Día 4

Me gusta la sala Lezama. Es un buen lugar para estar sin hacer nada, sin causa aparente, dejando pasar el tiempo mientras se miran las grietas en sus superficies de madera, hierro y roca. Cuando La Cabaña se transmuta en sede de la FIL, y la fortaleza es un hormiguero de madres arrastrando sus pequeños miembros de la infantería de Atila, una sucesión de pandillas de jóvenes escandalosos intentando hablar más alto que sus escandalosos celulares en altavoz, de gente, en suma, con ganas de ver y tocar todo lo que se pueda ver y tocar, la sala Lezama viene a ser un refugio durante la tormenta.

La José Lezama Lima es –no podía ser de otra manera– la sala por antonomasia de la poesía. Esa discreta capilla que casi nunca alberga en sus presentaciones más de 30 personas es el lugar indicado para tomar aire un sábado al mediodía en la Feria. Y para cruzarte con Reina María Rodríguez. Y para escuchar a Eduardo Langagne leer sus poemas. Y para enamorarnos del silencio.

Porque en la Lezama y su reino de silencio las palabras caen de a poco, como el agua mana de los ríos nacientes, y uno puede tocarlas y jugar con ellas y hacer malabares. En una era en la que somos, en mayor o menor medida, súbditos del ruido en todas sus formas, es invaluable contar con un surtidor de silencio y palabras precisas para echárnoslos en los bolsillos, como esas estampas que llevan los soldados bajo la chaqueta para combatir los terrores de la guerra.

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