La bata de casa y tú…

por Jorge de Armas

De verdad nunca entendí por qué, siendo así, periodista linda, te atraía tanto esa prenda, tan de burguesa y de solar, tan permisiva como monacal, tan burda como sofisticada.

Nunca entendí por qué te paseabas después de leer a Gramsci con tu bata de casa  de cuadritos con aquel lazo cubriendo el nacimiento de los senos, y un par de rolos en tu cabello indomable de rizado.  Si estabas de humor para la risa, salías por el Vedado sin pañuelo, con tus chancletas “metedeo” moviendo con cierta sensualidad de abanico tu cuerpo bajo lo que siempre denominé “sábana enrollada”

Tus rolos – siempre jugaba con ellos – provenían de dos cartones sobre los cuales en los años grises del setenta se asentaba el papel sanitario.  En mi casa le decíamos “higiénico” pero tu decías “papel sanitario”, con tu prosa siempre alerta, siempre lectora, aún en los más duros tiempos que para limpiarnos, tu periodista, yo payaso, teníamos que usar el soporte de lo que escribíamos.

Por cierto, una tarde en Cojimar, en el baño de los Wood, descubrimos que ellos también se limpiaban con otro papel;  los guiones de aquella telenovela ¿te acuerdas? “Cuando el agua regresa a la tierra” o algo así.

Cuando tenías un día gris, te enfundabas la bata negra, sin lazos ni ornamentos, y en la esquina te exhibías con pañuelo de flores rojas.  Esos días era mejor no hablarte, mirabas la bodega vacía, el puesto de viandas apestoso, la carnicería polvorienta, con profundo vacío en tus ojos.  Ni siquiera cuando la Chuli te preguntaba ¿cómo va la distribución del material escolar? despertabas del letargo.

Sentada en la ventana buscabas mil historias, acariciando el dobladillo de la bata de casa.

Un día fuiste al poligráfico con una de ellas, una nueva, tan linda que parecía un vestido de domingo.  Te enamoraste, y por las tardes esperabas a Manuel (te sentías Amanda recordando, y cantabas aquello de “con él, con él con él, son cinco minutos, la vida es eterna en cinco minutos…”)

Mientras esperabas a Manuel te quitabas el pañuelo, deshacías de los rolos tu cabello rebelde, te bañabas con flores blancas y llenabas de perfume tus recuerdos. Ese día cambiaste la bata de casa por el bobito rosa, esa variante sensual de tu prenda favorita, de encajes y bordados, y un lacito azul justo en el medio de tu escote, lazo inútil pues no ataba nada, debajo del bobito tú, para Manuel.

Y en cinco minutos cambió tu vida.

Al otro día en la redacción, en bata de casa, – bataecasa sería más correcto, más habanero – rolos y chancletas, escribiste el texto más hermoso de tu vida, sobre cómo y qué es ser mujer.  Hasta en la Federación se emocionaron y el Tosco sacó aquella canción sobre la bata de casa.  En ciertas oficinas obligaron a las mujeres a usar bata de casa, en algunas escuelas, y en el MINFAR se diseñó la bata de casa de reglamento.  Todo por ti, todo por tu sueño.

Pero nunca más fuiste la misma.  Manuel duró eso en tu vida, cinco minutos, y despreciaste para siempre la odiosa prenda, ahora convertida en rezago burgués, en atributo vulgar, en denostación del ideal femenino.  Por tu mismo impulso, el Congreso abolió cualquier medida anterior sobre la bata de casa, desaparecieron de los planes quinquenales y tú volviste a tu esquina, olisqueando papas putrefactas, esta vez en short y pulovito, tu cabello libre, tu sonrisa amplia, la calle mojada.

Pero te conozco, así que como voy te llamo, y me hiciste llorar, a mí que te conozco, a mí que te recuerdo, como Amanda, cuando tímidamente respondiste a mi pregunta de ¿qué necesitas?

–  Una bata de casa…  y un bobito.

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2 comentarios en “La bata de casa y tú…

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