Cortesía de ElTaburete Habana Cuba.
Cortesía de ElTaburete Habana Cuba.

Lincolnshire, 1666

Tarde bucólica en Woolsthorpe, Lincolnshire, Inglaterra, 1666. Una llanura infinita en la que pastan un par de ponis se extiende ante los ojos Isaac Newton, que en este momento es un joven nerd sin ninguna relevancia para la posteridad. El joven Newton,  que se desentendió de la herencia familiar, se aburre como una hostia en su aldea a causa de la peste bubónica que asola Londres y lo mantiene alejado de la universidad de Cambridge. Si hubiera vivido en el siglo XXI, él -que es un genio de la mecánica- probablemente hubiera buscado empleo en una gran escudería y revolucionaría el mundo de la Fórmula 1; quién sabe si lo hubieran contratado para que Fernando Alonso pudiera, ¡por fin!, vencer a Sebastián Vettel. Pero le tocaron los siglos XVII y XVIII, así que para combatir el tedio lanza cometas, se plantea cómo hallar la raíz de una ecuación y se inventa un círculo de colores. Puro divertimento nerd.

En la tarde en que fijamos nuestra atención sobre Newton este está rompiéndose la cabeza con las leyes de gravitación, que aún no tienen ese nombre; un tema que solo interesa a filósofos, físicos y poetas. Después de un montón de garabatos que colman hasta el último resquicio de las hojas –recordar que es miembro de una clase media baja, no se puede estar botando el papel – Newton encuentra las pistas de algo así como el no va más de la física de su tiempo, la tablilla sagrada que perdurará inmutable y libre de réplica hasta que otro nerd de clase media, judío por más señas, se rebele en plan Anticristo y lo ponga todos patas arribas.

Londres, 1687

Newton es un investigador que ha tocado el cielo con la publicación de Philosophiae Naturalis Principia Mathematica. Atrás quedó el chico que servía como mucamo a los estudiantes adinerados en Cambridge; ahora es una eminencia, un tipo reconocido que va camino a ganarse un escaño en el parlamento inglés. Consciente de su condición de figura pública, el científico inglés se devana los sesos ideando una historia decente que eleve su teoría a la condición de mito. Y es que, ferviente cristiano, Newton sabe que las palabras de la ciencia son fugaces y ambiguas pero los símbolos perduran más allá de la memoria del tiempo propio.

Con estas ideas anda el físico cuando cae una manzana de un árbol ante sus ojos. No es la primera manzana que ve caer Newton; desde su nacimiento ha debido ver varios cientos de veces la misma escena. Pero justo ahora, que acaba de dar a conocer la ley de gravitación universal, se le aparece como la metáfora perfecta para explicarle a la Inglaterra semianalfabeta de la época –monarquía incluida- lo que quería decir: ley de gravedad

Con el tiempo, la historia de la manzana cayendo se convirtió en uno de esos platos habituales en las sobremesas familiares de los Newton. Cuando una sobrina suya conoció a Voltaire, no se le ocurrió mejor manera de impresionar al autor de Cándido que contarle la anécdota del orgullo de la familia. Fue el espaldarazo perfecto para el nacimiento del mito. En ese justo momento se cerró el círculo, quedando la ciencia atrapada, para siempre, en las laberínticas calles de la ficción.

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