Dos amigas. Una es de sociedades de poemas ocultos, de Liubas y aguaceros. La otra es de Paseo Morning Star, de bloguerías compartidas. Una -a pesar de mis esfuerzos- se me ha escurrido en el tiempo. La otra se vuelve cada día más cercana.  Del millón de cosas que las unen mencionaré el periodismo, la Facultad de Comunicación y mi cariño.

Una me lo regaló un día cualquiera, porque sí. La otra lo hizo luego de regresar de un viaje. Uno es la recreación de esos símbolos de la Revolución y una alerta al cuidado de los bienes públicos (“desde mi barrio defendiendo lo nuestro”, se puede leer debajo de un dibujo). Es un objeto lleno de letras e imágenes en un fondo azul. El otro es impoluto en su sencillez, un conjunto que no necesita explicaciones y que es un símbolo en sí mismo. Uno es de acá. El otro de allá. Uno vino a salvarme de perder la entrada a mis puertas. El otro no es más que un accesorio innecesario, pero que llevo contento y orgulloso.

Dos amigas. Dos llaveros.

Mis llaves y los llaveros que me regalan Liliam Marrero (izq.) y Elaine Díaz (der,)
Llaveros
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