Correo (a la dignidad le bastan las respuestas breves)

Gabriela Weiner escribe esta mínima pero rotunda crónica a propósito del trabajo publicado por el diario Correo en la que se aludía de manera vejatoria a su persona. No pudimos evitar recordar el “Felices los normales” de Roberto Fernández Retamar. Para imprimirla y llevarla a todas partes.



por Gabriela Weiner (Tomado de La República.pe)

Un día creceríamos y olvidaríamos el ataque, la mutilación. Eso pensábamos. Pero ves la película “Después de Lucía”, de Michel Franco y recuerdas, lo sabes por el ardor de tus orejas. Trata sobre una adolescente víctima del bullying, y se te ocurren más historias: Una niña le cuenta a su madre, con lágrimas en los ojos, que un niño le ha dicho que se casará con ella solo si se vuelve rubia. La madre secuestra al niño y lo abandona en un pozo seco. Lo alimenta lo justo para convertirlo en una criatura desnutrida y deforme que no sabe diferenciar una oruga de una piedra. A veces hablamos con palabras misteriosas, con fábulas terroríficas, pero también tenemos abogados muy buenos. No estás sola. Cuando te insultan a ti, insultan a muchas. Así que demos gracias por nuestra violencia, dijo el Gusano del poema de Bolaño, alguien que podía ser otro o él mismo, arrastrándose sobre el horizonte del miedo y el deseo. Puede ser inútil la violencia, imaginaria, muda, pero es tuya, esa memoria de la adversidad es tu pistola automática, leo, pienso y destripo, aúllo con “Los perros románticos” de Roberto, esos que ya no le temen a nada. Todos los que alguna vez se han sentido marginales deberían leerlo. Reconocerse es una aventura fabulosa. Los desheredados de siempre, los homosexuales, a los que alguna vez llamaron feos, los adictos al sexo, los guapos tímidos, los eyaculadores precoces, las gordas, los enfermos, las lesbianas, los muertos, los que tienen la boca llena de palabras hermosas y salvajes, y por eso no van a callarse. “Que nos censuren los que quieran”, escribió Virginia Woolf sobre las mujeres que un día se liberaron y escribieron mientras caían piedras. Creces, decía, y es curioso comprobar, cómo el pequeño monstruo sigue gritando desde las profundidades del pozo, pero tú caminas ya muy lejos de ahí, como si poseyeras la belleza indestructible de los perros románticos, “la belleza más absoluta, la que contiene toda la grandeza y la miseria del mundo”.

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