por Jorge de Armas

(Para Rafael González Escalona)

 

Llora por los amores viejos
que se quedaron lejos
y que tal vez añoras.

 

Foto: KMVL/ Progreso Semanal
Foto: KMVL/ Progreso Semanal

Nacer en los setenta tiene la desventaja de lo ajeno.

Para mi generación, la cubanía vino de la mano de la pertenencia a un proyecto, de vivir un sueño, de no disimular nuestra contrariedad ante todo aquel que intentase socavar nuestra esencia. Mi cubanía nació del orgullo de pertenecer al “primer territorio libre de América”, a un “territorio libre de analfabetismo” o a ese pueblo viril, que llora para hacer temblar cualquier injusticia.

Pero no era yo cubano por mi música.

Mi generación vibró con Los Beatles, porque eran lo prohibido. Escuchábamos a Queens, y nos acariciaba el coro de cuatro voces que sonaban como mil, o esas escaleras que Led Zeppelin nos hizo subir una y otra vez, o Deep Purple, Rush, en fin, demasiados contrastes del rock, del heavy al punk, pero siempre rock.

Mi generación, que pudo disfrutar todavía de Joseíto Fernández, de Los Compadres, del Septeto Nacional, prefirió hacer de unos (yo) rockeros y, de otros, amantes de Julio Iglesias, Roberto Carlos o Nelson Ned. Mi generación lo sufrió todo, a los prohibidos y los profetas.

Mi generación perdió la posibilidad de heredar, en vida, la Cuba que nos negaron, y de saber que para nuestro futuro, esos del pasado eran lo mejor de nosotros mismos. Nos perdimos a Omara, a Elena, a Moraima; nos perdimos al Benny, a Miguelito, a Peyo, a Pacho; nos perdimos a tantos de esos que, de tan nuestros, no hace falta, ni siquiera, decir su apellido.

Mi generación descubrió la música cubana a través del baile.  Un programa de la tele Para Bailar, en 1978, rescató para nosotros lo que somos, y nunca se lo hemos agradecido lo suficiente.  Ya es hora. Gracias al Festival Internacional de la Juventud y los Estudiantes, en la época en que Cuba se dejó en sus sueños soviéticos y latinoamericanos, el cubanito de a pie bailó sin complejos su orgullo, y el curioso que fui indagó en aquello que se le escapaba, por snob, por intentar ser diferente, cuando lo importante era ser uno mismo.

Mi generación se dividió, a partir de entonces, en rockeros y bailadores de casino. Unos se despeñaban aprendiendo vueltas, mientras nosotros dejábamos el cuello en el parqueo de Coppelia. Incluso en esto hubo un matiz racista, o racial, pero sí que hubo diferencias basadas en el color de la piel. “Blanquitos rockeros” nos llamó un día el teniente aquel que nos detuvo, apenas con doce años en el Pabellón Cuba. Pero este es otro tema.

En mi casa de Industria, en Centro Habana, mi madre desandaba todas las tardes su jornada escuchando jazz; mi abuela, música clásica; mientras yo, en Guanabacoa, destrozaba las canciones de Los Beatles, copiando cada acorde, emulando cada armonía. Nada cubano se me daba, no existía, vaya mierda.

Pero se impuso la cordura y como algo natural busqué al Benny en mis raíces, a Sindo, a Corona, a la Trova santiaguera, a Jorrín, a Faz, a la Revé, a los trovadores trinitarios, a Omara, a Helena, a Moraima, a la señora Maria Teresa Vera, y por supuestísimo, a Doña Marta Valdés.

Uno no sabe lo que tiene hasta que lo sabe, o hasta que lo tiene.

Hoy sin complejos, hablar de Cuba, y de su música, no significa estar ausente, o discurrir por la derrota de los complejos. Hoy disfrutar de Cuba es hablar en mayúsculas. Hoy la pertenencia a Cuba viene de la mano de su cultura, y no de la pertenencia a sus ideas, aunque también ¿por qué no, por qué cojones no?

Por suerte, hoy la música cubana se mira sin complejos, sin ese prurito vergonzoso al escuchar a Vicentico Valdés, o a Tito Gómez, con miedo a que te diga cheo, antiguo, o algo peor. Por suerte mi generación ha sido superada por el sentido de lo hermoso, reconocerse en una cultura, en una estética, en un modo no ya sólo de hacer música, también de escucharla.

Hoy, hablar de Cuba, es hablar de Doña Marta Valdés.

A quién no pude, mira que lo intenté, pero no pude nunca, llegar a comprender con el tino que ayer Rafa, (el Rafa que me apoya y me da aliento) describió su sentimiento en un texto, que más que escrito, fue confesión.

Nada que decir, salvo que a veces, en el medio del tedio y del absurdo, siempre alguien te recuerda quien has sido y lo que eres. Esta vez fue Rafael González Escalona, a través de Marta Valdés, quien me recordó lo que soy, lo que no dejé de ser en el olvido.

Siempre que hablo de Cuba, digo que hay gente que te devuelve lo que eres: Bebo Valdés, Paquito D´Rivera, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Marta Valdés. Y tú también, Rafa, y tú también.

No sé si te das cuenta, pero este texto, estas cuatro palabras hilvanadas sin calma ni sosiego, es la única manera que encontrado para decirte gracias.

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2 comentarios en “Veinte años

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