El dulce y tenso arte de hacer estallar canciones

Liliana Herrero. Foto: Kaloian Santos Cabrera
Liliana Herrero. Foto: Kaloian Santos Cabrera

A mi tocayo, Hugo Chávez Frías, que sé le hubieran encantado las canciones de Liliana

A las siete de la noche del 4 de marzo de 2013, las sombras tutelares de Ángel Rama, Ezequiel Martínez Estrada, Roberto Matta, Mariano Rodríguez, Víctor Jara, Violeta Parra y tantos otros que han dibujado y cantado y escrito nuestro continente con su colores propios, cobijaron un concierto magnífico de Liliana Herrero y la banda + nueva. La sala Ernesto Guevara quedó grande, dolorosamente grande para este encuentro de los músicos argentinos con el público cubano. Sus visitas a Cuba pasan casi imperceptibles para las grandes audiencias. Y es que cuesta competir con el Clásico Mundial de Béisbol, Telesur en directo, los nuevos bares de tapas y los documentales y telenovelas del canal Multivisión.

Unas horas antes, al mediodía, llegaba yo al Costillar de Rocinante para entrevistar a Liliana. Las buenas obras de su manager Majo y al fotógrafo Kaloian Santos, sumadas a la bondad de la artista (que no sabía de la entrevista) me habían conducido a ella, para sacarme un montón de cosas que tenía adentro desde que choqué con su obra

– ¡¿Y a vos quién te dijo que yo tengo cara de matriarca?! Esos son boludeces tuyas- me dijo con una sonrisa mientras se acercaba a mí. – Estoy fresca porque finalmente pude bañarme con agua caliente- comentó. – Ironías, estoy en Cuba  y el calentador del hostal es solar, pero con los fríos de estos días apenas se ha calentado el agua.

“Bienvenida al mundo alucinante” pienso para mis adentros.

– A ver, de qué querés conversar. Y la palabra nunca fue mejor dicha porque mi intento de entrevista fracasó estrepitosamente ante este ser desbordante que tomaba mis preguntas de rígido periodista y las llevaba de paseo y terminábamos hablando de anécdotas divertidas e impublicables, y ella dándome lecciones de folclore argentino que bebía gustoso.

Mucho antes que encendiera la grabadora, andaba Liliana contándome su visión de la música; y yo rezando porque mi memoria sirviera por una vez en la vida. En algún punto logré prender el aparato, pero lo más probable es que los recuerdos confusos y la transcripción literal se hayan entremezclado a lo largo de este intento de entrevista.

– En la canción es donde yo doy una batalla fuerte, – esto es lo que te ofrezco, tómalo o déjalo-, en no ser cómplice de una estandarización del oído que hace retroceder enormemente una maravillosa memoria musical que tienen los países, con grandes propuestas musicales y poéticas- me dijo, al tiempo que se sentaba.

– Ese terreno no lo cedo; si lo cediese creo que no me subiría a un escenario, no me interesaría cantar. Esa complicidad con las formas más estandarizadas y capturadoras del mercado y de los medios no arma un público. Yo peleo mucho con eso, y me gusta dar esa batalla, que me parece necesaria. Es una batalla por una memoria política, poética, musical, cultural. Con ciertas formas tan obvias para el oído, rutinarias, me parece que no crece nada, es como una tierra yerma.

Armar un público es una tarea bellísima. Eso se amasa muy lentamente, pasan muchos años. El que me va a escuchar sabe por lo general con que se va a encontrar, y el que me escucha por primera vez y no lo sabe, lo único que le pido es que tenga el corazón abierto, que esté dispuesto a la aventura de oír algo que nunca escuchó. Eso es amasar un público, darle una posibilidad, no solo al corazón de la gente, sino a mi propio corazón. Por eso canto.”

– Liliana, muchas veces mencionas la idea del estallido de la canción, ¿por qué esa necesidad constante de hacer estallar las canciones?

– Estoy convencida de que las canciones tienen voces, tienen palabras para nosotros. Creo que las grandes músicas nos están esperando, no están atrás, en el pasado, están en el futuro. Yo prefiero dar vuelta a esa idea de la historia. No pienso la historia como una flecha hacia adelante para algo mejor, no tengo esa idea de progreso. En el arte no hay progreso; en el arte estamos dando vueltas sobre las diez preguntas fundamentales acerca de la condición humana.

En esas músicas de cada país, en su diálogo con la cultura universal –porque no hay música exclusivamente territorial- a mí me parece que hay voces, sonidos, texturas, hay instrumentos, composiciones, diseños melódicos y rítmicos extraordinarios, y uno no puede cantar como si esas canciones no hubieran aparecido nunca. Yo no puedo cantar como si Mercedes Sosa no hubiera existido, pero yo tengo que luchar contra Mercedes; y en la medida que yo lucho contra Mercedes –porque era una grande y lo seguirá siendo- yo voy avanzando en mi propio estilo.

Esas voces tienen algo para decirnos, algo para acompañarnos, y en ese fragor -cuando uno hace estallar una memoria-, pueden aparecer formas preciosas, puede que aparezca un artista, puede que aparezca un país. El estallido es armar y desarmar, como la respiración, y entonces aparece algo inusitado, que no habíamos escuchado antes. No sé si las canciones contienen en sí ese sonido y esas voces, no sé, pero sí sé que si las hacemos estallar, las intervenimos de un modo diferente al que estamos acostumbrados aparece otra cosa. Cuando eso sucede, es fantástico. Si no sucediera yo abandonaría algunos autores, a Violeta la abandonaría, al canto de Mercedes también, a Fito, a Espinetta; pero a mí me parece que nos están esperando, que están en el futuro, diciéndonos “vengan aquí y escuchen aquello que hice”.

Uno va, lo interroga, le pone otros instrumentos, le cambia el ritmo, arma la estructura del tema de otro modo y aparece otra cosa. Pero aparece otra cosa porque eso que nos legaron es bueno. Yo no voy a interrogar ni hacer estallar una canción de Shakira, pero si vos me decís Luis Alberto Espinetta, bueno, estamos en otro horizonte auditivo, otro universo, estamos en la música y en la poesía misma.

– ¿Una profesora de filosofía que canta o una cantora que dio clases de filosofía?

– Las dos cosas, me es difícil pensar la música sin la filosofía y la filosofía sin la música. Creo que la música lleva en sí las grandes interrogantes que tiene la filosofía. En algún punto -de modo muy lábil y apresuradamente dicho- son lo mismo. La música interroga filosóficamente desde otro lugar, y te asesta un golpe en el corazón muy fuerte. Algunos textos filosóficos también.

Como no soy compositora, prefiero pensar que al escenario me tengo que subir con grandes textos. Es el mismo procedimiento de cuando yo daba clases, que las daba con grandes textos y los interrogábamos juntos, los alumnos y yo. Cuando me subo al escenario estoy interrogando grandes textos, en este caso musicales.

– En el concierto del Centro Pablo sentí una sensación mística, ritual, -¿es algo qué buscas, tienes idea por qué sucede?

– ¿Mística, dónde, en qué cosa del concierto lo viste?

– Cuando cantaste Oración del remanso, por ejemplo, percibí una atmósfera muy fuerte. En el concierto creas una cuestión ritual, con tu intercambio…

– Un concierto es una ceremonia. Hay que prepararse para esa ceremonia, poner toda la carne al asador, como se dice en Argentina, no hay que guardarse nada. Eso es una enorme exposición, pero si la música no tuviera esa condición de ser un ceremonial que exige todo de uno y del público, bueno, para mí sería una especie de tarea administrativa. Yo cambio la lista de temas en los conciertos, y podría no hacerlo, podría haber armado una lista en Buenos Aires y decir “Esto lo haremos en La Cabaña, en el Centro Pablo, en Matanzas, en Trinidad, en Santa Clara y en la Casa de las Américas”. Al segundo concierto tendría un aburrimiento espantoso.

Es una ceremonia -sagrada si vos querés-, sagrada, en sentido paradojal, laico, sin religiosidad institucional, digamos. Si la gente canta, mejor aún. El canto colectivo me parece muy atrapante, aumenta esa mística; es muy bello el canto de todos. Los argentinos y algunos amigos míos conocían el tema, pero los otros días mientras cantábamos en ese patio –con esas yagrumas, ese árbol magnífico- yo percibía el canto de los pájaros. Son grandes cantores los pájaros, y a mí me parece que aparte de la relación entre los músicos, y entre nosotros y el público, había también un diálogo con los pájaros.

Me gusta pensar el mundo de la música muy ligado a la naturaleza. En el folclore argentino te diría que la mayoría de los textos -y creo que del folclore mundial- tiene esa tendencia a mimetizar lo que dice el texto con las cosas que acontecen en la naturaleza. Por ejemplo, en Lapacho -lapacho es un árbol muy hermoso en Argentina, no sé si acá existan lapachos-; el autor -Ramón Ayala, un autor del Litoral argentino- describe al lapacho y después dice “lapacho también en mi alma”; lo que le ocurre al lapacho, le ocurre al alma humana. Otro ejemplo, Chañarcito -el chañar es otro árbol, lleno de espinas- “chañarcito, que tantas espinas tienes/ igual a mi corazón/ entre espinas te sostienes”; lo que tiene el chañar, lo tiene el corazón.

Mientras cantaba aquel día pensaba en esas cosas. Después viene la ciencia, la modernidad, y ese encuentro enorme del hombre con la naturaleza se disuelve. Y más ahora, con el triunfo de la técnica. Es en el único sentido que quisiera volver atrás, quisiera que esa separación entre naturaleza y hombre no existiese. Tengo un pensamiento más ligado a la naturaleza que a la ciencia.

– Dialogas constantemente -con géneros musicales, con los textos de las canciones que interpretas, con el público que asiste a tus conciertos-, ¿qué importancia le concedes al acto del diálogo?

– Para mí es todo. Ese diálogo puede tener diversas formas. El diálogo es constitutivo de la música, o de mi actitud en el escenario, porque si yo converso –no necesariamente con palabras, puede ser musicalmente- con los músicos, con mis compañeros, con el público, con la naturaleza, ahí se arma algo, un horizonte artístico.

Existen diálogos tensos, crispados, otros amables, cordiales. Yo tiendo a la tensión, me gusta la idea de la tensión. En términos musicales por ejemplo, no me gusta poner un acorde que es obvio, que lo está pidiendo el oído, o que Pedro haga una secuencia en la guitarra hasta que no dé más el canto, es decir hasta que el diseño melódico no le indique cambiar, y si cambia que cambie mínimo.

Ahí en el Centro Pablo hicimos una cueca que se llama “Si vas para Chile”. El tema no es así. Te digo más, el tema es horrible. Y todos los niños argentinos escucharon esa cueca en la escuela. Yo tenía que dar vuelta a eso, porque tema daba para algo más, pero tocado así, simplonamente, no dice nada. Pero si yo le pido a Pedro que haga una secuencia, Martín con los vientos acompañaba eso –para mí era el andar del caballo- y esa secuencia se mantiene implacable hasta que yo cambio el diseño melódico; eso provoca una tensión extraordinaria. Aquí el tema no lo conocen, pero en Argentina, muchas veces he terminado un concierto y me dicen “a mí en la escuela me aburría muchísimo, nunca pensé que se pudiera cantar el tema de ese modo”.

Eso es un acto para mí muy interesante porque quiere decir que si uno interroga, estalla algo machacado en nuestros oídos, es posible otro mundo. Eso es lo único que quiero decir, “Es posible resignificar las cosas, es posible volverlas a pensar, es posible que nos golpeen la puerta y nos digan: interrogame, que tengo algo para decirte”.

– ¿Qué te ha parecido esta Cuba más grande, más allá de La Habana?

– Yo lo único que no conocía era Matanzas. Me pasa lo mismo que cuando voy al interior en Argentina –el interior no es una expresión que me guste mucho pero bueno-. Fueron muchos músicos a los conciertos, y eso me alegró. Creo que les gustó, que se produjo un diálogo interesante entre ese público y nosotros. Ayer me decían que si hubiera ido más hacia Oriente, hubiera notado otro modo de hablar, eso no lo percibí, pero sí me impresionó el ímpetu maravilloso en relación a buscar cosas. Compartimos con otros artistas en los conciertos, fue muy lindo.

Tuvimos muchos encuentros, encuentros que en algo me hicieron pensar, algo que seguramente irá a parar a alguna música, en la que estará cada lugar, cada conversación que tuve con la gente.

– Has declarado tu admiración por los músicos y géneros musicales cubanos, ¿qué es lo que te llama la atención de la música que se hace en Cuba?

– Encuentro muchas cosas, sobre todo rítmicamente hablando, que es riquísima. Me sorprendió muchísimo un ritmo pre son que es el changüí; me sorprendió la palabra -que es guaraní, no africana-. Hace seis meses vine para hacer una serie para la televisión argentina, entrevisté a Pedro Luis Ferrer y estuvimos hablando mucho sobre el changüí –él es un gran guitarrista y músico, su poesía y su canto son preciosos, a mí me interesa mucho Pedro-. Aparte de los ritmos, me ha impactado cierto fraseo en el diseño melódico de las canciones que me dan la pauta de que los que están haciendo cosas nuevas también se recuestan ahí, lo que me parece bien mientras no sea una copia. Me gusta mucho la música cubana, pero sería incapaz de cantarla; tengo un tono mucho más melancólico y no parece que en Cuba lo haya –aunque creo que sí existe, y lo compruebo cuando escucho algunas canciones como Toca morir, de Roly Berrío-. Es una intuición, pero siento que en medio del baile, en el medio del son hay un dejo de melancolía por algo perdido; no soy una experta de la música cubana, soy una gozante de la música cubana.

– ¿Cuando haces un disco, sigues haciendo la gran pregunta sobre la Argentina?

– Esa es una pregunta que no me va a abandonar nunca y yo la quiero sostener, porque todo país es muy complejo; es muy difícil entender un país, aún el propio, tal vez precisamente el propio. Al mismo tiempo, como diría Borges, es una condena, en el sentido de que no podés sacártelo de encima. Borges tiene un escrito maravilloso que se llama El escritor argentino y la tradición, en donde dice “ningún novelista árabe señalaría que hay camellos”. El pasado es una condena, y un nombre es un destino, eso es Borges, eso no soy yo.

Entonces dejame que cante para saber qué quiere decir ese enigmático, complejo e inatrapable nombre que es Argentina. La búsqueda sobre lo que somos no cesa nunca, son preguntas que cesarán cuando cese la vida. La pregunta por el tiempo, la pregunta por lo que somos los seres humanos, la pregunta por la Patria, por los cambios necesarios que hay que hacer, en fin, me parece una pregunta fundamental.

Ahora voy a hacer un disco nuevo; estoy muy ansiosa por eso. Es un proceso largo, en el que ya veré que hago. No he pensado en el título, no he pensado nada, estoy pensando algunas canciones, y tratando de hacer el arreglo; el arreglo en el que intervengo seriamente. No soy la cantante y mis compañeros los acompañantes, no pienso la música así. Por eso no armo el escenario conmigo adelante y la batería detrás en una tarima; yo armo como una herradura, que es una figura más democrática.

El arreglo lleva su tiempo de interrogación, de estallido. Si las canciones tienen un hilván, de ese hilván saldrá el nombre. Solo cuando hice el disco doble que se llama Litoral fue al revés; yo quería un disco con ese nombre. El litoral argentino está abrazado por dos ríos, el Uruguay y el río Paraná. Yo soy de allí. Por el río Uruguay, al otro lado está el país, la Banda Oriental del Uruguay, y por el río Uruguay, al otro lado, está la Argentina. Yo supe que quería llamarlo Litoral, que es una palabra que me encanta. Me gustan los nombres de disco con una sola palabra: Help!, Abre de Fito. Supe que tenía que ser un disco doble; porque quería un disco río Paraná y un disco río Uruguay; es un abrazo de agua.

Me cuesta encontrar los títulos, pero siempre sé que lo voy a encontrar. Cuando uno está preocupado es porque ya sabe algo que todavía no sabe. Hay algo que yo ya sé, pero tengo que saber qué es eso, y todavía no lo sé. Es un proceso alegre, desgarrador, angustiante, pero cuando aparece la idea es magnífico.

– Te voy a mencionar una serie de nombres y quiero que me digas, brevemente, qué te evocan: Entre Ríos.

Sonrió.

-Es mi tierra. Es mi tierra.

– Fito Páez

– La hermandad más profunda. Es mi hermano.

– La dictadura.

– El horror, el horror.

– Mercedes Sosa

– Es… la voz- me dijo luego de un silencio meditado. – Es la voz de Latinoamérica.

– Las Madres de la Plaza de Mayo

– La justicia. Y la valentía

– Juan Falú

– El mejor. De mi generación, el mejor guitarrista y compositor.

– Argentina

– Un enigma. Es un gran y maravilloso enigma.

– ¿Y si un día ocurre que das con la canción definitiva?

– Ese día moriré. La canción definitiva será la última que cante antes de morir. Mientras persista la vida no habrá canción definitiva, habrá otra búsqueda. Eso en la vida mía y en la vida de cualquier otra persona.

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