Nos hermana lamer con la vista las frías baldosas
de una tertulia vespertina
a la sombra de un montón de árboles viejos
un bosque de chismorreos, sonrisas falsas
y un orgullo gremial a prueba de fuego.
Allá, al frente
el alquimista mira extraviado la calzada,
sus manos incontenibles se sostienen mutuamente;
ambos lo sabemos,
a cada rato alzamos la vista
y dejamos por un segundo la filosofía
para detenernos en esas mismas manos
que levantaron casas de palabras y de concreto.
De vuelta al suelo
distingo un soplo de Francis Bacon alrededor tuyo
un fragmento de la Atlántida que rápidamente se sumerge.
Cuando el alquimista habla
se ilumina el bosque y calientan las baldosas,
invoca palabras vigorosas
agradable incongruencia de un cuerpo frágil;
bajo el influjo del verbo cazamos sus imágenes
el continente efímero adquiere la solidez del azogue,
nuestras miradas se encuentran devueltas
descubriendo supuestos
una casa en alguna parte
un poema con hilos de araña

una escalofriante revelación ante la que retrocedemos
y volvemos hacia el reflejo preliminar
hacia el rostro venerable.
Entonces reaparece el bosque sedicioso
y las baldosas son nuevamente frías cuando llega el silencio.

Vedado, 2 de noviembre de 2012
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