La inquietante auditoría sorpresa al transporte en La Habana

Lluvias en La Habana. 29 de abril de 2015. Foto: Roberto Ruiz/Oncuba
Lluvias en La Habana. 29 de abril de 2015. Foto: Roberto Ruiz/Oncuba

Cuántas veces hemos mirado la fachada de un edificio, preludio de una estructura que se anuncia más o menos sólida; y al avanzar unos pasos en la dirección adecuada descubrimos que en realidad resguarda una armazón carcomida. Algo similar sucede con el transporte en Cuba, y más específicamente, en La Habana. Bastaron 187 milímetros de precipitaciones, bastaron tres horas de fuertes lluvias y vientos para que la ciudad quedara patas arriba.

Y no hablo de los dos fallecidos, los tres derrumbes totales y 24 parciales, las afectaciones eléctricas en 39 circuitos primarios de la capital (y otras desgracias), que ya es tema bastante serio, sino de algo menos sensacionalista, pero no por eso menos turbador.

Hablo de una escena que se repitió a lo largo de la ciudad: Portales, pasillos y zonas vecinas a las paradas de ómnibus convertidos en un hormiguero de personas, cuadras humanas que tras refugiarse del temporal no sabían cómo salir de allí. Calles intransitables, carros de dueño despistado con el motor sepultado en el agua, tragantes oportunamente tupidos por cualquiera de las campañas de poda (¿de moda?) que a cada tanto se suceden… puede que la Defensa Civil cubana sea un referente en la prevención y lucha contra imponentes ciclones, pero tan importante como el plan de acción para el impacto de un huracán categoría 5 es tener un mínimo de organización capaz de dar respuesta a los conflictos de baja intensidad que pueden afectar a una ciudad.

El aguacero del 29 de abril fue un recordatorio de que vivimos bajo el acecho de una verdad que se ha intentado ignorar por demasiado tiempo: La Habana tiene una infraestructura vehicular que es poco menos que un chiste para la capital de un país, con más de dos millones de persones concentradas en 728,3 km².

La mayoría de los días del año, en los que nos desplazamos de a poco y sin sobresalto, las preocupaciones del ciudadano promedio son la habitual demora del transporte urbano y el hacinamiento en sus ómnibus, pero la aparición de una tormenta de mediano calibre pone en crisis toda la red de transporte y circulación metropolitana. El parque vehicular -da igual si estatal, si privado, si público- sencillamente no da abasto. Las calles apenas soportan el tránsito de los actuales autos, y eso si no ocurre algún imprevisto. Y este tirón a la máscara mostró que los desvelos para llegar del punto A al punto B podrían convertirse en cualquier momento en algo mucho peor.

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