Bacunayagua

Vía Blanca. Algún kilómetro entre Matanzas y La Habana. El sol piadoso de las siete de la noche acaricia el taxi en que viajamos. A mi lado duerme desparramado un viejo.


Extiendo la mano y acaricio el hombro de esa muchacha caprichosa como solo saben serlo las mujeres hermosas. Pienso sin querer en aquella otra muchacha que extrañaré siempre, tan lejana, tan imposible. Me acompaña Fito Páez, susurrándome que nada nos deja más en soledad que la alegría si se va.

Mientras el auto rueda divago entre ideas inconexas; mis 23 años, el sentido de trascendencia, una tesis a medio hacer que amenaza con venírseme encima, amigos que no merezco, un par de textos que valen la pena, las miles de palabras malgastadas.

En algún momento la sucesión interminable de lomas que flanquea la carretera se abre abruptamente. Aparece, deslumbrante, el vacío de Bacunayagua, la inmensurable ausencia de tierra, un monumento al aire, un santuario del viento.

Vamos cruzado el puente. Frente a mí -casi puedo tocarla- un aura tiñosa lucha por mantener el rumbo en ese rincón caótico que no respeta las leyes y lanza a las aves planeadoras a cualquier parte. Estiro el brazo, miro a los ojos al aura, quisiera ayudarla. Yo también entiendo de vacíos y corrientes extrañas.


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