Reina María, la fraguadora de tertulias míticas en la Azotea de los 80, la poeta de imágenes íntimamente estremecedoras, cumple años hoy. Aquí les dejamos un poema encontrado por casualidad, navegando sin rumbo por Internet, y que nos pareció una excelente manera de celebrar ese otro acto poético que fue su nacimiento.
Ilustración: Oscar Galván

MORIR DOS VECES
I
En alguna parte de la vecindad, alguien tocaba el piano…
Hoy ha muerto un piano.
El piano. Mi piano.
Le cayeron a golpes.
Lo asesinaron
porque tenía comején.
Su corazón estaba pudriéndose
como el mío, exactamente igual.
Sus cuerdas estallaron, abajo.
Sin sonidos, sin pasión.
Y no pude ver al bajar,
en qué funda envolvieron los restos,
su teclado amarillo, el alma.

Me fui al mar
Culpable por no haberlo defendido
En su agonía.
Culpable por dejarlo morir dos veces.
La primera, cuando dejé de tocarlo hace años.

Así murieron dos veces mi padre y mi hermano
que compartían conmigo la butaca de caoba tallada
cuando tocábamos a cuatro manos, “Para Elisa”
y el gato Musso se acostaba encima,
en la tardecita
para vernos tocar desde esa perspectiva.

La pared ahora solo puede ser una pared sin música
con una huella indiferente al centro
(otra mancha)
donde pondrán una tabla con flores para sustituirlo.
El cementerio del piano, su tumba.
Siempre tendrá desniveles, aunque pretendan emparejarla.
Ni siquiera habrá un gato rondando por allí su cabeza
Amarilla.

II

Tocaba unos acordes en él pequeño piano de juguete
sin imaginarme
que mi piano Boston sería masacrado poco después.
Para ellos, era solo un mueble más con comején,
para mí, la música.
Dolor de eso que llaman cultura
tan exterior a tener o no tener un piano,
un pasado.

Con sus notas enamoré al vecino
cuando él cerraba la ventana.
Con sus bemoles me reconciliaba
ante todo imposible.
Blusa de cuadros negros y dorados
como las teclas de nácar
envejecidas
rígidas.

Siento el olor de la madera
subir desde el basurero donde lo echaron
a reclamarme otro fin.
Siento el vestido congelándose en la espalda
ahuecada
ante el vacío del espacio dejado.
Fascismo de estos jóvenes que no saben
amar el lenguaje.
No saben que el búcaro era de bacarat por su sonido
cuando se balanceaba sobre él con flores
que no eran plásticas.

Angustia de los martinetes apretándose más por sobrevivir
contra tal avalancha: ojitos vigilantes, de niños.
Irreverencia. Horror.

Yo le quería enseñar a mi nieto una octava
(esa escalera abstracta que no subiré más con él
desentonando un do, un sí,
por la arbitraria escalera del piano)
—la que siempre encontrábamos
abierta hasta la casa de Josefita,
la maestra de Laguna y San Lázaro—
para que me aconsejara, pero ella tampoco
podía salvarlo ya.

Si mi hermano tenía que volver a morir con la muerte del piano
Sin acordes, a machetazos limpios
Como es todo aquí
¿cómo resistir por dos veces tal sacrilegio
o esperar un milagro?
¿La resurrección del piano, un sonido?

III

Después del llano vino una serenidad espectral
de actores que pierden un maquillaje
que se descorre con la lluvia.
El maquillaje es el dolor, la lluvia va borrándolo,
descorriéndolo
y aparece otro rostro, no más real, sino más lúcido.
“No tenemos piano, tenemos lluvia”.
“No tenemos dinero, tenemos lluvia”, decía él gritando.
Subí para ver las trazas
—polvo de comején en los escalones mojados
blancos, fríos, duros,
de una octava moribunda
recalcitrante
donde pedazos de madera sobreviviente aún
gemían.

Anécdotas que quedarán
sobre la muerte del piano
sin acta de defunción
a mano de vándalos.
Mi frustración es que no supe salvarlo.
No supe conmoverlos, perdonarlos.
Verlo subir por la roldana en pleno precipicio a los ocho años,
verlo morir arrastrado casi cincuenta años después
escaleras abajo.

Recé y recé contra el muro del mar
—el agua apenas salpicaba melodías:
ejercicios de Czernic
difíciles de reconstruir
claudicando
ante dramas ordinarios que se irían con la artritis.
Fugas de Bach
desaparecidas entre una ola y otra,
reventadas contra el muro
“salándose”.
“Lago de cómo”, “Habanera tú”,
“Por ahí viene el chino”…
El piano que vivía conmigo ya no está.
como no está marcada la diferencia en la pared
entre tener o no tener un piano.
La diferencia entre oír o no oír una nota,
tener o no tener un destino.

¿Con qué ojos miraba Miles Davis desconcertado
aquel asesinato?
¿Cómo le dejaron presenciar una cosa así?
Ninguna respuesta me podrá consolar.
¿A quién acudir contra esta barbarie que se llama
sociedad?
“Ni locos ni sentimentales
—dice Ford Madox Ford—
solo cuerdos mediocres”
que resisten la ansiedad y no revientan
como cada una de sus cuerdas
sofocadas ayer
en silencio
sin vibrar más.

¿Cómo enterrar un piano, una vergüenza?
Aprecio cada vez más los bárbaros, ellos
no jugaron a la mentida civilización tantas veces.
Ni siquiera habrá un piano.
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