vestiduras rasgadas, o del encubrimiento, por parte del poder, de deslices y trampas imperdonables. Pablo de Rokha llegó a componerle una oda a Stalin. Pound hizo proselitismo para el Eje. Y Guillén le dedicó unos versos a Pavón.

La pérdida de Chávez me parece lamentable. No creo que, en lo adelante, su impronta decepcione, sino que, sea cual fuere los resultados y el destino de la más inmediata Venezuela, le ocurrirá la gracia que le ocurre a los líderes que fallecen al inicio de sus gestas. Lo exonerarán de culpas, y si algo sale mal habrá sido porque Chávez no estaba.

Yo sigo creyendo que esa es otra tendencia desacertada, de abierto germen fanático, un tanto vulgar y ahistórica, pero he de reconocer que hay también una dosis de mito en las muertes de héroes que con frecuencia puedo tocar: la de un niño cualquiera, la del Che Guevara, y más recientemente, en ocasiones, la de Martí.

Quisiera entender, de igual manera, la muerte de Espartaco y la muerte de Cristo, pero me faltan un par cosas esenciales para la supervivencia en este mundo: cultura antigua, referencias latinas, y esperanza y fe en la religión.

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5 comentarios en “Pésame

  1. Creo que hay que sentir empatía ante la muerte de cualquier ser humano. Además, todos tendemos a sentirla… porque tememos morir. Pero es trágico que la muerte anunciada de Chávez opaque las muertes repentinas y violentas de los cientos de miles de personas que fueron asesinadas en Venezuela durante su mandato, a manos del crimen. Entiendo que todos los caudillismos populistas hacen un circo necrófilo-político alrededor del cadáver del líder. Lo que pasó con Lenin, Stalin, Kim Il-Sun y su hijo, también pasa ahora con Chávez y pasará con Fidel. Cuando todo el aparato político depende tanto del culto a la personalidad, los aparatos de propaganda tienen que asegurarse que ese muerto en particular será más llorado y más extrañado que el resto. Pero… lo merece?

    Si quieren, ignoremos ese cinismo. Ignoremos que no se jugó con mucho secretismo y mucho ‘ganar tiempo’ durante la convalecencia del hombre. Hagamos de cuenta como que murió el día y a la hora que digan que murió. Hagámonos los de la vista gorda también ante el fracaso económico, el dólar en negro, la inflación record, la corrupción record, las valijas, el Tribunal Suprema dependiente de los caprichos del Ejecutivo, el odio hacia Estados Unidos cuando le vende todo su petróleo a Estados Unidos (y a los chinos les daba aún mayor tajada en inversiones petroleras que lo que tenían los americanos antes de Chávez), el enfrentamiento con las organizaciones nacionales e internacionales de derechos humanos, que no hubo dictador en el mundo que Chávez no abrazara…. pensemos que hay golpes de Estado buenos, como el que dio Chávez, y golpes de Estado malos, como el que le hicieron a él… pasemos por alto las expropiaciones arbitrarias a grandes y a chicos, la lista negra de los cientos de miles que impulsaron el referendo revocatorio y luego fueron despedidos y se les prohibió conseguir desde un empleo o una licencia estatal hasta un carnet de identidad o un pasaporte… ignoremos la destrucción de la república, de las instituciones, del respeto a la Constitución que dicen tanto adorar… ignoremos todos esos detalles t vayamos al grueso del asunto: las muertes.

    Los muertos de Pinochet fueron 3500, entre desaparecidos y ejecutados. Los desaparecidos bajo la Junta Militar argentina fueron casi 10 mil. Pongamos que nos creemos la cifra inventada de 35 mil que repite Cristina Kirchner, para no complicar la discusión. Vamos bien? Bueno, las fuentes más conservadoras hablan de 120 mil homicidios durante el gobierno de Chávez en Venezuela. La cifra más precisa es de 155.788, contabilizando sólo hasta 2010.

    Es horrible. Redondeamos muertos de a miles. Es muchísima gente. Es un casi 50% más que todas las bajas –civiles y militares– durante la guerra de Irak según WikiLeaks. Son más muertos que los que se contabilizan durante el mismo período en México, un país con cuatro veces más habitantes, durante el enfrentamiento de carteles más sanguinario de la Historia. En un fin de semana promedio, durante el año pasado, moría más gente asesinada en Caracas que en Kabul y Bagdad sumados. Esa es la envergadura de lo que estoy hablando.

    La inseguridad era un problema en Venezuela antes de que asumiera Chávez, pero un crecimiento del 223% en homicidios no es un detalle… hay una causa de gobierno. No todos son víctimas de crímenes comunes… tienes bandas armas de ‘para-malandros’ que fungen de milicias chavistas para mantener control en el interior e intimidar gente que se niega a venderle sus propiedades al Estado, o a votar. Tienen aceitadísimo un sistema por el cual esas muertes pasaban a engrosar las cifras del delito común. Balacean personas por docena diaria en Venezuela, así que es muy fácil barrerlo bajo la alfombra. Apenas tres de cada diez homicidios superan la fase de investigación policial, y de esos sólo uno llega a juicio.

    Y ni se nos ocurra pensar que esto no se desbordaba fuera de las fronteras de Venezuela. Dentro de Venezuela, Chávez le permitió operar a grupos armados ilegales como los Tupamaros, La Piedrita y el FMLN. Fuera de Venezuela usaban armas provistas por su gobierno. El gobierno chavista hizo que los rusos establecieran una planta de Kalashnikovs en Venezuela. Criticó las guerras estadounidenses, pero le dio armas a la guerrilla colombiana, cuya única agenda (que nadie se engañe) es el asesinato y el tráfico de drogas. Y a nadie del gobierno le importaba ésto. Lo que sí preocupaba a los gobiernos regionales, o por lo menos a los gobernadores de los estados fronterizos, era la influencia creciente de los soldados del Frente Bolivariano de Liberación. El FBL es abiertamente chavista y estaba compuesto en 2005 por unos cuatro mil guerrilleros armados. Los vecinos se quejaban a los gobernadores, los gobernadores se quejaban a Chávez. Chávez decía que no era problema suyo, que él “no necesitaba” a los jóvenes soldados del FBL, y que ellos hacían sus cosas, por su cuenta. Más muertes. Mientras tanto a la policía le pagaban mal y los ubicaban en condiciones muy inseguras.

    Quién llorará a todas esas muertes? Muy pocas personas. En parte, porque el gobierno venezolano hace todo lo posible por ocultarlos. También porque a partir de cierto punto ya te da lo mismo, salvo que alguna víctima te toque más de cerca. Y mientras Chávez se va a un lujoso mauseleo a servir de reliquia y talismán de su régimen, como pasó con Lenin y Hô Chi Mihn, hay decenas de mlies de familias pobres que no tienen ni para comprarle el ataúd a sus hijos, sus hermanos, sus padres.

    Entonces, entre tanta muerte… podemos decir que la impronta de Chávez sobre la Historia de Venezuela será buena?

    Sólo si ellos se siguen imponiendo, y mantienen poder como para escribir la Historia Oficial, a ver si los absuelve.

  2. Carlos, tu texto me parece muy sincero, la primera vez que lo leí capté algunas ideas pero no supe bien a dónde querías llegar, sin embargo ahora que lo releo, es como un alumbramiento porque lo he sentido muy coherente y en fin, lo entendí todo, al mismo tiempo que me entró un escozor. Al inicio era fácil, murió Chávez y a mí me daba por llorar, y sí, porque soy llorona, sentimental, como sea, lloré mucho la semana pasada, ahora que ya han pasado algunos días, no sé qué hacer, me sigue doliendo la ausencia de Chávez, pero no basta con llorar, a estas alturas uno debe preguntarse por qué llora y si debe seguir haciéndolo, o si debe seguir hablando de Chávez y su ausencia o hacer lo que otros muchos, dejar el tema y seguir con el día a día. Es cierto que no lloro la pérdida del sucesor de Bolívar, -porque no conocí a Bolívar, sé muy poco de él, y por mucho que se relacionaran uno y otro, no pude sentir esa unión desde el punto de vista afectivo, quizás con Martí sí porque tengo vivencias y emociones relacionadas con Martí-, pero sí he llorado la pérdida del protector de los venezolanos y de Latinoamérica, es así como lo siento, no sé en qué momento comencé a percibir ese sentimiento del latinoamericanismo, supongo que sucedió, -y parece lógico- cuando comencé a conocer a latinoamericanos, gente que visita mi Ciudad (Holguín) por eventos culturales, sobre todo, y comencé a sentir que tenemos los mismos traumas históricos, de dictaduras, revoluciones, las mismas precariedades (salvando las distancias), y con Chávez sentía esa conexión, como si fuera el líder de todos nosotros, los latinoamericanos.
    Comentas que “la alharaca de mis contemporáneos en Facebook hizo que de golpe se apagara la impresión”, quizás porque se pusieron muy tremendistas y muy solemnes, pero es que a veces, ante la impresión de un hecho que nos supera, que nos hace sentir impotentes, del que solo podemos vislumbrar sus consecuencias como si viéramos a través de un vaso con agua, no hay manera de recurrir a otro discurso, ese medio enajenante y retórico, que no dice nada en su esencia, pero eso solo tiene que ver, con que la gente, o no se conoce a sí misma, o no sabe cómo expresarse.
    Con respecto a que uno debe “tratarlos con recelo, dejar que el tiempo los lave” estoy de acuerdo, uno tiene que ser objetivo aunque no siempre lo logre, tener prendido el bombillo rojo, pero que el recelo y la objetividad no te hagan un tipo que no toma partido por nada, creo que uno tiene que arriesgarse con una persona, con lo que ha hecho, con su obra, por decirlo de alguna manera, y no se trata de justificar los errores o tratar de omitirlos, sino de calibrar y no perder la perspectiva de qué es realmente importante.
    Hay un par de frases ahí que me llevan a pensar que sí crees en el sucesor de Bolívar, (que no eres el que lo mira todo desde arriba) pero cierto pudor de intelectual y tipo objetivo no te permite dejarlas ahí, o sea sin el pero que viene después: “…y aunque no creo que sea el caso de Chávez, más de un pueblo se ha perdido detrás de la euforia pasajera…” y “No creo que, en lo adelante, su impronta decepcione, sino que…” En fin, que también eres de carne y hueso y quizás algún día te permitas frases como “ya sabemos lo que tenemos que hacer” (no sé en qué contexto lo oíste) sin que eso se refiera a buscar el pollo de la dieta, sino a algo más tremendo como irse a pelear en un combate, como hizo Bolaño cuando se fue a Chile, desde México a rescatar la Unidad Popular.

    PD: Lo que leo en el primer comentario de este post, me parece haberlo leído textualmente en otro lugar, en la columna de Vargasllosa del País…

  3. @Chely… que lo diga Vargas Llosa es razon de demerito? La ultima vez que tuve noticia era un analista politico de rango y un escritor que ha impreso una marca indeleble el rostro de la narrativa. Chavez era un perfecto ejemplo de lo que Carlos Alberto Montaner (un Carlos menos emotivo y mas preciso) llamaba “El perfecto idiota latinoamericano”, espero que entiendas la licencia poetica. O quizas decidas hacer un analisis punto por punto de donde mis ideas rozan la frontera del desafecto y donde “somos de carne y hueso y nos permitimos frases como esa”. Si te lanzaras, no olvides que no somos ocasionalmente de carne y hueso, somos, esencial y extemporaneamente… de carne, y de huesos.
    Si algo preciso he escuchado o leido en toda mi vida fue esa linea de Desnoes (que hizo eco en Memorias del Subdesarrollo) donde dice que el subdesarrollo es el resultado de la incapacidad para acumular experiencia y desarrollarse. Los pueblos latinoamericanos empezamos la historia desde cero en cada ciclo generacional, por eso es que cada periodo reacciona en un ciclo cerrado a las experiencias inmediatas previas. Nunca hemos dar el salto hacia lo que no es contingente. Me resulta interesante que vivamos en un ciclo cerrado de dictaduras, revoluciones y democracias corruptas… y luego otra vez, y otra vez. Algo me dice que estamos encarinados con la piedra.
    No obstante… next time check twice y asi todos quedamos mejor informados… ESTA es la nota de Vargas Llosa, menos timida y menos comprometida que la de Carlos Manuel:

    ——————————————————————————————————————–
    El comandante Hugo Chávez Frías pertenecía a la robusta tradición de los caudillos, que, aunque más presente en América Latina que en otras partes, no deja de asomar por doquier, aun en democracias avanzadas, como Francia. Ella revela ese miedo a la libertad que es una herencia del mundo primitivo, anterior a la democracia y al individuo, cuando el hombre era masa todavía y prefería que un semidiós, al que cedía su capacidad de iniciativa y su libre albedrío, tomara todas las decisiones importantes sobre su vida. Cruce de superhombre y bufón, el caudillo hace y deshace a su antojo, inspirado por Dios o por una ideología en la que casi siempre se confunden el socialismo y el fascismo —dos formas de estatismo y colectivismo— y se comunica directamente con su pueblo, a través de la demagogia, la retórica y espectáculos multitudinarios y pasionales de entraña mágico-religiosa.

    Su popularidad suele ser enorme, irracional, pero también efímera, y el balance de su gestión infaliblemente catastrófica. No hay que dejarse impresionar demasiado por las muchedumbres llorosas que velan los restos de Hugo Chávez; son las mismas que se estremecían de dolor y desamparo por la muerte de Perón, de Franco, de Stalin, de Trujillo, y las que mañana acompañarán al sepulcro a Fidel Castro. Los caudillos no dejan herederos y lo que ocurrirá a partir de ahora en Venezuela es totalmente incierto. Nadie, entre la gente de su entorno, y desde luego en ningún caso Nicolás Maduro, el discreto apparatchik al que designó su sucesor, está en condiciones de aglutinar y mantener unida a esa coalición de facciones, individuos e intereses encontrados que representan el chavismo, ni de mantener el entusiasmo y la fe que el difunto comandante despertaba con su torrencial energía entre las masas de Venezuela.

    Pero una cosa sí es segura: ese híbrido ideológico que Hugo Chávez maquinó, llamado la revolución bolivariana o el socialismo del siglo XXI comenzó ya a descomponerse y desaparecerá más pronto o más tarde, derrotado por la realidad concreta, la de una Venezuela, el país potencialmente más rico del mundo, al que las políticas del caudillo dejan empobrecido, fracturado y enconado, con la inflación, la criminalidad y la corrupción más altas del continente, un déficit fiscal que araña el 18% del PIB y las instituciones —las empresas públicas, la justicia, la prensa, el poder electoral, las fuerzas armadas— semidestruidas por el autoritarismo, la intimidación y la obsecuencia.

    El híbrido del socialismo del siglo XXI ya comenzó a descomponerse y terminará por desaparecer
    La muerte de Chávez, además, pone un signo de interrogación sobre esa política de intervencionismo en el resto del continente latinoamericano al que, en un sueño megalómano característico de los caudillos, el comandante difunto se proponía volver socialista y bolivariano a golpes de chequera. ¿Seguirá ese fantástico dispendio de los petrodólares venezolanos que han hecho sobrevivir a Cuba con los cien mil barriles diarios que Chávez poco menos que regalaba a su mentor e ídolo Fidel Castro? ¿Y los subsidios y/o compras de deuda a 19 países, incluidos sus vasallos ideológicos como el boliviano Evo Morales, el nicaragüense Daniel Ortega, a las FARC colombianas y a los innumerables partidos, grupos y grupúsculos que a lo largo y ancho de América Latina pugnan por imponer la revolución marxista? El pueblo venezolano parecía aceptar este fantástico despilfarro contagiado por el optimismo de su caudillo; pero dudo que ni el más fanático de los chavistas crea ahora que Nicolás Maduro pueda llegar a ser el próximo Simón Bolívar. Ese sueño y sus subproductos, como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), que integran Bolivia, Cuba, Ecuador, Dominica, Nicaragua, San Vicente y las Granadinas y Antigua y Barbuda, bajo la dirección de Venezuela, son ya cadáveres insepultos.

    En los catorce años que Chávez gobernó Venezuela, el barril de petróleo multiplicó unas siete veces su valor, lo que hizo de ese país, potencialmente, uno de los más prósperos del globo. Sin embargo, la reducción de la pobreza en ese período ha sido menor en él que, digamos, las de Chile y Perú en el mismo periodo. En tanto que la expropiación y nacionalización de más de un millar de empresas privadas, entre ellas de tres millones y medio de hectáreas de haciendas agrícolas y ganaderas, no desapareció a los odiados ricos sino creó, mediante el privilegio y los tráficos, una verdadera legión de nuevos ricos improductivos que, en vez de hacer progresar al país, han contribuido a hundirlo en el mercantilismo, el rentismo y todas las demás formas degradadas del capitalismo de Estado.

    Chávez no estatizó toda la economía, a la manera de Cuba, y nunca acabó de cerrar todos los espacios para la disidencia y la crítica, aunque su política represiva contra la prensa independiente y los opositores los redujo a su mínima expresión. Su prontuario en lo que respecta a los atropellos contra los derechos humanos es enorme, como lo ha recordado con motivo de su fallecimiento una organización tan objetiva y respetable como Human Rights Watch. Es verdad que celebró varias consultas electorales y que, por lo menos algunas de ellas, como la última, las ganó limpiamente, si la limpieza de una consulta se mide sólo por el respeto a los votos emitidos, y no se tiene en cuenta el contexto político y social en que aquella se celebra, y en la que la desproporción de medios con que el gobierno y la oposición cuentan es tal que ésta corre de entrada con una desventaja descomunal.

    Pero, en última instancia, que haya en Venezuela una oposición al chavismo que en la elección del año pasado casi obtuvo los seis millones y medio de votos es algo que se debe, más que a la tolerancia de Chávez, a la gallardía y la convicción de tantos venezolanos, que nunca se dejaron intimidar por la coerción y las presiones del régimen, y que, en estos catorce años, mantuvieron viva la lucidez y la vocación democrática, sin dejarse arrollar por la pasión gregaria y la abdicación del espíritu crítico que fomenta el caudillismo.

    Ni el más fanático de los chavistas cree ahora que Maduro pueda ser el nuevo Simón Bolívar
    No sin tropiezos, esa oposición, en la que se hallan representadas todas las variantes ideológicas de la derecha a la izquierda democrática de Venezuela, está unida. Y tiene ahora una oportunidad extraordinaria para convencer al pueblo venezolano de que la verdadera salida para los enormes problemas que enfrenta no es perseverar en el error populista y revolucionario que encarnaba Chávez, sino en la opción democrática, es decir, en el único sistema que ha sido capaz de conciliar la libertad, la legalidad y el progreso, creando oportunidades para todos en un régimen de coexistencia y de paz.

    Ni Chávez ni caudillo alguno son posibles sin un clima de escepticismo y de disgusto con la democracia como el que llegó a vivir Venezuela cuando, el 4 de febrero de 1992, el comandante Chávez intentó el golpe de Estado contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, golpe que fue derrotado por un Ejército constitucionalista y que envió a Chávez a la cárcel de donde, dos años después, en un gesto irresponsable que costaría carísimo a su pueblo, el presidente Rafael Caldera lo sacó amnistiándolo. Esa democracia imperfecta, derrochadora y bastante corrompida había frustrado profundamente a los venezolanos, que, por eso, abrieron su corazón a los cantos de sirena del militar golpista, algo que ha ocurrido, por desgracia, muchas veces en América Latina.

    Cuando el impacto emocional de su muerte se atenúe, la gran tarea de la alianza opositora que preside Henrique Capriles está en persuadir a ese pueblo de que la democracia futura de Venezuela se habrá sacudido de esas taras que la hundieron, y habrá aprovechado la lección para depurarse de los tráficos mercantilistas, el rentismo, los privilegios y los derroches que la debilitaron y volvieron tan impopular. Y que la democracia del futuro acabará con los abusos del poder, restableciendo la legalidad, restaurando la independencia del Poder Judicial que el chavismo aniquiló, acabando con esa burocracia política elefantiásica que ha llevado a la ruina a las empresas públicas, creando un clima estimulante para la creación de la riqueza en el que los empresarios y las empresas puedan trabajar y los inversores invertir, de modo que regresen a Venezuela los capitales que huyeron y la libertad vuelva a ser el santo y seña de la vida política, social y cultural del país del que hace dos siglos salieron tantos miles de hombres a derramar su sangre por la independencia de América Latina.
    ——————————————————————————————————————-

    1. Te confieso que leeré más tarde el texto de V. Llosa. Ahora solo me arriesgo a comentar tus líneas con una pequeñísima aclaración: Mario Vargas Llosa es uno de los más grandes escritores del siglo XX y uno de los peores analistas políticos que ha aparecido en un medio de comunicación. Una vez leído el texto de Vargas Llosa, podré decir algo al respecto del mismo. Y no creo en la utilidad de ensarzarse en eternas discusiones, a no ser que seamos dos plumas como las que protagonizaron la polémica de los Marios (Benedetti y Vargas Llosa), -algo que al menos yo, no soy. Saludos,
      R

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