La polifacética Gabriela Weiner, a la que conocía por sus intensos trabajos de periodismo gonzo, escribió para el número cinco de Orsai esta crónica sobre el fin del mundo y aquellas cosas que en verdad nos importan llegado el día de largarnos. Y no pude resistir la tentación de compartirla.

Pongamos que hoy es el fin del mundo, que me levanto como en los días festivos, con la sensación de que tengo que ir a trabajar, pero entonces recuerdo que no, menos mal, y me alegro aunque sea brevemente de que sea el fin del mundo y no otro esperpéntico día en la oficina. Pongamos que hoy vamos a morir todos. La irrealidad nos gobierna pero hago exactamente lo mismo que un día normal. Voy al baño y meo a oscuras para estirar la somnolencia y volver a la cama, pero despierto. Intento atrapar un fragmento del sueño, porque sé que ahí hay una señal, y no puedo, nunca puedo. Las plantas de mis pies tocan el frío de las losetas y me digo que todas esas acciones insignificantes se perderán como lágrimas en la lluvia, como tantos poemas que he olvidado, como un poema de Jorge Eduardo Eielson que dice que mi corazón / qué tal idiota / se parece a Marlon Brando cuando escupe / el animal. Todo eso que no muere pero que en realidad ya está muerto. Que hemos perdido sin casi percatarnos de ello. La vida en algún momento dejará de ser parte de nuestra rutina. Veo a mi hija durmiendo en su camita mona de Ikea. Hace ruiditos y de un movimiento brusco se libera de la manta. Ahora respira plácida.

Los niños deberían pedir que les devuelvan su entrada. Que un niño llegue a la fiesta cuando la fiesta ya ha terminado es algo, por lo menos, de mal gusto.
Abro la nevera y está llena. Tanto para nada. La última vez que tuvimos que viajar saqué todo de la nevera, lo metí en una bolsa, salí a la calle y se lo di a una amiga, papas y cebollas incluidas, pero me temo que si fuera el fin del mundo no habría a quién darle la bolsa para evitar que la comida se pudra, porque todos nos vamos a ir de viaje. Eso suponiendo que se trate de un viaje, que lo dudo, pero en cualquier caso los que nos vamos a pudrir somos nosotros o quizá no haya tiempo ni para eso. Martin Luther King, con su optimismo anacrónico, decía que aun si supiera que mañana se acaba el mundo, hoy todavía plantaría un árbol. Yo no lo he plantado ni con toda la vida por delante. Hoy me siento en el sofá, aprovechando que todos duermen y por un minúsculo instante me imagino el único ser humano sobre la tierra. Me encantan esas películas en las que hay un único superviviente del Armagedón que empieza a caminar por una ciudad, que casi siempre es Nueva York, me gusta cuando se ve a los animales del zoo sueltos caminando por el puente de Brooklyn, y el único tipo sobre la tierra se encuentra de repente con una chica que también se sentía única. Y todo vuelve a empezar.
Cómo nos gustaba contarnos historias, pienso y sin darme cuenta conjugo en pasado. La vida es una buena historia porque no tiene un final feliz. Todo el mundo sabe que las pelis buenas no pueden terminar en boda. Lo dijeron los mayas. Lo anunció Nostradamus. Hasta está en el I Ching y en el horóscopo chino. El fin del mundo es la más grande de las ficciones, hasta que ocurre. Pero nuestra obsesión por las megacatástrofes no deja ver las pequeñas desgracias. Por mi parte, como decía Ortega y Gasset, he reducido mi mundo a mi jardín y ahora todo es más intenso. Enciendo la televisión y ahí está la presentadora de los informativos, diciendo algo con la misma sonrisa con la que anuncia que nació un niño con cinco piernas y que Europa se hunde, pero no me entero de nada porque mantengo el volumen en mute, solo la veo mover los labios delante de mí. Podría estar dándome la peor noticia de todas, como que en unas horas nos fundiremos en negro. O que ya estamos muertos y que esto es una grabación que solo veo yo. La frontera entre la ciencia ficción y la vida doméstica es más fina de lo que pensaba.
Nunca he podido ver mi destino como si contemplara un día de lluvia. Como el protagonista de Seda de Baricco, Hervé Joncour, que asiste a su vida porque simplemente renuncia a vivirla. Hay en la mayoría de nosotros un gran empeño por hacer de lo que nos espera un espectacular blockbuster, con explosiones, extraterrestres, guerras nucleares y plagas víricas. Yo, por ejemplo, veo todo el rato el número once y de vez en cuando me creo que soy una de las elegidas para algo que no sé qué es pero no huele nada bien. Quizá lo que no soportamos es que lo demás subsista sin nosotros, por eso la obsesión por tener alguna clave y actualizar las profecías, porque es mucho peor irse pronto y que la fiesta siga y que lo mejor de ella ocurra en nuestra ausencia. Lo que no tiene ninguna justificación son los videomontajes en Youtube con letra de power point: zombis, la capa de ozono, Jesucristo volteando el reloj de arena, el humo en forma de hongo y todo a ritmo de rap. Autodestrucción ya.
Hace un par de años, se creó como parte de un proyecto sobre la Barcelona del futuro, una cápsula del tiempo indestructible, que estará cerrada durante ciento cincuenta años (hasta el 2159) y en la que los ciudadanos dejaron sus mensajes contando cómo vivían en la primera década del dos mil y cómo se imaginaban en el porvenir, en texto y video a través de un videomatón callejero. ¿Estamos seguros de querer hacer semejante cosa? ¿Y si otras mentes, más o menos inteligentes, hicieran ese hallazgo miles de años después del fin del mundo? ¿Se reirían de nosotros? ¿Nos mirarían al menos con ternura? Esos extraños del futuro no podrán meter nuestros ajuares funerarios en sus museos, porque ni eso habrá quedado de nosotros, pero tal vez consigan con sus computadoras ultrapoderosas reconstruirnos a partir de un archivo avi en el que nos vemos muy idiotas.
Es solo el ruido de las tostadas saltando lo que me sobrecoge. Paso y repaso el cuchillo con mantequilla sobre la superficie del pan y le doy un buen mordisco a una. Veo en la ventana de en frente a los oficinistas con sus camisas blancas y sus fotocopiadoras bajo una luz blanca e irritante. A la civilización no le hacen falta meteoritos para hacerse trizas.
Noto que aún no he recogido la ropa del cordel. ¿Estará ahí para recordarme que existe la eternidad? Si hay algo de lo que adolezco es de tiempo para ser una buena ama de casa… y de sabiduría oriental. Llegado el momento, sé perfectamente que seré la impotente Gainsbourg en manos de Lars von Trier, en ese hermoso momento deMelancholía en que ella se da cuenta de que no hay ningún lugar donde pueda esconderse del desastre que se cierne sobre el planeta. Y corre bajo las cenizas que caen del cielo hacia ninguna parte y debe volver al único lugar donde se siente segura aunque sepa en el fondo que ahí tampoco lo está. Para mí ese lugar es este, el espejo donde me veo igual que ayer, el sonido que hace la nevera cuando la dejo abierta más de un minuto, mi planta enana resucitada, el armario nuevo que abro y cierro cinco veces al día solo para ver las toallas perfectamente dobladas, el perro que algún día tendremos, estas cuatro fotos donde nos vemos felices.
Pongamos que hoy se acaba el mundo pero que comprendemos que no nos da tanto miedo el planeta que se acerca a la tierra o la ola gigante presta a devorarnos, sino el fin de esas pequeñas cosas, reales o posibles, que una al lado de la otra conforman nuestros días. No hay ningún mundo más allá del que se inventa cada uno para olvidar los finales. Por eso, el fin de los tiempos podría ocurrir hoy o mañana, el 2013 o el 2050. Ese día en que las partículas elementales de tu pijama vuelen por el cosmos.
(Tomado de Orsai)
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