Dios existió por media hora

Era verano. Era Antibes, Francia. Era 1965. Era John Coltrane y una escolta de lujo (McCoy Tyner, Elvin Jones y Jimmy Garrison). Hacía apenas 8 meses que Coltrane había sacado esa misa que durante medio siglo ha servido de confirmación a unos cuantos iniciados en la religión de los sentidos que algunos llaman jazz. En Antibes, durante 32 minutos, nadie dudó de la existencia de Dios. A love supreme, esa suite que se asoma sin miedo al abismo de la perfección, solo fue interpretada en vivo esa noche estival.

Tal parece que la ofrenda, en el sentido más estricto, fuera irrepetible. Como si la alabanza a la libertad hubiera quedado atrapada entre las cintas del estudio de Rudy Van Gelder y ya no hiciera falta (o no fuera posible) volver sobre esos pasos. Como si en la atmósfera en penumbras del estudio hubieran descubierto algo que otros escucharán a través de los discos, pero que será imposible la reproducción exacta de las condiciones que le dieron vida. Como si aquel cuarteto hubiera escupido una verdad absoluta, que no tiene sentido repetir; porque una vez dicha, ya está en todas partes.

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