Apocalypse Now

“Entre las singularidades de esta situación climatológica estuvo que impuso un récord absoluto de lluvia máxima en 24 horas para el mes de noviembre desde el año 1909.”

Agencia de Información Nacional, 30 de noviembre de 2013

lluvias e inundaciones en la Habana Foto: Roberto Morejón/OnCuba
Foto: Roberto Morejón/OnCuba

Qué carajo es este clima de mil demonios que tal parece que nos mudamos a Gales, que no tengo ni un paraguas y llevo casi 24 horas despiertos, si descontamos mi pequeña siesta de las siete a las nueve de la noche, y los instantes en los que ha escampado no han durado ni para que me dé tiempo a botar la basura. Qué desorden, qué trastada hicimos de este lado del planeta para que ahora venga un diluvio ininterrumpido, un diluvio que me da ganas de coger una borrachera apoteósica, un diluvio que me obliga a pensar en todos los otros diluvios de mi vida, y en todas las veces que la cagué y en las que fui sencillamente feliz mientras llovía. La lluvia, a fuerza de caer, ha lavado toda mi calle, le ha borrado su natural suciedad y arena, tanto la ha borrado que temo comience a borrar la calle misma, a desaparecerla, desconfigurarla, y con ella los pobres seres que tiene dentro, a saber, un par de familias, algunas mascotas, un periodista viejo y borracho, y algún que otro turista aprovechado. Si continúa el aguacero sospecho que empezaremos a olvidar levemente las cosas, primero serán tonterías como ir a buscar el pan o tender la ropa, pero luego olvidaremos los días de la semana, los compromisos, los aniversarios y las fechas patrias, viviremos como ostras en días y noches indiferentes al goteo torrencial, sin más emoción que repetir los mismos actos con la esperanza de morir en alguna buena inundación. La lluvia amnésica, bonita imagen para los libros pero para los que estamos acá trancados vale menos que el barco de papel que echan los niños a navegar rumbo a las alcantarillas. Acá trancado, oculto, me pregunto qué sería de la lluvia si no tuviera donde caer, si no hubiera una superficie sobre la que impactara ,esa superficie que le da su forma definitiva a la lluvia que de otra manera sería un poco de agua sin destino,  y nuestra comprensión del fenómeno cambiaría radicalmente. Yo, que evito mirar fuera, si no escuchara percutir monótonamente las gotas no sabría que llueve, quizá no estaría escribiendo este texto insomne,  quizá estaría leyendo despreocupadamente, pensando por enésima vez en el invierno apócrifo de esta ciudad. Claro que si mirara fuera y viera llover y no la escuchara pensaría inmediatamente que el alcohol me ha hecho daño prematuramente, perdería la orientación y desde entonces dudaría de la bondad de las viejas, de las colas alegres de los perros, de la solidez de las paredes. Así que mejor dejo a la lluvia atormentarme con su caótico y sonoro caer. Aguacero de mierda, descontrolado, esquizofrénico, que parece que aflojará, que ya fue suficiente, y cuando mi vecinito está abrochándose los cordones para irse a mataperrear aprieta como si hubiera algún cabrón mirando al chiquillo desde una cámara de seguridad, como si al encargado de turno del negocio atmosférico se le hubiera metido entre ceja y ceja que debemos mudar de costumbres, que esto no será nunca más un país de calor insoportable y de un sol que parece estar demasiado cerca, que ahora nos tocan un par de milenios con unas buenas dosis de agua hasta los tobillos, pero nadie nos avisó de esto, no pusieron ningún cartel, ninguna señal. Por acá no pasó ningún borracho mesiánico anunciando el fin de la era, acá a lo sumo vinieron unas señoras testigos de Jehová, pero cómo hacerles caso a esas mujeres insistentes que no dejan a uno disfrutar de la paz de un buen disco de John Coltrane flotando por la casa, y lo llenan a todo de fe, salvación y otro montón de palabras inútiles y pospuestas. No señor, acá no vino nadie serio a avisar de este cambio de tiempo definitivo. A lo mejor no le importamos demasiado, a lo mejor algún tipo de esos se le apareció a no sé qué gente del barrio y le dijo arma tu timbiriche y mete ahí los bichos que quieras salvar, y el muy cabrón en lugar de salvar al menos un gato seguramente entró su pantalla plana de 50 pulgadas y a un par de puticas de esas que acostumbran a deambular por el barrio. A ver cuando te maten a herpes y condiloma cómo cojones van a regenerar la especia humana. Creo que debiera dormir un poco, quizá si me pierdo en la almohada escampe en alguna parte, quizá el temporal amaine en mis sueños. O quizá el sueño es toda esta lluvia aberrantemente infinita, y necesito despertarme pronto, pero no viene nadie a salvarme, así que corro el peligro de los inocentes aunque yo sea cualquier cosa menos inocente. Pero necesito creerme inocente si quiero despertar. Porque necesito despertar ya. O que escampe, que viene siendo lo mismo.

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