Solo tengo dos monedas que guardo con más sentido común que fe.
un par de trozos de cobre opaco,
gastados en cientos de trasmanos
pagos de jornal honesto de putas y labradores,
buenos para el vino rancio
la comida tosca
la limosna de la beata pobre
y apenas algo más.
un par de monedas a las que me aferro
convencido de que es todo lo que obtendré en esta vida
que lo otro
-la gloria, los placeres mundanos-
son imágenes ridículas de un álbum de fotos
cuyas páginas siempre pasan volando.
cuando acabe el juego
cuando la luz de las boyas en el horizonte
comiencen a confundirse con los tonos naranjas del amanecer
quiero que me entierren como a esos viejos esqueletos hallados en las tumbas milenarias
con mis dos monedas cortadas por un herrero sin nombre,
con mis dos monedas caminantes de todos los rumbos posibles de la pobreza
con mis dos monedas,
pasaportes de mi entrada al otro cuarto.
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